Algunos hechos lamentables como Acteal o Iguala, sólo por poner dos ejemplos emblemáticos, han logrado despertar la indignación y sacudir el marasmo de muchos que se movilizaron, no sólo en las calles, sino, quizá, lo que debiera ser más importante, de pensar en otras opciones al grado de decir "ya basta".
Martes 6 de marzo de 2018

Lo que ocurre en el país es una descomposición social, mucho más fuerte que la mera crisis económica, y no porque ésta deba desdeñarse, sino porque son mucho más profundas las causas por las que estamos en una situación tan lamentable.
Por donde quiera vemos descontento, violencia, marginación, impunidad, discriminación, injusticia. Se dice que vivimos en un país democrático, pero, ¿realmente es democrático un país en el que la riqueza es concentrada escandalosamente por unos cuantos oligarcas? No hay manera de exigir conciencia al ciudadano, cuando éste ha sido despojado de lo más elemental para sobrevivir. La miseria en la que viven muchos y que, muy frecuentemente, es una larga cadena generacional que se remonta a la época de la colonia, ha sido uno de los baluartes que sostienen la farsa democrática en la que, se supone, vivimos.
Las profundas diferencias que se tienen desde el nacimiento, brindan, a unos, la posibilidad de formar parte de un grupo privilegiado que habrá de controlar y administrar la riqueza y tener acceso a los puestos de poder, eventualmente, mientras una gran mayoría, los otros -cuyo trabajo mal remunerado sostiene la riqueza de la minoría privilegiada- viven en condiciones de precariedad en todos los sentidos.
Esta población es la que está en disputa para las elecciones. Con matices importantes en la plataforma de gobierno, sobre todo por lo que se refiere a la política social (más cargada al neoliberalismo o asistencialista; que busca revertir la espiral miserable o que intenta ahondar las diferencias), en el fondo, la aspiración a arribar a un país distinto, no se asoma por lo pronto, si nos atenemos a una revisión de sus plataformas e integrantes. No es fácil hacerlo, en efecto, porque el gran capital se ha erguido y fortalecido durante décadas y porque, tristemente, sigue siendo, moneda de cambio y de control.
Revertir la condición miserable de miles de compatriotas debe ser la tarea inmediata para empezar a respirar otros aires. No es suficiente en sí misma la medida, ni hay varitas mágicas para lograrlo, pero por algo hay que empezar. Revertir esa miseria, no significa, de entrada, alcanzar los Índices de Desarrollo Humano (IDH) necesarios para vivir con dignidad: vivienda, educación, salud pública, empleo bien remunerado, seguridad, justicia. Porque lo que hay ahora es mala vivienda, deficientes servicios de salud, educación que busca promover mano de obra obediente y eficaz, desempleo, subempleo, salarios miserables, inseguridad e injusticia.
Así las cosas, la crisis económica es solo el reflejo de una crisis estructural y cultural, inclusive, que está tan profundamente arraigada que pareciera un cáncer inextirpable. No es así, después de todo, pues en la masa desposeída ha llegado el momento del hartazgo y la desesperación. Innumerables muestras de movimientos sociales y de acciones de rechazo a políticas de gobierno, y a políticos concretos, nos hacen pensar que el cambio está por venir.
Algunos hechos lamentables como Acteal o Iguala, sólo por poner dos ejemplos emblemáticos, han logrado despertar la indignación y sacudir el marasmo de muchos que se movilizaron, no sólo en las calles, sino, quizá, lo que debiera ser más importante, de pensar en otras opciones al grado de decir ya basta.
No estoy seguro de que las opciones en el menú electoral de este año satisfagan las necesidades de un pueblo que requiere cambiar. Sí parece, no obstante, que hay una tendencia por hoy dominante, que ve en un partido y sobre todo en su candidato la posibilidad de acceder a otro escalón. ¿Será el adecuado? Difícil predecirlo, aunque haya tendencias y antecedentes confiables, también los hay que puedan generar desconfianza. Respetar la voluntad popular, eso sí, y actuar con reglas que se respeten, evitando el despilfarro de recursos públicos para favorecer a ciertos candidatos es lo que debiera prevalecer. Ya basta de elecciones cuestionadas y de campañas poco transparentes.
Faltan unos meses para saber cuál será el desenlace y si éste nos permitirá constatar transparencia en el proceso y asumir sin cortapisas a los vencedores; además, si ese fuera el caso estar atentos, exigir que se cumplan las promesas de campaña.
En síntesis, son muchas las carencias y las deudas, muchas las afrentas y los agravios contra un pueblo. Una elección no resuelve todo. Una plataforma, un partido y un candidato, tampoco. Pero bastaría con que no hubiera mano negra en las campañas y que los resultados de las votaciones fueran transparentes y creíbles, para empezar a dar el siguiente paso de la reivindicación ciudadana en el que podamos exigir, demandar y estar atentos a las políticas de un gobierno que debe realmente representarnos.