La reconocida feminista negra y militante de izquierda Angela Davis en el libro ya clásico “Mujeres, Clase y Raza” realiza un debate profundo con sectores del feminismo en distintos momentos históricos en torno a la política de ‘género’ que, para la autora, no peleaba por la unidad de las y los explotados y oprimidos, como la lucha contra la esclavitud de mujeres y hombres negros y la necesaria unidad con la clase trabajadora blanca y pobre contra el sistema capitalista y patriarcal que se impuso tras la guerra de secesión norteamericana.
Miércoles 14 de junio de 2017
En una primer parte del libro la autora debate contra el feminismo blanco sufragista, a partir de cuestionar el profundo racismo que cada vez con mayor fuerza fue asumiendo este movimiento que se oponía a la concesión del voto a los hombres negros antes que a las mujeres blancas tras el fin de la esclavitud.
Davis debate contra este feminismo señalando que en aquel momento histórico era fundamental para el movimiento de mujeres apoyar el movimiento antiesclavista y, sobretodo apoyar la campaña contra los linchamientos de hombres negros que asolaba el sur del país tras la guerra de Secesión y la “liberación de la esclavitud”. Ángela Davis señala cómo fueron las mujeres negras quienes impulsaron la campaña contra los linchamientos masivos de hombres negros que sembraron el terror en el sur de Estados Unidos, ya que luchar contra el racismo y la violencia hacia su pueblo era también luchar por sus demandas de género. De hecho el movimiento de mujeres negras priorizó esta lucha antes que la conquista del sufragio femenino, que para ellas no era su prioridad ante la violencia masiva a que eran sometido su pueblo.
Ángela Davis realiza un fuerte debate con un sector del feminismo frente a lo que denomina “el mito del violador negro”, que se había vuelto una ideología que legitimó, en los primeros años post guerra civil, el linchamiento indiscriminado de hombres negros y, posteriormente, la condena de miles de hombres negros que poblaron las cárceles norteamericanas y lo hacen hasta el día de hoy acusados de violar mujeres blancas.
Con la agudeza que la caracteriza, Davis señala respecto a los orígenes del movimiento anti violación: “Durante las primeras etapas del movimiento anti violación contemporáneo hubo pocas teóricas feministas que analizaran seriamente las circunstancias especiales que rodean a la mujer negra como víctima de esta forma de agresión. El histórico lazo que une a las mujeres negras -las cuales han sufrido sistemáticamente el abuso y la violación de los hombres blancos- con los hombres negros -quienes han sido mutilados y asesinados a causa de la manipulación racista de la acusación de violación- apenas ha comenzado a ser reconocido a un nivel significativo. Generalmente, siempre que las mujeres negras se han enfrentado a la violación, han expuesto, al mismo tiempo, los montajes en los que se lanza la acusación de violador como arma letal del racismo era los hombres de su comunidad” (Davis, pp.176)
Davis pone en evidencia también el casi nulo apoyo que tuvo entre las organizaciones feministas y de mujeres de la época el movimiento contra los linchamientos de negros impulsado por las mujeres negras, a tal punto que la autora denuncia cómo muchas mujeres blancas del sur eran cómplices pasivas de los linchamientos de hombres negros, los que se había convertido en un espectáculo público tras el fin de la guerra de secesión en los Estados del Sur, tal como se describe en este fragmento que alude a la primer reunión de mujeres blancas contra los linchamientos que se forma recién en 1930 (el movimiento contra los linchamientos nace a fines del 1890): “El reducido grupo de mujeres que acudió a la reunión de Atlanta en la que se formó la asociación debatió el papel de las mujeres blancas en los linchamientos que se habían producido en la época más reciente.
Las mujeres solían estar presentes en los encuentros de las turbas, ellas señalaban y, en algunos casos, participaban activamente en los grupos que perpetraban los linchamientos. Además, aquellas mujeres blancas que permitían a sus hijos presenciar los asesinatos de negros estaban adoctrinándoles en los hábitos racistas del Sur. Un estudio sobre el linchamiento realizado por Walter White y publicado el año anterior a que se produjera esta reunión de mujeres sostenía que una de las peores consecuencias de estas turbas asesinas era •la influencia perniciosa que ejercía sobre los niños blancos sureños. En un viaje que White realizó a Florida para investigar un linchamiento, una niña de nueve o diez años de edad le contó «lo bien que lo habíamos pasado quemando a los negros” (Davis: 194).
Más adelante Davis, quien se reivindica feminista marxista, debate con varias teóricas feministas que en los años 70 publicaron investigaciones que asumían y legitimaban el mito del hombre negro violador en el contexto del resurgimiento del racismo en Estados Unidos. Davis señala el profundo racismo que consciente o inconscientemente implicaban estas posturas. Uno de esos debates que desarrolla en el libro se refieren a las posturas de la feminista Susan Brownmiller quien reafirma el mito del “negro violador” incluso en casos tan injustos como el conocido como “Los chicos de Scottsboro donde nueve adolescentes negros fueron acusados injustamente por un grupo de blancos de violar a dos mujeres blancas en el Estado de Alabama. Tras un proceso judicial caracterizado por los prejuicios y racismo de los acusadores y el jurado (formado solamente por blancos), fueron condenados a pena de muerte hasta que se destaparon las irregularidades judiciales durante el proceso, magnificadas por un juicio mediático y amenazas de linchamiento por parte de la población blanca de Alabama.
