Una contribución a la crítica de las lecturas mainstream sobre el electorado norteamericano.
Martes 23 de agosto de 2016
Restricción tras restricción a la democracia
Una gran parte de los medios liberales de EE.UU. (como The Atlantic, Washington Post o New York Times), viene dedicando una importante porción de su espacio al análisis demográfico de la elección de noviembre. La estadística, técnica favorita de la "ciencia" política estadounidense, es uno de los elementos clave con los que cuentan los candidatos para decidir cómo gastar los miles de millones de dólares que se consumen en cada campaña. Esto se debe a varias razones:
1. El sistema electoral es indirecto, es decir que en realidad el votante no elige presidente, sino delegados al colegio electoral. Estos delegados se asignan por estado, lo que puede provocar que un presidente gane la elección sin haber ganado la mayoría del voto popular.
2. Dadas estas condiciones iniciales, y teniendo en cuenta el bipartidismo, no es necesario para un candidato competir en estados donde de forma sistemática pierde su partido: por ejemplo, el Deep south (Literalmente Sur Profundo: Compuesto por los estados de Georgia, Alabama, South Carolina, Mississipi y Louisiana), que hasta 1964 era mayoritariamente demócrata, ha venido votando por los republicanos de forma ininterrumpida a partir de ese año.
3. La existencia de varios estados en los que generalmente se vota de una forma determinada provoca que los mismos se consideren seguros. Pero no todos, existen los swing states (también llamados purple states), que a veces votan demócrata y a veces republicano.
4. A su vez, dentro de esos swing states, cada partido tiene demografías que lo pueden favorecer o perjudicar en mayor o menor medida: por ejemplo, los latinos, los afroamericanos y la comunidad LGTB votan en inmensa mayoría por los demócratas, mientras que los hombres blancos tienden a votar a republicanos.
Tomando estas premisas, el análisis estadístico parece ser la única forma de poder manejar una campaña a nivel nacional, que debe atraer diversos segmentos o nichos claramente diferenciados. A su vez, el análisis estadístico es usado con una perspectiva histórica, agregando datos de elecciones pasadas para generar una suerte de de predicción de cómo serán los resultados.
Medicalizando la Política
Este tipo de actividad predictiva se ha encontrado con grandes obstáculos en el 2016, un año de excepciones (o tal vez de realineamientos). En particular, muchos analistas concentrarán su atención en el Rust Belt (este término tiene una connotación “negativa” que apunta a los procesos de desindustrialización y extranjerización de la economía norteamericana que afectan a los blue collar porque la economía deja de estar centrada en el mercado interno, para volverse más financiera.), que está compuesto por los estados que históricamente han tenido una gran industria: Michigan, Pennsylvania, Ohio. Estos estados, poseen una gran cantidad de "blue collar whites", es decir de trabajadores industriales blancos, que (casi) siempre han votado a los demócratas. Sin embargo, Trump ha cambiado las cosas, dado que ahora existe una disputa por esos votantes, algo que no sucedía desde hace décadas. Esto, por ahora, no se ve reflejado en las encuestas, dado que Hillary Clinton tiene ventajas importantes en Michigan y Pennsylvania, mientras que en Ohio (un swing state en las elecciones pasadas) adelanta por el mínimo margen a su competidor. Pero para Trump, la conquista de estos estados es parte central de su estrategia, como ha afirmado en varias entrevistas y discursos.
Para muchos analistas liberales, este cambio de los trabajadores blancos se debe a la ansiedad. En un auténtico caso de “medicalización de la política” estos periodistas adjudican la responsabilidad a la confusión y el miedo. Algo que, seguramente, podría ser solucionado si Obama lanzara algún tipo de programa que reparta clonazepam en esas zonas. Otros analistas afirman que los trabajadores blancos se sienten amenazados por la pérdida de su lugar central en el país. Que en la “Nueva América” de inmigración latina, donde es muy probable que las minorías sean mayoría para el año 2050, este es el último intento de estos sujetos por tener algún tipo de relevancia en la escena nacional.
