Entre peleas de motociclistas, mecanismos de supervigilancia, y estallidos sociales en medio de una sociedad que se desploma, Katsuhiro Otomo le dio vida a una de las grandes obras del Cyberpunk.
Edson Elgueta Vergara Psicólogo y Magíster en Cine y Artes Audiovisuales
Domingo 2 de agosto de 2015
El año 1988 fue un momento tremendamente importante para la industria de la animación japonesa, donde se establece una apertura del oriente al occidente, extendiéndose un nuevo mercado, el de la cultura. A manos de Katsuhiro Otomo, Akira sería el puntapié inicial de algo que se venía desarrollando hace un tiempo, pero que cobraría una vitalidad propia, al coincidir con diversos fenómenos políticos. El declive de los mal llamados “grandes relatos” o el horizonte comunista, la consolidación de los procesos de restauración burguesa, y una profundización del neoliberalismo como modelo de progreso, traería consigo un género que responde como una alternativa narrativa, a las contradicciones abiertas, por la pujanza del mismo sistema capitalista, el “Cyberpunk”.
Producción de Akira
Para poder realizar Akira, el creador y dibujante del cómic –el cual se extendió de los años 82 al 93- necesitó de un numeroso equipo de profesionales, productoras y distribuidoras, para poder dar vida a la salvaje ciudad de Neo-Tokyo, y llevar a distintos lugares del planeta tamaña obra que costeó los mil millones de yenes, es decir unos 10 millones de dólares en aquellos años.
Contexto en el que se desarrolla
Es el año 2019, 31 años después de que se lleve a cabo la tercera guerra mundial y una energía misteriosa destruya la ciudad de Tokyo, volviendo a erigirse desde las cenizas, bajo una completa estela de hipermodernidad (Neo-Tokyo). El Gobierno conformado por un puñado de burócratas corruptos, aprueban el último recorte fiscal, y los movimientos sociales comienzan a tomarse las calles de Neo-Tokyo, en jornadas extensas de enfrentamientos contra la policía, y en la mira de las fuerzas militares ultramente avanzadas.
En este escenario encontramos a Kaneda y Tetsuo, dos amigos que se la pasan peleándose con pandillas de motociclistas del sector, y que buscan cometer alguna que otra fechoría, cada vez que pueden. Sin embargo, en uno de estos enfrentamientos Tetsuo sufrirá un accidente que cambiará su vida para siempre, al encontrarse con un misterioso niño, el cual está directamente relacionado con experimentos llevados a cabo por las fuerzas armadas, las que secuestrarán a Tetsuo.
Una aventura épica por las miserias del sistema y sus crisis
Es así como comienza el deambular de Kaneda por los distintos rincones de Neo-Tokyo, buscando el paradero de su amigo, mientras se adentra en la sordidez de una ciudad compuesta de edificios colosales, prostíbulos y cantinas de mala muerte, y carreteras interminables rodeadas por sistemas de supervigilancia y control. Es en este contexto que se relacionará con distintos personajes que darán un vuelco a su vida. Los amigos que le circundan permanentemente, una organización política que busca desenmascarar los planes del gobierno, el General al mando de la política militar y de vigilancia, etc.
El viaje psicológico de Tetsuo
Por su parte, Tetsuo, luego de ser secuestrado por las fuerzas militares, es sometido a una serie de experimentos brutales, puesto que algunos análisis desarrollados por los mismos científicos, identifican una gran energía proveniente del muchacho, que abre la posibilidad de ser el elegido de portar un gran poder que el General quiere controlar a cualquier precio. Es así como Tetsuo realizará su propio viaje interno, confinándose a los pasadizos más intrigantes de su existencia, a base de fármacos y nuevas habilidades que jamás pensó, pero encontrándose con una sociedad incapaz de entender la catástrofe que le depara, y que subterraneamente trae devuelta el mito de AKIRA.
Una crítica a las miserias del capitalismo y a la deshumanización de la ciencia moderna
Akira es una obra maestra de la animación oriental, cuya mirada tiene su centro en el occidente, asumiendo la creciente mixtura de culturas que comienza a generarse, a través del paulatino avance de la globalización a escala mundial. Inspirado en la fotografía de las películas de Ridley Scott, la literatura futurista, y las revoluciones culturales provenientes de la juventud–explicitada en Easy Rider del fallecido actor Dennis Hooper- entre algunas influencias, las obras de Katsuhiro Otomo buscan mostrar las grandes paradojas de la humanidad, tomando como escenario sociedades que se encuentran entre la precariedad, la antigüedad o el abandono, y el mayor perfeccionamiento de la ciencia y la tecnología.
En el caso de Akira, es una especie de hipercapitalismo que acarrea consigo –y sin poder desligarse- de las atrocidades más horripilantes que sustentan su matriz ideológica, política y económica. Akira es una representación, pero también una denuncia, a la permanente incertidumbre al exterminio nuclear, potenciada por un creciente desarrollo armamentista, de las potencias imperialistas que se reparten el mundo, saqueando y reventando países a su antojo, mientras las crisis del modelo las terminan pagando los trabajadores y sectores más precarizados de la sociedad.
También es una fuerte crítica a los avances de las ciencia, atravesada por una creciente deshumanización, donde la ética es un cuento viejo, y cualquier descubrimiento debe estar al servicio de una humanidad incapaz de defenderse de sí misma, por lo que su poder debe ser delegado a la represión de los aparatos de coerción y control. Pero, esta ciencia, no es una ciencia moderna a secas, es la ciencia moderna del capital basada en las clases sociales, donde el sujeto cumple una función de mero instrumento, con el objetivo de un proyecto condenado a su muerte.
Akira nos habla de la deshumanización de la ciencia, desarrollada por la misma humanidad, donde la vida ha dejado de tener un valor, y no hay limitaciones ni restricciones en su quehacer ni en su proyección de verdad. Golpea a las posturas cognitivas y racionalistas, frente a una humanidad que se les desborda en una pulsión de muerte, y que busca volver a un punto desde donde comenzar otra vez. Akira es la crisis del capitalismo, ante una humanidad condenada –aparentemente- a su propia destrucción.