Hoy se cumplen 2 años del paro nacional del 12 de noviembre, el más importante en los últimos 35 años. Luego de casi un mes de rebelión, se mostraba la potencialidad de la alianza de la clase trabajadora con el pueblo. Ese día el gobierno estuvo a punto de caer, y con el, todo el regimen de los 30 años ¿Qué sucedió? ¿Qué lecciones podemos tomar de esos días para el presente?
Viernes 12 de noviembre de 2021
El martes 12 de noviembre del 2019 se llevó a cabo el paro nacional más importante desde el fin de la dictadura.
Se llegaba a esta fecha luego de casi un mes de rebelión popular, donde el gobierno había respondido con una brutal represión, sacando a los militares a las calles, instalando el toque de queda, pero las fuerzas de la movilización parecían no decaer.
Muy por el contrario, se avecinaba la que sería una fecha histórica. Ese día, cuestión inédita, la Mesa de Unidad Social y la CUT, que en ese momento aglutinaban a alrededor de 70 organizaciones sociales y sindicales, convocaron a un paro nacional, presionados por la enorme fuerza de las calles, que les obligaba a ir más allá de lo que realmente querían.
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La jornada partió con cortes de carreteras y de ingresos a algunas ciudades principales como Santiago y Valparaíso protagonizadas por trabajadores, transportistas y también por sectores populares organizados. Fueron cientos de barricadas y cortes de calles protagonizados por pobladores, trabajadores y jóvenes en prácticamente todo el país las que dieron continuidad a la jornada.
A su vez, los enfrentamientos en las periferias marcaron todo el desarrollo de ese día y el Congreso suspendía su funcionamiento.
A las 11 de la mañana se desarrollaron marchas y movilizaciones en prácticamente todas las ciudades del país, congregándose 300 mil personas en Santiago, 40 mil en Valparaíso, 30 mil en Temuco, y se habló de 200 mil en Concepción, mientras 25 de los 27 principales puertos paralizaban, así como el 90% de los docentes y un 80% del sector público.
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Y si bien la burocracia sindical se jugó por evitar que se desplegara toda la fuerza real de la clase trabajadora evitando paralizar sectores estratégicos como la aeronáutica, la gran minería, forestales y otros, los cortes de calle, enfrentamientos y choques entre manifestantes y la represión impidieron que se desarrollara el día con normalidad en dichos sectores también.
La respuesta y el terror del gobierno y los partidos de los 30 años
Ese mismo día en la noche Mario Desbordes, en ese momento presidente de Renovación Nacional, señalaba con preocupación que “no quedaba mucho margen para una salida institucional”.
Por su parte Sebastián Piñera salió a declarar en cadena nacional que llamaba a un acuerdo por “la paz, la justicia y la nueva Constitución”, buscando abrir el camino para el proceso constitucional que luego sería acordado entre 4 paredes desde la UDI hasta por sectores del Frente Amplio, que además ha garantizado la impunidad para los represores.
Mientras tanto las negociaciones entre la ex Concertación y el oficialismo se aceleraban, “espantados” por el desarrollo de la movilización, como lo han retratado en crónicas algunos medios tradicionales como La Tercera que dio cuenta de las negociaciones entre Gonzalo Blumel (en ese entonces Ministro del Interior) y Jaime Quintana (PPD, Presidente del Senado).
Es que fue la jornada de terror para el gran empresariado, sus partidos y para el gobierno. Muchos lo decían, si seguía la movilización tal cual el 12, Piñera no podía seguir en el gobierno. Incluso Tomás Mosciatti, reconocido periodista “del status quo” y de la radio Bio Bio, titulaba esa semana su columna audiovisual “Piñera al borde del precipicio”.
Por su parte Lucía Santa Cruz, historiadora de las clases dominantes y parte de Libertad y Desarrollo escribía para El Mercurio a inicios de este año una columna titulada “12 de noviembre del 2019”, donde sostiene que “Para mí, sin embargo, el evento más importante, más radical y sustantivo de la crisis, aunque indebidamente, ha pasado desapercibido y ocurrió el 12 de noviembre, el día más violento hasta hoy, cuando estuvimos al borde del abismo.”