Todo esto puede ser cierto, aunque solo en parte. Después de todo, la ansiedad es siempre un síntoma de otras cosas. Y nadie puede negar el importante rol que tiene la xenofobia y el racismo en la construcción de la subjetividad del hombre blanco norteamericano. Pero esta visión de la política norteamericana posee todas las características de lo que Marx calificaba como pensamiento vulgar: una forma ideológica, que no tiene como objetivo llegar al fondo de los fenómenos que describe, dado que su objetivo no es el conocimiento de la verdad, sino la presentación de afirmaciones que soporten sus presupuestos (Para mayor información, ver Bikhu Parekh, Marx’s Theory of Ideology, p64, John Hopkins University Press).
Con el añadido de este nivel de análisis del pensamiento de Marx es posible clarificar que existe un claro límite al pensamiento de los pundits, que no pueden superar en su lectura el diagnostico de los síntomas, para dirigirse a las causas y las posibles soluciones. Es por esto que la actitud del periodismo es de asombro: Dentro del esquema construido a lo largo de 20 años no hay lugar para sorpresas, por lo que la única explicación posible tiene que surgir por parte de la irracionalidad de los sujetos, que no quieren comportarse de acuerdo a los modelos neoliberales.
El extremo centro y la larga depresión
La decadencia del Rust Belt empezó en los 80, aunque Trump y Sanders depositen la culpa en los tratados de libre comercio. En 1989, el documental Roger & Me de Michael Moore, ya mostraba cómo los grandes centros industriales empezaban a cerrar sus puertas. Las políticas neoliberales de Reagan (un intocable para el establishment norteamericano) hacían estragos en los salarios y en la capacidad organizativa de la clase obrera. Por supuesto, los tratados de libre comercio no implicaron una contratendencia a este declive, pero es importante no focalizarse solamente en ellos: se trata más bien de un marco legal para algo que ya venía sucediendo.
Para el extremo centro (tomando prestado el concepto de Tariq Ali), esto nunca pasó. La desigualdad que aumentó de forma exponencial, la pérdida de los trabajos de tiempo completo que forzaron a muchos al doble (o hasta triple) trabajo part time, la caída de los salarios, son simplemente ansiedad. Y a partir de la Gran Recesión y la Larga Depresión que la siguió, y continúa hasta el día de hoy, estas tendencias se profundizaron aún más. No parece ser algo que se solucione con un ansiolítico.
La respuesta del extremo centro ante esto es pobre. Mientras que los demócratas se sostienen en las cifras de aumento de empleo (sin detenerse en la calidad de ese empleo), los republicanos sostienen la teoría del derrame que tanto daño causó a los trabajadores. Es por esto que los “blue collar whites” no quisieron votar a los sospechosos de siempre, eligiendo en cambio a Sanders y Trump.
Conclusión
El modelo iniciado en los 80 con Reagan, que a partir de la formación de los “nuevos demócratas” (Como New Democrats o Clinton Democrats se conoció a una facción dentro del partido, surgida después del gobierno de Bush, que abrazó los principios neoliberales) en los 90 fue también adoptado por el Partido Demócrata, muestra por primera vez en años señales de agotamiento. Es cierto que no es la primera vez que se presentan candidatos “outsiders” en las primarias norteamericanas, tanto por izquierda como por derecha. Pero en conjunción a otros fenómenos mundiales (Brexit, crecimiento del Front Nacional, impasse en España, elecciones en Austria y victoria del candidato “iliberal” en hungría) esto es otro síntoma de los cambios en la subjetividad de las masas. Por el momento, es claro que la hegemonía de estos procesos pertenece a la extrema derecha, que ha llegado al poder en varios países y amenaza con hacer lo mismo en otros. La respuesta de la izquierda ha sido más fragmentada, dado que no existen partidos revolucionarios de importancia en los países centrales, y los fenómenos neo-reformistas (Podemos, Syriza) son una mera copia pálida de los viejos partidos socialistas. La perspectiva internacionalista se presenta entonces como una tarea urgente, que debe tomarse de forma prioritaria, para impedir el ascenso de la derecha y la pérdida de otra oportunidad histórica para el proletariado.

Nicolás Torino
Nació en Chubut en 1988. Estudiante de Ciencias Políticas, investiga y escribe sobre la historia del marxismo en China.