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Red Internacional
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Tribuna Abierta. 90 años después, la misma represión a los manteros en Barcelona

Con la ayuda del libro “La lucha por Barcelona”, repasamos los paralelismos entre la represión a los manteros a principios del siglo pasado y en la actualidad.

Pere Ametller @pereametller

Jueves 14 de noviembre de 2019

Foto: Portada del libro

En el magnífico libro del historiador Chris Ealham “La lucha por Barcelona. Clase, Cultura y conflicto 1898-1937”, el autor dedica un capítulo a las estrategias de supervivencia de los desempleados de la ciudad.

Una de las acciones habituales era el robo de comida, ya fuese a nivel individual en una tienda o los asaltos organizados a almacenes. También se realizaban visitas a hoteles y restaurantes exigiendo comida.

Como no podía ser de otra manera, una forma de supervivencia muy extendida entre los parados era la venta ambulante:

“Otra práctica habitual entre los parados que se desarrolló en proporción directa con el paro fue la venta ambulante. Por regla general, éstos habían comprado los alimentos con sus ahorros en mercados al por mayor, aunque también corría el rumor de que parte del producto había sido “incautado” en granjas y huertos”.

Igual que los manteros de hoy, el hecho de dedicarse a la venta ambulante respondía a la imposibilidad de encontrar un trabajo legal. Hace 90 años muchos de los vendedores ambulantes eran inmigrantes de Murcia, Andalucía y otros pueblos del Estado Español. Hoy los manteros vienen de África.

Ahora no es solo el paro lo que les empuja a la venta ambulante para sobrevivir, sino la racista y clasista ley de Extranjería que directamente les niega la posibilidad de encontrar un trabajo de manera regularizada. En ambos casos, es la parte de la clase trabajadora más vulnerable, los inmigrantes, los que tienen que sobrevivir trabajando al margen de la ley.

Ayer como hoy, los vendedores ambulantes compran la mercancía al por mayor para venderla en las calles. Y también ayer como hoy, la prensa del régimen se dedica a difundir rumores para sembrar el odio contra los pobres. No obstante, no cabe criminalizar las legítimas estrategias de supervivencia que conllevan robos a los ricos:

“Las prácticas ilegales de los parados estaban tan incrustadas en las relaciones de propiedad de la Barcelona de la década de 1930 que resulta difícil ocultar su pronunciado carácter clasista. En la mayoría de los casos, los desempleados dirigían sus estrategias de autoayuda contra las clases medias y altas, verdaderos dueños de la riqueza de la ciudad. Por ejemplo, como sólo los ricos podían permitirse tener coche propio, los asaltos en las carreteras afectaban exclusivamente a las elites. Por el contrario, se registraron muy pocas situaciones delictivas entre miembros de la clase obrera.”

En relación con la delincuencia, podemos ver como hoy la prensa burguesa se dedica a exagerar y crear alarma social sobre los casos de violencia que no tienen un componente de clase, para buscar un chivo expiatorio frente al verdadero problema de los trabajadores barceloneses: los salarios bajos y los pisos caros.

La venta ambulante cumplía una doble función de supervivencia para la clase trabajadora barcelonesa, ingresos para los vendedores y productos más baratos para los compradores:

“Los vendedores ambulantes solían poner a la venta sus mercancías cerca de mercados y zonas comerciales y, como no tenían gastos, eran más baratos que los vendedores de mercado y tenderos, lo que les hacía muy populares entre consumidores de clase obrera, especialmente en los barris más pobres. Dado el crecimiento de este tipo de comercio, un grupo de vendedores ambulantes construyo El Mercadet, una zona comercial cerca del Raval a la que tenían acceso libre los vendedores parados y que atraía a consumidores de clase obrera de toda Barcelona. Aunque no fuese una forma directa de protesta, la venta ambulante reflejaba la lucha popular por una nueva economía proletaria.”

El Raval también es hoy uno de los barrios donde se sitúan los manteros. Hoy vendiendo productos de vestir para los turistas en vez de comida, pero la finalidad sigue siendo exactamente la misma: sobrevivir en un sistema que les niega la posibilidad de ganarse la vida. Tal como reza el poema Los parados, de Solano Palacio, que encabeza el capítulo mencionado: “sin saber cuál es su rumbo, sin saber adónde ir / que pueda hallar tan siquiera / la manera / de trabajar y vivir.”