El rol de la burocracia sindical y el desvío
¿Qué pasó entonces? ¿Por qué 3 días después se firmaba el acuerdo por la paz y la nueva Constitución, y no volveríamos a ver una jornada con la potencia que tuvo ese 12 de noviembre?
No se puede responder esa pregunta sin explicar el papel de la burocracia sindical, de los dirigentes que encabezaban la Mesa de Unidad Social y la CUT, militantes muchos de ellos del Partido Comunista y el Frente Amplio.
Es que los dirigentes de ambos organismos se encargaron de no convocar a ninguna instancia de similares características. Evitaron llamar a una movilización ascendente, para que no se produjera una jornada de igual o mayor envergadura.
Es que su política no era sacar a Piñera y conquistar una Asamblea Constituyente como lo planteaban las calles. Ellos buscaban un “diálogo sin exclusiones” con el gobierno, ser incorporados a las negociaciones y frente al anuncio del gobierno de un proceso constitucional, apostaron por “hacerlo más democrático”, validando un acuerdo y un proceso totalmente amañado, controlado por las instituciones del régimen heredado de la dictadura militar.
Es que su política no era muy disímil de la del Partido Comunista y el Frente Amplio que en ese momento buscaban una salida institucional a la crisis, firmando junto a los partidos de la ex Nueva Mayoría, administradores y profundizadores de los 30 años, un comunicado común donde planteaban una “Asamblea Constituyente” que se iniciara por un plebiscito vinculante convocado por la propia institucionalidad, esa que buscó firmar el Acuerdo porque sabía que si caía Piñera, caía luego de él toda la casta política de los 30 años, tal como señaló el mismísimo Alejandro Guillier.
De esa forma los dirigentes de lo que ahora es Apruebo Dignidad cumplieron un papel vital para descomprimir, sin volver a organizar nada que pudiese abrir las puertas a un nuevo 12 de noviembre. Por algo sacaron del petitorio el “Fuera Piñera”.
El “pueblo” habilitó con la rebelión una tendencia a la huelga general política, y ese día, aún con su carácter parcial (semi-huelga general), constituyó la mayor amenaza que ha tenido el gobierno y el régimen. Los ánimos de las mayorías trabajadoras estaban elevados, querían ir por más. Fuera Piñera y Asamblea Constituyente era lo que más se oía, además de los gritos contra la represión, y representaba el programa de octubre, una crítica radical a las instituciones de la transición.
Pero el “Acuerdo por la Paz” y la tregua que aseguraron las conducciones sindicales y sociales de la Mesa de Unidad Social y la CUT contra lo que pedía la mayoría (negociaciones versus su caída) allanó el camino a la impunidad de Piñera, a rescatarlo de su caída y a abrir una nueva situación de desvío institucional de la revuelta, obturando que se transformara en un proceso revolucionario profundo.
¿Podría haber caído el gobierno? Sí. Pero como señaló hace mucho tiempo Lenin, el viejo régimen y gobierno jamás “caerá”, ni siquiera en las épocas de crisis, si no se lo “hace caer”. Para ello faltaba otra estrategia que profundizar y ascender el camino abierto con el paro: fortalecer el ingreso de la clase obrera, en particular los sectores estratégicos como minas, puertos, forestales, transporte; desarrollar la amplia auto-organización de masas (como hubiera sido crear cientos o miles de “comités de huelga” o de acción de base en lugares de trabajo, poblaciones y estudio) y fortalecer y coordinar la auto-defensa de masas contra la violencia monopólica del Estado. Para desarrollar eso faltaba una organización revolucionaria con peso decisivo en la clase obrera y sectores populares, y que se propusiera transformar la revuelta en revolución.
A dos años, estas lecciones resultan fundamentales para construir una izquierda revolucionaria de trabajadores, que enfrente a la extrema derecha sin ninguna confianza en los falsos amigos del pueblo del “progresismo” que le abren el camino a los Kast.