Este 1ro de enero se celebra un nuevo aniversario de la revolución cubana. El gobierno de Miguel Díaz-Canel lo recibe con ajuste y apertura económica. Los debates que se abren.
Viernes 1ro de enero de 2021 17:09
Se cumple un nuevo aniversario de la revolución de 1959, la primera en América Latina que culminó en una revolución socialista. A 62 años de aquellos grandes acontecimientos históricos, Cuba está entrando en una nueva etapa. En medio de la crisis económica desatada por la pandemia que redujo el turismo al 50% de sus niveles normales y el bloqueo económico recrudecido por Trump desde que asumió en 2017, el gobierno anunció una serie de medidas económicas a principios de diciembre que abren un nuevo escenario en el país.
Las características centrales del período que comienza son dos: por un lado, un severo ajuste a las masas trabajadoras vía inflación y recorte de “subsidios y gratuidades indebidas” como cínicamente llama el gobierno, que seguramente también harán subir el desempleo; por otro, una nueva batería de medidas para “atraer la inversión extranjera” y fortalecer el llamado “sector privado”, los pequeños y medianos comerciantes y empresarios que emplean desde cero hasta algunas decenas de personas.
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La “Tarea Ordenamiento” es el plan económico más importante lanzado desde que el actual presidente, Miguel Díaz-Canel, asumió en 2018. Tomado en su conjunto, y como parte de las reformas promercado lanzadas por Raúl Castro en 2010/2011, se trata de un nuevo avance hacia la restauración capitalista que de consumarse será una dura derrota no solo para la heroica clase obrera cubana que resistió por décadas el acoso imperialista y la desastrosa conducción de la burocracia, sino para el conjunto de las clases obreras y populares latinoamericanas y aún más allá.
Implicaría la pérdida de conquistas históricas como la economía nacionalizada y su planificación centralizada que, a pesar del bloqueo y la administración burocrática, permitió enormes logros sociales como liquidar el analfabetismo, el hambre, o garantizar el pleno empleo, educación y salud gratuitas y universales de alto nivel, entre otros. La restauración capitalista sería un triunfo para el imperialismo y las clases dominantes de todo el continente.
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En este marco crítico se han abierto, o reactualizado, debates en torno a qué salidas son posibles y necesarias para Cuba. Las posturas abarcan un amplio espectro. Desde las más abiertamente reaccionarias que impulsan un “cambio de régimen” más o menos violento y que desde hace años son marginales aunque la era Trump las reavivó parcialmente. Pasando por las posiciones liberales que hoy están ampliamente extendidas y que presionan por profundizar las reformas a la vez que aceptan a la burocracia gobernante como interlocutor válido. Esta línea fue, en general, la que impulsó el expresidente norteamericano Barack Obama durante su gestión (2009-2017) bajo el auspicio del Vaticano y el Papa Francisco y tiende puentes con la estrategia de la cúpula de la burocracia del Partido Comunista de Cuba que busca una restauración capitalista (bajo el eufemismo de “actualización del socialismo cubano”) al estilo chino o vietnamita.
Como parte de esta estrategia, la Iglesia Católica (y otras iglesias), organización contrarrevolucionaria por excelencia, goza desde hace años en Cuba de una amplia libertad de organización, prensa y difusión y hasta cuenta con varias bancas en la Asamblea Nacional. Esto se vio especialmente en 2018 durante la gran campaña que realizaron todas las congregaciones contra la inclusión en la nueva Constitución del derecho democrático elemental al matrimonio igualitario, finalmente pospuesto para un referendum previsto para mediados de este 2021.
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Ya en el campo de la izquierda, existen diversas opiniones tanto dentro como fuera de Cuba, muchas de las cuales guardan aún confianza en que el régimen de partido único es capaz de auto reformarse, desembarazarse del autoritarismo, del burocratismo y “otros males”, y abrir a la población políticamente activa la discusión de cómo salir de la crisis. Esta visión parte de defender a la revolución y sus conquistas, pero defendiendo al mismo tiempo al reaccionario régimen político.
Esta corriente de opinión no logra ver que el régimen de partido único es parte del problema. Los enemigos de la revolución no están solo en el imperialismo y sus cipayos a lo largo y ancho del continente. Prohibir la libre organización, deliberación y publicación de ideas de todos aquellos y aquellas que defiendan la revolución, que hoy solo pueden hacerlo a través del PCC y las organizaciones de masas que controla, atenta contra la revolución. Ajustar a las grandes mayorías mientras se beneficia la inversión extranjera y se mantienen los privilegios de la burocracia, atenta contra la revolución. Debilitar la economía nacionalizada y el monopolio del comercio exterior introduciendo más y más elementos y mecanismos de mercado, atenta contra la revolución. Apoyarse en los sectores y tendencias liberales que quieren restaurar el capitalismo como hizo Raúl durante la presidencia de Obama, en lugar de apoyarse en las masas obreras y populares apoyando y desarrollando sus luchas en todo el continente, atenta contra la revolución.
No se trata sólo de burócratas individuales corruptos, autoritarios y que quieren enriquecerse. Se trata de un régimen político que va socavando las bases del estado obrero, de manera similar a la que sufrió la gran revolución de octubre con el régimen instaurado por Stalin que puso en marcha la “coexistencia pacífica” con el imperialismo y la construcción del “socialismo en un solo país” (o bloque de países luego de la 2da Guerra Mundial). El gran revolucionario ruso León Trotsky, que luchó hasta su asesinato en 1940 contra la burocratización del estado soviético, sostenía la necesidad de una revolución política que devolviera el poder a la clase obrera y los soviets, como única forma de evitar la restauración capitalista.
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Las expectativas en una autoreforma del régimen que persigue resolver sus aspectos más reaccionarios, vuelve impotente en última instancia la defensa de la revolución y sus conquistas porque mantiene lo esencial del régimen de partido único: el encuadramiento de las masas y la contención de la revolución internacional.
Por eso seguimos sosteniendo, y hoy más que nunca, la necesidad de defender las conquistas de la revolución enfrentando en primer lugar al enemigo imperialista, pero también inevitablemente a la burocracia del PCC enquistada en el Estado que desde hace décadas viene descargando las crisis sobre las masas, conservando a rajatabla sus privilegios, asociándose a los capitales extranjeros y degradando sistemáticamente la economía nacionalizada, la planificación, el monopolio del comercio exterior y otras conquistas sociales.
Sostenemos la necesidad de una revolución política, que termine con el régimen de partido único e imponga el gobierno de las masas obreras y campesinas auto organizadas y auto determinadas. Un nuevo régimen con amplia democracia obrera y libertad de organización para todos aquellos que defiendan la revolución, que permita rever todas las reformas promercado y discutir las medidas económicas y sociales necesarias para sacar a Cuba de la crisis en favor de las grandes mayorías, no de la élite burocrática, de las empresas extranjeras o los nuevos sectores acomodados. Además, un hecho así sería un enorme impulso a las grandes luchas que recorrieron el continente en los últimos dos años, como la rebelión chilena, la lucha contra el golpe en Bolivia, las masivas movilizaciones contra el racismo y la represión en EE.UU., o las luchas en Colombia y Perú contra los planes de ajuste y la corrupción.
Así, es posible frenar el curso restauracionista actual, revitalizar el gran proceso revolucionario que abrió el ‘59 y culminó en una revolución socialista, y volver a ser vanguardia en la lucha anticapitalista y antiimperialista de las masas explotadas de Latinoamérica.