Hace 47 años, el régimen autoritario y del "Estado Benefactor" masacraba a la juventud que se atrevió a tomar las calles para pedir solución a sus demandas democráticas.
Sábado 3 de octubre de 2015
El Partido Revolucionario Institucional (PRI), receloso de una “conjura internacional” como denunciaron los ignominiosos lombardistas del extinto Partido Popular Socialista (PPS), ordenó que los cuarteles vomitaran sus soldados para abatir a los estudiantes inconformes –como los de Ayotzinapa de hoy–. Y hacían recordar las purgas criminales del Stalin en la URSS contra la disidencia marxista.
Eran los tiempos de la Alianza para el Progreso de Kennedy, con la que los EE.UU. subordinaron más a los gobiernos lacayos de América Latina, en donde el régimen asesino alentaba la cavernaria consigna eclesiástica: ¡Cristianismo sí, comunismo no!
Pero igual que las marchas de apoyo a la Revolución Cubana en esos tiempos que, sin ser socialista había expropiado a la burguesía nativa y a la United Fruit Company –antes de arrodillarse ante el “enviado de Dios en la tierra” y las trasnacionales–, o las del CGH durante la huelga universitaria, la juventud combativa y sonriente, hizo suyas las calles y las inundó de consignas que la población hizo suyas. Nacía así el “Pueblo escucha, tu hijo está en la lucha!” y el “¡El pueblo unido jamás será vencido!” –antes que folclor la hiciera canción.
A los 18 años, muchos marchamos contra el autoritarismo del feroz Díaz Ordaz. No era necesario ser politizado, hacer definiciones de clase o caracterizaciones precisas –“régimen bonapartista”, “estado oligárquico tradicional”, etc. –, o iniciar una militancia partidaria. ¡Éramos la juventud! y por ello teníamos la razón ante un régimen reaccionario y antidemocrático que se consolidó al amparo de la “Revolución Mexicana” que se había bajado del caballo –47 años antes del nacimiento del asesino régimen de “la alternancia” proimperialista.
Nos quitaban la voz, las escuelas –pisoteadas por las botas gorilas y con bazukazos como en la Prepa 1–; la sonrisa a punta de bayonetazos como esa noche en la Alameda donde nos esperaban los militares; después, hasta la música, a partir del “degenerado” festival de rock de Avándaro.
No era necesario estar matriculado para inscribirse en este curso de historia viva, ni ser marxistas o demócrata convencido. Bastaba simpatizar con la efigie del guerrillero internacionalista argentino que se fue a recorrer el mundo para luchar por el socialismo a su manera. Ni ser obrero –algunos lo éramos– para llevar carteles de los ferrocarrileros Campa y Vallejo presos desde el gobierno del López Mateos.
Después vino “la solución” reaccionaria del régimen, y Tlatelolco amaneció con sus paredes y escaleras bañadas de sangre joven, que la película Rojo Amanecer no alcanza a describir en su dimensión.
Éramos tan jóvenes y tan ingenuos –algunos nos escapábamos de nuestras casas con pancartas hechas a escondidas de los padres–, que pensábamos que el régimen se podía reformar. Sobre todo, los militantes del Partido Comunista Mexicano que, 21 años después, entrarían a un partido burgués opositor –dirigido por Cuauhtémoc Cárdenas– para insistir en su objetivo, y ya “encarrerados”, algunos se pasaron al Partido de la Masacre de Tlatelolco y del “halconazo”. Y obvio, se hicieron ricos y defensores del status quo reprimiendo desde sus flamantes cargos a los jóvenes rebeldes.
Pero la cárcel, la tortura y las desapariciones no callaron las voces ni mataron esos sueños juveniles de anti autoritarismo y anti conservadurismo clerical.
A tantos años, duele .mucho recordar esos sangrientos meses del movimiento estudiantil del ’68. Porque todos perdimos algo: un amigo, un vecino, un hermano, un sueño, una incipiente idea de organización, y algunos, la inocencia política.
Y hoy marchamos en memoria de esa sangre joven que puso el ejemplo en las calles. Pero también por estas nuevas generaciones que recogieron las banderas de esos años, donde muchos –con los que orgullosamente milito– marchan sabiendo que el régimen es irreformable. Que no hay que tener como objetivo avanzar a una “etapa democrática” con un “programa democrático” como la estrategia de los que enlodan el marxismo haciendo acuerdos con la burguesía “nacionalista” y sus partidos, o con los burócratas sindicales defensores del capital, para cerrarle el paso a los que defienden la independencia de clase, la democracia obrera y la libre auto-organización.
Por todo eso: ¡2 de octubre no se olvida!

Mario Caballero
Nació en Veracruz, en 1949. Es fundador del Movimiento de Trabajadores Socialistas de México.