En este artículo discutimos con la idea que mucha gente tiene, de que para golpear a las empresas trasnacionales (estadounidenses o de otros países) el boicot podría ser efectivo.
Martes 24 de enero de 2017
En asambleas o reuniones en donde se discute política, en muchas ocasiones escuchamos que para enfrentar el poder de los grandes monopolios y de las trasnacionales estadounidenses, hay que dejar de comprar sus productos. Incluso algunas figuras de la política de tintes nacionalistas se han pronunciado por el boicot de las empresas estadounidenses.
El boicot y sus alcances
En realidad, el boicot es una táctica que en las condiciones actuales tiene muy poco impacto, si de afectar las ganancias de las grandes empresas se trata. Si bien bajo ciertas circunstancias puede ser importante, por ejemplo trabajadores en el Estado Español despedidos de la empresa productora de pan Panrico (ahora propiedad de Bimbo), hicieron una gran campaña contra la empresa llamando a evitar comprar sus productos, de esta manera ganaban el apoyo de la población, no obstante la fuerza de su lucha estaba en la movilización y la huelga.
En otras luchas obreras y en otros momentos de la historia, ha habido también boicots que han logrado ciertamente presionar a las patronales, por ejemplo en las luchas por mejores condiciones de trabajo que protagonizaron los trabajadores agrícolas inmigrantes en Estados Unidos en los años 60s.
Sin embargo, llamar al boicot en general contra las empresas y productos estadounidenses como una medida para enfrentar el poder de la burguesía imperialista, definitivamente no tiene posibilidad de afectarla. Es ingenuo suponer que dejando de consumir o adquirir servicios de empresas trasnacionales y consumiendo productos nacionales se lograría afectar de gravedad a este tipo de empresas.
En primer lugar, porque no hay forma de hacer una campaña de masas que abracen esta perspectiva, por otro lado hay que tener presente que el patrón de acumulación del capital ha tomado una dimensión global donde el expoliar a los países de la periferia, no necesariamente se da a través de la incursión del capital privado o la inversión directa, pues muchas empresas invierten de forma indirecta (a través de las bolsas) y gracias al capital financiero ha permitido elaborar complejos mecanismos de sujeción, uno de ellos es el endeudamiento público ante los principales instituciones financieras.
Hoy en día casi todos los países se encuentran con situación de endeudamiento, algunos como el caso de México han llegado a niveles tan enormes que el futuro de las nuevas generaciones ha quedado empeñado. Esa dependencia impide llevar a puerto seguro tácticas como el boicot comercial, pues la mayor parte de lo que se consume se produce en los países centrales y no podemos sustituir con producción propia lo que se importa habitualmente.
El nacionalismo no es ninguna salida
Por otro lado, tenemos todo un discurso contra el malinchismo, el cual plantea que consumiendo productos y servicios nacionales se lograría consolidar una mejor economía y fortalecer la industria nacional. Ciertamente al interior del mercado nacional existen una enorme cantidad de productos importados, muchos de ellos se venden a precios menores que los que producen empresas mexicanas pues provienen de países que tienen determinada ventaja.
Nacionales o extranjeras, las empresas viven de la explotación de la fuerza de trabajo, los recursos naturales y sus ganancias son producto de la explotación de sus trabajadores.
Muchas otras mercancías que se encuentran en el mercado provienen de empresas extranjeras instaladas en México. Con los bajos salarios que priman en el país, donde millones de personas viven “al día”, es lógico que busquen comprar las mercancías más baratas, sin importar de donde provengan. Sin embargo, aún si decidieran comprar a empresas mexicanas, ¿esto sería benéfico para el pueblo trabajador?
Afirmar ello es como decir que un monopolio como Bimbo es mejor que un monopolio como Coca Cola o que una empresa como Cemex es mejor que Walmart. Los grandes empresarios nacionales no tienen nada que envidiarles a sus competidores de otros países. El funcionamiento de las empresas nacionales al igual que las trasnacionales depende de poder acumular ganancias a costa de optimizar los insumos necesarios, dentro de ellos está el mantener los salarios bajos, es decir de mantener un nivel de explotación creciente.
Al final, nacionales o extranjeras, las empresas viven de la explotación de la fuerza de trabajo, los recursos naturales y sus ganancias son producto de la explotación de sus trabajadores.
Una estrategia para derrotar el poder de los empresarios
El boicot por lo tanto no es una opción, la salida real es nacionalizar todos los recursos naturales del país y los monopolios (nacionales o extranjeros) sin indemnización y diseñar un plan de desarrollo económico en conjunto con las universidades públicas en función de las necesidades sociales, por medio de la gestión de los mismos trabajadores, donde se discuta qué producir, cómo producir y cuándo producir de manera democrática.
El plan de desarrollo económico lógicamente tendría que incorporar al sector de servicios, en este sector la cuestión clave consistiría en construir democráticamente las formas de organización del trabajo. A la vez que la misma gestión en los centros de trabajo apunten a incorporar al sector desempleado y reparta las cargas de trabajo.
Para hacer realidad estas medidas es necesaria la fuerza de los trabajadores de todos los sectores, sólo enfrentando el poder de los grandes empresarios se puede pensar en una salida real. El boicot es insuficiente en tanto no tenemos la fuerza organizada para hacer efectiva un tarea de tal envergadura, pero si tuviéramos tal nivel de organización podríamos apostar a organizar sindicatos independientes y recuperar los que están en manos de los "charros", hacer asambleas en los centros de trabajo y salir a luchar contra este régimen al servicio de los “inversionistas” nacionales y extranjeros, para aplicar las medidas de nacionalización y reorganización de la economía y la producción bajo el control de los trabajadores, como señalamos más arriba.