Miércoles 1ro de abril de 2020 18:17
POLITICS AND POLICY
La crisis actual, la pandemia del coronavirus, ha aislado de los discursos públicos -no sólo por efecto de las muertes y los contagios- las otras crisis no menos graves, y a la sazón y por si fuera poco, las que acaso contribuyen a la diseminación exponencial relativamente efectiva del virus en la aldea global. Sería un trabajo interminable, y tal vez inoportuno en el marco del actual estado de cosas, dar cuenta de estas crisis con cierto nivel de detalle y con la generosidad que debería ser propia de quien busca explicar a otros, habiéndose sometido sin concesiones a la prueba de encontrar explicaciones sólidas para uno mismo, de otro propósito que no sea el de aportar críticamente a la comprensión de lo que nos pasa y que, indudablemente, supera en mucho lo pasado.
Lo que nos pasa es, obvio decirlo, mucho más que el coronavirus. Lo que pasa es que la crisis de la salud y de la educación –ésta en un sentido amplio, más amplio al del significante que se menta de ordinario al escribir “salud”-, a la vez que avanza la pandemia, se “invisibiliza”, incrementando paroxísticamente el ya instalado efecto de que todo lo malo que suceda en adelante queda en manos de “uno”. La policía (policy) ha reemplazado a la política (politics), como efecto a su vez de este efecto-causa. Porque la política, reducida a policía, es ciega. Es la instancia que agota todos los significantes invisibles a expensas de las potencias visibles que dominan el espectro de la reducida visión que nos es dispensada por obra y gracia del poder.
Por causa de un “enemigo invisible”, se ha limitado como nunca antes la libertad, la intimidad, la dignidad y la solidaridad de las personas de una sociedad global en permanente crisis, al punto de que uno debería cuestionarse quiénes hoy revistan cabalmente como “personas” en el planeta Tierra, habida cuenta de que hay quienes no son considerados ni tratados como tales por el poder de los estados. Los valores sociales son tan invisibles como el virus, pero por muy diversas razones, bastante obvias algunas. El gobierno del estado, así las cosas, le ha declarado la guerra a lo invisible. Ya veremos que en función de esta declaración de guerra latente se pretende justificar un estatuto autoritario de la personalidad humana.
De repente, la salud –que es un estado de cosas individual y social, pero también un valor- a la vez que muestra una cosa, muestra otra. Y otra. Caleidoscópicamente, un conjunto de una sorprendente complejidad. En tanto salud pública, la complicidad con el capitalismo de la salubridad y la farmacopea y la no inversión en el bienestar físico y psíquico de las personas ha hecho avanzar al gobierno en múltiples maneras de desatender las enfermedades, epidemias y accidentes. La falta de inversión en tecnología e insumos médicos, que es la causa –aunque no la razón- por la que se ha preferido el estado de excepción, tendrá un precio muy caro, y en realidad, impagable.
CAUSA Y RAZÓN
La policía es ciega en la medida en que el poder le inclina hacia tal o cual dirección y ello no sucede sino por la potencia propia de este último. El poder policial, en principio, es adventicio. Pero ello vuelve aún más impredecible su comportamiento. El policía es el máximo nivel de visibilidad contra lo invisible. El instrumento de los instrumentos, el agente armado plantado en el acceso a un lugar, no es un guardián de la ley, sino del panoptismo del poder, cuya función es la articulación y rearticulación de las experiencias interpersonales. En lo corriente, hay una relación directa y proporcional entre el temor que me provoca el agente armado y el sentimiento de poder omnímodo que ejerce en potencia sobre mí. Pero la causa del mal es en sí la razón del poder. Su depositario, no es más que un zombi, un ser teledirigido.
Los gobiernos de la era capitalista gobiernan por la gente y para el capital. Pero aún en sus constantes mutaciones, el capital es un virus, y como tal, no es de por sí invencible. Y el capitalista lo sabe. La política actual, que es policía disfrazada de política -policy tomada por politics-, es gestión de los acuerdos, lo que incluye el reparto y, desde luego, la consabida puja por espacios, nichos o seminichos de poder. Indirectamente, pero no porque sea menos importante, se encarga de asegurarnos, una y otra vez y por todos los medios, que el capital es y será siempre invencible.
