Gustavo Gatica tiene 21 años, estudia psicología, y producto de un disparo de Carabineros arriesga la posibilidad de perder la visión. La brutalidad de este caso lo ha convertido en pocos días en un emblema de las y los heridos de la represión en Chile. El problema de la represión es estructural en el Estado capitalista chileno.

Dauno Tótoro Santiago
Lunes 11 de noviembre de 2019
La brutal represión de estas semanas
Con las movilizaciones que han sacudido al país, la derecha, el gobierno, el Estado y este régimen político mostraron su verdadera cara: no están dispuestos a ceder nada, y por el contrario, son capaces de todo para defender sus privilegios.
Según diversos datos, ya habrían 23 personas muertas, 2500 heridos por la acción represiva, 400 de ellos por perdigones o balines, 180 personas que recibieron impactos en alguno de sus ojos, y un largo y macabro etcétera.
A pesar del cerco mediático tendido por los medios de comunicación empresariales, las cifras, los hechos y los casos no se pueden ocultar. Incluso la ONU “condenó el uso excesivo de la fuerza”. Esa misma ONU que envió a Observadores de Derechos Humanos que no se pronunciarán frente a las situaciones de violaciones a los DDHH (en sus propias palabras), haciendo una operación clara de lavado de imagen al gobierno de Piñera.
Hay algo que es claro: en Chile se prohíbe el derecho básico a la protesta social y los poderosos están dispuestos a derramar sangre, e incluso desplegar “procedimientos destinados a mutilar” a los manifestantes, según denuncia una declaración entregada a La Moneda por académicos y autoridades universitarias.
Pero además, otro hecho que ha saltado a la luz es que estas violaciones a los Derechos Humanos y la política represiva del Estado chileno es estructural y sistemática: no empezó el 18 de octubre, sino que se mantuvo desde prácticamente toda su existencia. No olvidamos que esta semana se cumple un año del asesinato a Camilo Catrillanca, crimen que demostró que la vulneración a los derechos humanos en Chile es una práctica sostenida y en complicidad con los gobiernos de turno.
Bien lo saben las comunidades mapuche en el Wallmapu; también lo sabemos las y los estudiantes que lo vivimos cada vez que nos movilizamos, los saben en las poblaciones, las y los trabajadores en sus huelgas y paralizaciones. Ponemos un pie en la calle y recibimos palos y lacrimógenas. Podemos perder desde un ojo hasta la vida en una protesta.
Frente a este escenario, se hace más urgente que nunca levantar con toda la fuerza una amplia campaña democrática desde los organismos de Derechos Humanos, los partidos de izquierda, las Federaciones estudiantiles y sindicatos, exigiendo el término inmediato de la represión y el mínimo derecho a manifestarnos.
Lo decimos fuerte y claro: ¡Piñera es responsable de los crímenes cometidos por militares y Carabineros! ¡Fuera Piñera! Y juicio y castigo con cárcel común a los responsables materiales y políticos de estos crímenes y de la represión ¡No a la impunidad!
¿Reforma a Carabineros para terminar con la represión?
Pero además, estos casos de represión han abierto todo un debate respecto al rol de Carabineros y las fuerzas represivas. Algunos cuestionan los protocolos que los rigen: les está permitido ingresar armados a establecimientos educacionales, o pueden reprimir disparando perdigones o balines.
Están profundamente cuestionados: han seguido a líderes sociales mediante el uso de inteligencia de Estado, se han involucrado en casos de corrupción (Pacogate), han violado a mujeres, torturado y asesinado.
En ese escenario nos preguntamos ¿Es reformable una institución así? ¿Queremos reformar una policía creada y dirigida para la represión de la protesta social y la movilización popular? ¿”Cambiarían” los carabineros si se democratiza la institución, si se cursan clases de Derechos Humanos?
Un camino así es utópico a la luz de los acontecimientos y sacando las lecciones del pasado. Un Estado capitalista como el chileno presupone la existencia de una institución dedicada a reprimir y controlar la protesta social, protegiendo la propiedad privada de un puñado de capitalistas: esas familias empresariales como los Matte, Luksic y Angelini, que son además los financistas de los partidos políticos tradicionales.
Lo decimos claramente: ¡Mientras exista policía, habrá represión! Hoy cuando se ha puesto en cuestión la herencia de la dictadura militar, a este Chile antidemocrático y autoritario, tenemos que cuestionarnos también por qué tiene que existir un aparato dedicado a reprimir a las mayorías que nos movilizamos y a proteger los intereses de unos pocos.
¡Por eso luchamos por la disolución de la policía y de todas las fuerzas represivas y de seguridad! Es parte de nuestro programa de lucha contra este Estado capitalista, organizado para defender los intereses de una minoría privilegiada, dispuesta a matar por conservarlos, y por la conquista de un gobierno democrático de las y los trabajadores.
Al mismo tiempo, y al calor de las brutales imágenes de represión y de la violación sistemática de los Derechos Humanos, agudizada al calor de la rebelión popular en Chile, defendemos y promovemos todas las formas de autodefensa democrática del pueblo trabajador, como forma de organizar la defensa de la protesta social y el derecho básico de manifestarnos.
Apostamos por una sociedad socialista, democrática, donde sean las grandes mayorías las que decidan, y no un puñado que se dedica a decidir por sobre todos los demás, como hacen hoy los políticos de este régimen en sus sillones en La Moneda o el Congreso, y donde las funciones de seguridad sean realizadas por los trabajadores y trabajadoras, haciéndose cargo de su propia autodefensa junto a las comunidades.
Rechazamos, en ese sentido, todo aparato especializado en la represión. Estas semanas han mostrado vivamente el rol histórico que cumplen, y la inviabilidad de reformarlas. Pasaron 30 años de la dictadura. Y los crímenes que se cometieron hoy se vuelven a repetir. Porque no son excesos ni errores: es la esencia de la represión del Estado chileno.