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Red Internacional
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Movimiento Estudiantil. 1968: Cuando los estudiantes ocuparon el proscenio

Reproducimos el artículo “El 68 mexicano: limitaciones y alcances de una gesta heroica”, publicado originalmente en diciembre del 2008 en la revista Contra la Corriente, número 1, año I. El 23 de marzo de 2012 se reproduciría en Armas de la Crítica. Hoy, la Izquierda Diario trae la primera parte de este escrito, como parte de una serie especial rumbo a una de las fechas más importantes del 68 mexicano, por lo que significaría para la historia desde entonces: el 2 de octubre.

Jimena Vergara

Jimena Vergara @JimenaVeO

Martes 29 de septiembre de 2015

Cuando la burguesía renuncia consciente y obstinadamente
a resolver los problemas que se derivan de la crisis de la sociedad burguesa,
cuando el proletariado no está aún presto para asumir esta tarea,
son los estudiantes los que ocupan el proscenio.
León Trotsky

Amplio es el espectro de voces que se han pronunciado a propósito del 40 aniversario del movimiento estudiantil de 1968 y de la masacre del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas. Invita a la indignación que connotados represores como el gobernador priísta Peña Nieto hablen de los estudiantes asesinados como “héroes de la patria”, mientras los autores intelectuales y materiales de la represión y asesinato de cientos de jóvenes permanecen impunes, pasando su vejez en sus muy bien montadas mansiones y recibiendo las pensiones vitalicias del Estado.

Estamos ante una verdadera “expropiación política” de las banderas del ´68, donde, a través de las instituciones, se intenta limar sus aspectos más avanzados y radicalizados en ceremonias pomposas convocadas por los distintos niveles de gobierno. José Narro, cómplice de la represión contra el movimiento estudiantil de 1999, en su alocución a propósito de este cuarenta aniversario planteaba:

“Los jóvenes de entonces, no sólo en México, sino en varias partes del mundo, se atrevieron a decir basta al autoritarismo y a las estructuras verticales del poder, a decir no a la exclusión y a la injusticia social. La primavera de Praga, el mayo de París y el movimiento estudiantil de México fueron, entre otras, expresiones del descontento con un mundo que ya no funcionaba. Nada volvió a ser igual después del 68. Se aceleró un proceso histórico en el que, al paso del tiempo, se derrumbaron bloques y dictaduras, cayeron muros y terminaron bipolaridades”.

Junto a la “expropiación política” del ´68, existen distintos análisis de las características del movimiento provenientes de algunos de sus protagonistas. En primer lugar hay un lugar común compartido por una pléyade de intelectuales que, aún habiendo protagonizado esta gran revuelta juvenil, se han desprendido de su “penoso” pasado rojo para dar paso a una suerte de discurso “contracultural”, donde lo que prima es la crítica a la opresión en general, ocultando el carácter tendencialmente anticapitalista de la lucha del Consejo Nacional de Huelga. Hugo Hiriart, en una pequeña entrevista titulada La revuelta anti autoritaria plantea que “En una función de teatro (…), una actriz cruzó desnuda el escenario y se hizo tal escándalo que llegaron los granaderos a imponer orden en el lugar. Quien oye esto no puede menos que estimar que en esa escena están cifrados los hechos detonantes del 68” (Hiriart y Garín, 2008:18).

No se puede negar su carácter radicalmente crítico hacia la “cultura” mexicana reproducida por un régimen profundamente conservador. Un Estado opresor de la diversidad sexual, de la libertad de expresión en la prensa, de la expresión artística, apuntalado en su senilidad en la moralina de la familia, el matrimonio, la propiedad y la iglesia.

Efectivamente, la juventud del 68, tendrá que ir contracorriente, enfrentando la autoridad del pater famili, aspirando a desarrollar en forma plena su sexualidad, reproduciendo y creando nuevas formas de expresión musical, artística y recreativa, y desafiando en la reafirmación de su libertad individual –que se vuelve interés colectivo– el estatus quo.

Como plantea Jean Baptiste Thomas en su artículo “Ce n´est qu´un debut, continuons le combat”, estos jóvenes, tanto en Europa como en América Latina “(…) comparten en cierto sentido una forma de vida. Tienen muchos rasgos en común, empezando por cierto corte de pelo (…), vaqueros, camisas floridas, camperas de cuero, afinidades musicales, intereses culturales y geográficos por remotas e insospechables aldeas vietnamitas, laosianas y camboyanas de la península indochina cuyos nombres aprenden de memoria, cierta reactancia explosiva y eléctrica (como la guitarra de Jimmy Hendrix) ante el orden establecido, el de la fábrica, de la universidad, de la familia, en fin, de la sociedad en su conjunto, expresando un proceso general de radicalización de la juventud tanto estudiantil como obrera que va a confluir con un descontento obrero más extendido” (Thomas,2008:28). Es decir que, contra toda concepción que sólo rescate su “estética”, el movimiento estudiantil del ´68 en su carácter internacional y nacional, comienza con el cuestionamiento radical a la “cultura dominante” para alcanzar una conciencia tendencialmente anticapitalista.

En México, esta insurgencia se expresa concretamente contra el régimen del PRI que, en su crisis, lanzaba despiadadas dentelladas contra toda disidencia de los trabajadores y los estudiantes.

Por su parte, otra variante, que identificaremos como anti autoritarista, se caracteriza por ver al movimiento del ´68 como el primer capítulo que abriría el paso posteriormente a la “transición democrática”. Un ejemplo de esto son las afirmaciones de Carlos Pereyra en la entrevista La costumbre de reprimir que plantea que “El 68 aparece, pues, como culminación desmedida de una lógica de gobierno que alcanza entonces extremos que obligan a su revisión. Nadie podría garantizar que esa lógica fue eliminada para siempre, pero la transición democrática cuyo despliegue es visible en los últimos veinte años ha creado mecanismos de tolerancia y respeto a la diversidad antes desconocidos.

Al parecer, la historia avanza, en efecto por el lado malo y la barbarie de 1968 creó condiciones de posibilidad para el tránsito democrático” (Hiriart y Garín, 2008:24). La lectura no es ingenua porque en última instancia, algunos de los instrumentadores de la “transición pactada” fueron participantes de la lucha estudiantil. Sin embargo, mientras el ´68 planteaba la dinámica de una lucha anticapitalista, la transición democrática fue un verdadero desvío del descontento de masas contra el priato.

El carácter tramposo de la transición se prueba en que ésta nunca llegó, ni para los estudiantes, ni para los obreros, ni campesinos e indígenas y, a cuarenta años, las “condiciones de posibilidad” que enmarcaron la revuelta estudiantil siguen vigentes: la antidemocracia, la miseria y la explotación.

Continúa...


Jimena Vergara

Escribe en Left Voice, vive y trabaja en New York. Es una de las compiladoras del libro México en llamas.

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