La verdadera política, en cambio, es el contrapunto de los desacuerdos [1] ; razón por la cual, a menudo por largos períodos, no hay política. No hay política en la era feudal o en los sistemas semi feudales (que los hay en el siglo XXI, ni falta hace decirlo). La disciplina democrática, que supone la constante crítica de todo, que a su vez presupone la participación social, que a su vez presupone la voluntad de escuchar y ser escuchado, etc., es más bien rara. La tendencia opuesta es la inercial. Es la dirección de lo corriente o, si se quiere, de lo “normal-burocrático”. Si esto es así en “épocas de normalidad capitalista”, qué decir en el marco de una pandemia global.
Este déficit natural del capitalismo, este no poder justificarse nunca cabalmente en términos democráticos, es convertido en ventaja política y estratégica en las crisis. En una crisis global de la salud y de la salud pública como la que nos aqueja, el capitalismo ve la ganancia y la pérdida de una manera esquizofrénica. Convertido en variable de una ecuación, pero persuadido de que en él se encuentra la solución para un problema que le es absolutamente ajeno, el ser humano ha perdido hasta la persona que es, fue o podría ser. Salvo en un aspecto molecular: ser consumidor (pero que cuenta sólo para él en cuanto animal económico y siempre como cifra negativa, porque lo que se consume se pierde y, en orden al crédito, se debe). Sólo se es libre en cuanto se es consumidor, una nada que compra; porque el resto de su humanidad ha sido absorbido. El poder, que ha malversado sus recursos, expropia ahora el ser, el haber, de la gente, despersonalizándola. Un recurso medieval, por cierto.
En la crisis de la salud actual, la crisis pandémica mundial, el capitalismo muestra, a quien sabe ver, para quien operan realmente los gobiernos. Incapaz de enfrentarse a los capitalistas, el gobierno traslada la responsabilidad del manejo de la crisis a las personas individuales. No a la sociedad, que no existe materialmente. Sino a vos, a mí, aquel. Personaliza la responsabilidad por la crisis en la medida en que nos despersonaliza. Quien se entera que alguien ha sido detenido por no poder justificar que hacía en la “vía pública”, se despersonaliza. Ni que hablar de los miles de indomiciliados, que no tienen un habitáculo para librarse de la detención en la “vía pública”. La ganancia es desmesurada, porque sea cual sea el resultado, pasada la crisis, la culpa de las “bajas” será de aquel, tuya o mía. Porque si nuestro lector todavía no se dio cuenta, estamos en guerra. En la “guerra pandémica”, se objetiva, esquizofrénicamente, lo subjetivo. Y, como nunca, se cuantifica lo cualitativo para amasarlo de acuerdo a los intereses de la clase dominante.
LA GUERRA Y LA GENTE
Somos los soldados de una guerra contra lo invisible. Soldados sin armas ni uniforme, en una trinchera, la que sea y como sea, aguardamos un ataque. Nuestra guerra es defensiva. Pero también es una –nuestra- guerra cobarde. Cobarde y clandestinamente nos olvidamos del otro, nuestro hermano de no-armas. Es una guerra destinada no a producir bajas sino a no producirlas. Es una guerra sin generales pero con tantos responsables como el poder decida. Es la guerra de la cifra loca y de la culpa absurda.
En la guerra absurda, el verdadero enemigo es la libertad y todas sus extensiones ordinarias. Cuando se ha perdido dimensión subjetiva de la responsabilidad pública y política por el descuido de la salud pública, el problema es la educación. La distinción entre salud y educación es sólo actuarial y burocrática. Los griegos de la antigüedad clásica, o si se prefiere, los clásicos greco-latinos, no conocían tal distinción, y Sócrates de Atenas, por ejemplo, nos habla de la “salud del alma (psique)” [2]. Para los antiguos griegos el cuerpo es importante, pero no más que el alma; por el contrario: un alma sana es lo fundamental. Es preferible, aunque no sea el óptimo, un cuerpo enfermo de un alma sana que un alma enferma de un cuerpo sano. Y a los antiguos griegos no les faltaron pestes, como la que mató a Pericles y a sus hijos en el primer año de la guerra del Peloponeso (430 a C.). Un largo período, que llega casi hasta nuestra era, contó con un casi exclusivo agente antiepidémico –ante la falta de tecnologías más o menos eficaces de salud- llamado “cuarentena”, eufemísticamente hoy llamada “aislamiento social obligatorio”.