No de manera casual, justamente después del párrafo anterior citado, el autor nos habla de una problemática social también muy aguda en nuestros días, el aumento del precio del alquiler y las luchas de resistencia que conlleva:

“Asimismo, esta misma lucha quedó reflejada en la agitación contra los altos alquileres barceloneses, que comenzó en octubre de 1930. Poco antes de la llegada de la República, se inició una huelga de inquilinos en el distrito portuario de la Barceloneta que se extendió rápidamente por los barris más pobres (…). En gran parte, las huelgas de inquilinos eran una protesta de los obreros parados, los no cualificados y los mal pagados, todos ellos muy preocupados por los temas de consumo y del coste de la vida: para los parados, la huelga marcaba la liberación completa de la carga de los alquileres; para los mal pagados, esta forma de resistencia prometía un beneficio material inmediato sin las privaciones de un paro industrial.”

Hoy la resistencia contra los altos precios de la vivienda se refleja en la lucha contra los desahucios, que en los últimos años han pasado a ser en buena parte por impago del alquiler.

Retomando la cuestión de los manteros, el gobierno liderado por la Ada Colau lleva cuatro años, y continua en la actualidad, reprimiendo a los vendedores ambulantes. De la misma forma que la Segunda República no frenó la represión a la pobreza ni a las luchas de los trabajadores, la “alcaldesa del cambio” (sic) sigue con las mismas políticas represivas de los anteriores gobiernos de CiU y el PSC-ICV.

Quien prometía que iba a cerrar el CIE de Barcelona, esta hoy enviando a los manteros a dicho CIE a través de la racista Guardia Urbana, a la cual Colau no se ha atrevido a enfrentarse. Como no se ha enfrentado a los lobbys empresariales, y ha procurado no hacer nada que le pudiera poner los medios de comunicación, como el Grupo Godó, en contra. Valga de ejemplo, que la promesa de campaña de eliminar la unidad de antidisturbios de la Guardia Urbana, ha acabado en un cambio de nombre de la misma. Suena a chiste, pero es así.

Como también suenan a broma unas recientes declaraciones de la alcaldesa que ponían a prueba cualquier medidor de cinismo: “No hacemos una política contra los manteros, esto me parece muy importante decirlo. Lo que pasa es que no está permitida una venta ilegal en el espacio público, ni tampoco está permitida la sobreocupación del espacio público”.

Parece absurdo decir lo obvio, pero ante tanta hipocresía se hace necesario. Si los manteros realizan una venta ilegal en el espacio público y se persigue esta venta ilegal, entonces se persigue a los manteros. Respecto a la sobreocupación del espacio público, es evidente que el criterio es racista y clasista, ya que nada dice sobre las terrazas de los bares que también ocupan la Rambla.

Ante esta situación hay que preguntarse porque los sindicatos no defienden a los manteros. La CNT de principios de siglo, a pesar de sus graves errores, tuvo importantes aciertos, como ser capaz de organizar a los desempleados inmigrantes junto a los trabajadores autóctonos. Si bien muchas de las tácticas de resistencia de los parados se organizaban al margen de la CNT, ésta tenía un papel importante al organizar bolsas de desempleados:

“Dado que la existencia de un ejército laboral ponía en peligro la autoridad de los sindicatos, las bolsas establecían una conexión vital entre el movimiento sindical y los parados, asegurándose de mantener a éstos bajo la influencian de la cultura de clase. El objetivo de la CNT consistía en forzar a los patronos a contratar nuevos obreros a través de las bolsas exclusivamente, proporcionando trabajo para los parados. Desde una perspectiva sindicalista, la CNT buscaba extender su control sobre la oferta de trabajo y en general aumentar su poder en la economía y la sociedad. (…) Finalmente, algo más importante aún, las bolsas favorecían la militancia: se podían convocar las huelgas con la seguridad de que los parados no se convertirían en un arma en manos de los patronos.”

Ante esta situación, que no ha mejorado en 90 años, se impone la necesidad de la construcción de un partido revolucionario que defienda los intereses de todos los trabajadores y organice la unidad de sus luchas. Y solo se puede conseguir bajo un programa que defienda el reparto del trabajo y de la riqueza.

Con expropiaciones a las grandes empresas que permitan una jornada laboral de 30 horas que acabe con el paro y un sueldo mínimo de 1.500 €. Que los trabajadores autóctonos tomen como suya la lucha por la derogación de la Ley de Extranjería y combatan el rol imperialista del Estado Español. Que el conjunto de los trabajadores, desde los más precarizados a los que tienen una mejor situación, identifique un único causante de su situación: los capitalistas y sus gobiernos.

Un partido y un programa que lo exija todo, ya que el “malmenorismo” solo nos ha llevado a una situación caza vez peor. La lucha por objetivos que realmente resuelvan los problemas de la clase trabajadora y los sectores populares es la que puede volver a encender la llama de la rosa de foc.