En este caso las mujeres negras encabezaron la campaña de defensa de los jóvenes hasta lograr su liberación, junto a sectores de la izquierda norteamericana. Sin embargo esta autora feminista en su investigación reafirma el mito, ante lo cual Davis responde claramente: “La provocadora distorsión a la que somete Brownmiller de sucesos históricos como el de los Nueve de Scottboro, Willie McGee y Emmett Till está hilada para disipar cualquier sentimiento de solidaridad hacia los hombres negros que son víctimas de acusaciones falsas de violación. En el caso de Emmett Till, ella claramente invita a deducir que, si este chico de catorce años no hubiera sido disparado en la cabeza y arrojado al río Tallahatchie después de haber silbado a una mujer blanca, probablemente hubiera conseguido violar a otra.”
Ángela Davis cuestiona los argumentos de Susan Brownmiller quien en su libro “El Problema de la raza” señalaba que la izquierda “luchó mucho por estos símbolos de la injusticia racial, haciendo pasar por cándidos héroes a un puñado de tipos patéticos y semianalfabetos que habían caído en las fauces de la jurisprudencia sureña y que sólo querían salir absueltos (…) Por otro lado, las dos mujeres blancas, cuyo falso testimonio envió a los Nueve de Scottsboro a prisión, estaban acorraladas por una legión de hombres blancos que partían de la convicción de que se había producido una violación. Aturdidas y temerosas se sometieron a lo que se les pedía.”.
Para Davis estas afirmaciones constituyen un racismo encubierto ya que Brownmiller “en su intento de defender la causa de todas las mujeres hace que en algunos momentos se encastille en una postura de defensa de la causa particular de las mujeres blancas sin tener en cuenta sus implicaciones. Su análisis del caso de los Nueve de Scottsboro es un ejemplo revelador. Como ella misma señala, esos nueve jóvenes acusados y condenados por violación pasaron muchos años de sus vidas en una prisión porque dos mujeres blancas cometieron perjurio en la tribuna de los testigos. Pese a ello, el único sentimiento que le inspiran los hombres negros que fueron condenados y el movimiento que se organizó para defenderles no es sino de desprecio, mientras que su simpatía hacia las dos mujeres blancas es evidente (…) no es correcto retratar a las mismas como títeres inocentes y absolverlas de la responsabilidad de haber colaborado con las fuerzas del racismo. Al elegir colocarse del lado de las mujeres blancas sin prestar atención a las circunstancias concretas, la propia Brownmiller está capitulando ante aquéllas. Actualmente, el hecho de que deje de alertar a las mujeres blancas sobre la urgencia de combinar una oposición feroz al racismo con la necesaria batalla contra el sexismo supone un importante estímulo a las fuerzas del racismo.”.
Para Ángela Davis, una de las primeras impulsoras del denominado “feminismo negro”, la clave de la discusión pasa por reconocer la unidad de la lucha contra el racismo y el sexismo, es decir, la unidad de la lucha de las mujeres negras con sus compañeros hombres e incluso con la clase trabajadora blanca, y los sectores progresistas que apoyaban el movimiento por el fin de la esclavitud.
Para Davis no hay estrategia posible sino es la lucha articulada contra el racismo, sexismo y capitalismo, uniendo a los diversos sectores explotados y oprimidos. Para esta feminista marxista el problema de la violación es sumamente complejo, por eso considera que “Toda tentativa de tratarla como un fenómeno aislado está llamada al fracaso. Una estrategia efectiva contra la violación debe apuntar a algo más que a la erradicación únicamente de la violación o, siquiera, del sexismo. La lucha contra el racismo debe ser un tema presente en todo momento en el movimiento antiviolación, que no sólo debe defender a las mujeres de color sino, además, a las muchas víctimas de la manipulación que se hace de la acusación de violación. Si bien, dadas las dimensiones que ha cobrado el ejercicio de la violencia sexual, es posible hablar de ella en términos de crisis, ésta constituye uno de los aspectos de una crisis profunda y declarada del capitalismo. La amenaza de violación, que es la cara violenta del sexismo, continuará existiendo mientras la opresión global de las mujeres siga siendo un sostén esencial para e! capitalismo. El movimiento contra la violación, así como las importantes actividades que actualmente realiza -y que abarcan desde la ayuda emocional y legal hasta la autooefensa y las campañas educativas-, debe colocarse en un contexto estratégico que aspire a la derrota final de! capitalismo monopolista.”
En un próximo artículo abordaremos el debate sobre este mismo punto de Ángela Davis con otras representantes del feminismo en Estados Unidos.