El estado moderno, ocupado por atender las perentorias e invencibles demandas del capitalismo, y ante la carencia de medios masivos de atención y prevención, sigue echando mano de la “cuarentena”, o, en otras palabras, del confinamiento de la población. El confinamiento es la trinchera de la guerra absurda contra la peste. Frente al horizonte restringido del confinamiento, se espera. La esperanza es también la esperanza de la seguridad que no se tiene fuera de las paredes del claustro individual. El domicilio ha dejado de ser domicilio al trocarse en habitáculo del cuerpo impersonal; la persona ha pasado a ser soldado. Se espera que una especie de triunfo pírrico arrebate al virus la libertad perdida extramuros mientras se asegura la corporeidad aquende las paredes confinantes. También, por efecto de la esperanza, se acumulan suficientes títulos estúpidos para no ser responsable de la eventual victoria pírrica. En cualquier caso, las víctimas, que siempre han de ser muchas, no serán tales sino por: 1) la responsabilidad de los que han osado abandonar las trincheras; 2) la debilidad de los que no son suficientemente fuertes para sobrevivir intramuros.
Como el gobierno ha desapoderado la esperanza popular, incrementando el poder del ojo del poder en beneficio del capitalismo, la libertad se ha vuelto un goce eventual. Su privatización, resuelta en pobres tácticas de una estrategia ajena, confinando toda libertad a los bordes de la trinchera –otrora domicilio de la otrora persona-, es ahora la causa de la interiorización eficaz de un conjunto de normas biopolíticas yuxtapuestas al aparentemente monolítico orden liberal ordinario de los derechos democráticos. Estas normas han adquirido legitimación en virtud de su ajuste al nuevo orden, nacido de la experiencia sintetizadora, uniformadora, de la moral de crisis, que a la vez que dispone y disgrega, aísla a uno de todos y a todos de uno. Para el poder, que es lo UNO ABSOLUTAMENTE OTRO -la mayor potencia de síntesis de la experiencia humana de la potencia de un ser humano sobre otro- lo óptimo es la transformación de la sociedad en un conjunto de islas humanas abandonadas a su suerte.
El resultado es la unanimidad moral que horada toda posibilidad de verdadera política, la del contrapunto nacido de los desacuerdos. Ya que inhabilita la participación y expropia la voluntad decisoria, nada queda más que el diagnóstico y la decisión paridas extramuros; el puro decisionismo en el estado de excepción [3]. ¿Era en realidad lo que queríamos?
EL ESTADO DE EXCEPCIÓN
Claro que no es lo que queríamos [4]. Pero el poder de desgaste del miedo sumado a esa suerte de anemia intelectual inherente a la falta de ejercicio de la verdadera política, la del desacuerdo, en el precipitado total de la pereza propia de la sociedad burguesa, anclada por demás en el dominio del propio interés, trae la parálisis. Si es milagroso mover montañas, la biopolítica pandémica logra el milagro contrario de paralizar montañas de actos de libertad sustantiva. Cínicamente, el periodismo “de guerra” bien pondera y hasta felicita las “actividades” que “podemos” realizar en casa, mientras el trabajador, el desocupado, el “paria” estatal, sufre las consecuencias del aislamiento social, político y jurídico. Esperar o enfermarse, y no sólo de la peste actual, el coronavirus. En la periferia de las ciudades, desde siempre, reinan las enfermedades del cuerpo y del alma, de la moral social y de la condición material. El estado de excepción potencia todos los males que traen la pobreza y la marginalidad.
¿Dónde están los parlamentarios, “nuestros” representantes? ¿Qué voz lúcida se ha alzado contra la locura de volver enemiga a la libertad más de lo que ya lo es? ¿Dónde están los intelectuales, los educadores, los hombres de ciencia, los supuestos “guardianes” de la libertad? Raras las intervenciones de quienes saben cuál es el precio real de la cuarentena total. Por reticencia o temor, o por simple oportunismo, se privan de dar su opinión al público (al auditorio universal) frente a la más extrema y riesgosa de las soluciones, impensable si se tiene en cuenta el elevado grado de desarrollo tecnológico actual. Reveladora de la impotencia gubernamental frente a la crisis, la cuarentena es la manera de imponerse ante las demandas de salud, vivienda y trabajo de las clases populares. Inmoral, hace caer el peso de la crisis sobre los más débiles, los que no tienen donde vivir o los que sobreviven en condiciones de pobreza y abandono institucional; los que no pueden darse el lujo de “quedarse en casa”. Amenazante, confiere poder omnímodo a las armas, eliminando toda posibilidad de apelar o impugnar las determinaciones autoritarias de los represores. Prescindente, no se hace cargo de los abusos y las muertes que va a generar una medida que, en tanto remedio, es peor que la enfermedad: se multiplicarán los enfermos y fallecidos por condiciones de pobreza y precariedad en barrios y villas donde abunda la carestía y los basurales; se multiplicarán los excluidos. Oprimidos al extremo, habrá quienes ya no tengan nada que perder. Serán el blanco de las armas.
EL DESPUÉS
La cuarentena es también una gestión, desesperada, para el bienestar de los sectores burgueses y pequeño burgueses; los que “pueden quedarse en casa”. Las clases medias (y medias-altas) son muy permeables al pánico general que generan las crisis. En ellas, la preocupación por la libertad tiene como indicador invisible la satisfacción efectiva de sus necesidades, sin el menor interés por la situación de las clases postergadas. El egoísmo, como tiene la medida del interés individual, se rebaja en las crisis a la mezquindad y la indiferencia, degradando la dimensión de lo decoroso, minando los bajos recursos pseudodemocráticos de la moral dominante y abriendo la puerta para todos los tipos de arbitrariedades que desde siempre se han ejercido sobre los vulnerables, excluidos y disidentes. Prefiere la seguridad y el control a la libertad y la solidaridad; es el complemento de la variable egoísta: “ellos o nosotros”. Como la expectativa oficial y su aliado, el periodismo de clase, necesita “culpables” y “responsables”, los dispositivos de producción represivos y comunicacionales se concentran en “infractores” y “sospechosos” y llaman la atención sobre minucias alienantes que alimentan la confusión, direccionan el odio hacia “el otro” e incrementan el temor frente a la crisis pandémica.
Esta discursiva esquizofrénica, a la vez que justifica la acción oficial, desvía la mirada respecto de la gestión pública de la salud, que es responsabilidad exclusiva del estado. Pero como el estado –el funcionariado político- se ha desresponsabilizado de la salud -gobierno tras gobierno- por falta de prevención e inversión, desde las usinas del poder estatal, a la vez que se santifica la represión, se genera una atmósfera reaccionaria. Hay que subrayar –una y otra vez- la “responsabilidad” de la población, su “compromiso” en la “victoria” frente al virus. Para que tengan bien presente “los que pueden quedarse en casa”: hay que aclarar que un eventual éxito -mezquino y cobarde- frente al coronavirus no redime a cada cual de los tremendos daños morales y materiales que medidas de alcance biopolítico como las cuarentenas generan en la sociedad. El único antídoto frente a la autodevaluación ética que implican estas luchas es el deber de reflexionar –y ayudar a otros a poner en marcha la reflexión- sobre las otras dimensiones de la realidad de la lucha crucial, la lucha de clases, conforme ésta se nos presenta a escala mundial en el actual estado de cosas.
NOTAS:
[1] Las nociones de policía y política, así como la dimensión del desacuerdo como eje de inteligencia de lo político están tomadas, algo libremente, de la obra de Jacques Rancière El Desacuerdo. Política y filosofía. Ed. Nueva Visión. Buenos Aires, 1998.
[2] El diálogo platónico Fedón trata sobre el alma; allí se encuentra la tematización filosófica sobre el tópico (vid. la traducción castellana de Conrado Eggers Lan, Ed. Eudeba, Buenos Aires, 1993). La relación entre el cuidado del cuerpo y el cuidado del alma se encuentra sobre todo en el Cármides de Platón (156 b). Todo depende del alma, pero el objetivo último es la salud física y moral de todo el hombre (confr. Grube, G.M.A., El pensamiento de Platón, Ed. Gredos, 2010, p. 193/194). La palabra griega para alma es psykhe; quizá sea preferible traducirla por mente, en razón de las connotaciones religiosas, sobre todo de tinte judeocristiana, que posee la palabra alma. Sin embargo, habría que ponderar si ello no sería fuente de mayores equívocos.
[3] Consultar: Agamben, Giorgio, Estado de excepción, E. Adriana Hidalgo, 6ta. ed., Buenos Aires, 2013.
[4] Desde octubre del año pasado, un grupo de expertos advirtió –en su primer Informe Anual sobre Preparación Mundial de Emergencias Sanitarias presentado a la ONU- que “el espectro de una urgencia sanitaria global se vislumbra en el horizonte”. Consultar https://elpaís/2019/09/25/planeta_futuro/1569435266_953355.html.