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OPINIÓN. Aportantes truchos: la tormenta política que embarró a Vidal y el discurso “honestista”

En el marco del creciente malestar social, la denuncia por el fraude cometido en la campaña electoral pega de lleno sobre la gobernadora de Buenos Aires.

Eduardo Castilla

Eduardo Castilla X: @castillaeduardo

Viernes 20 de julio de 2018 09:24

Desde el Chaco, Elisa Carrió debió haber mirado más que atentamente la pantalla de la TV. En conferencia de prensa hablaba María Eugenia Vidal. La mujer que llegó a la gobernación de Buenos Aires confrontando “honestidad” y “transparencia” ante Aníbal Fernández, respondía preguntas con la voz parcialmente entrecortada.

En las horas que siguieron la diputada nacional se limitó a retuitear una nota periodística que hablaba del “apoyo de la Coalición Cívica” a la gobernadora. Un gesto muy pobre de parte de quien oficia de “guardiana moral” en el oficialismo y suele jugar el rol de bombero, hacia adentro y hacia afuera. Otro signo de que en Cambiemos “lo peor no pasó”.

Honestidad y relato

Hace menos de 48 horas, en una deslucida e insípida conferencia de prensa, el presidente Macri repitió la palabra “tormenta” en casi una decena de ocasiones. Lo hizo para referirse a la situación del país, intentando desvincular su gestión al servicio del gran empresariado de la corrida cambiaria y la consecuente crisis social y económica.

La denuncia por los aportantes truchos, realizada por el periodista Juan Amorín, de El Destape, trajo una nueva tormenta, un vendaval que terminó desnudando la semejanza de métodos entre el macrismo y lo que desde allí era criticado como la “vieja política”.

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El golpe cae, de manera directa, sobre la línea de flotación del oficialismo. La diferencia fundamental en relación a denuncias anteriores reside en el hecho de que la cuestionada es la gobernadora de Buenos Aires, la figura que aparecía como posible recambio de Mauricio Macri, sea en 2019 o en 2023.

En más de dos años de gestión cambiemita Vidal había logrado mantenerse alejada de las esquirlas que saltaban en direcciones varias. A su favor tenía su origen político y social. Las denuncias por la ausencia de transparencia habían caído sobre la CEOcracia de Cambiemos. La relación del ex ministro Aranguren con Shell o la de Luis Caputo con las empresas offshore lo graficaron.

La mandataria bonaerense, “una chica de Flores”, venía a representar el "ala sensible" del proyecto macrista, aquella que no entraba a la política desde la gestión exitosa al frente de una empresa, sino desde el mundo de las ONG y los think tank. Su perfil ligado a lo social y su estrecha relación con la iglesia católica la ponían en un compartimento distinto al de los gerentes que pueblan el mundo de Cambiemos.

Bajo esas condiciones y en el marco del creciente desgaste de Macri al calor del ajuste, la mandataria bonaerense aparecía como una suerte de “Plan B” hacia el futuro, una garantía de que el proyecto cambiemita se perpetuara más allá de 2019.

Esa visión parecía compartida, más allá de los roces, al interior de Cambiemos. Pero, además, constituía también un deseo dentro del mundo del gran capital. La apuesta por Vidal se había expresado más de una vez en los cónclaves del mundo empresarial.

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En las últimas semanas, al calor de la corrida cambiaria y el salto en la crisis social, la gobernadora misma leía realidad bajo aquel lente. Sus declaraciones apuntaban a “dialogar” con quienes padecían el ajuste que su gestión impulsa. Un intento moderado de separarse de la imagen presidencial en caída.

El macrismo hizo de la honestidad y la transparencia sus banderas programáticas centrales. Ese significante (completamente) vacío que venía a ser “el cambio”, encontró allí su materialización más clara.

Anotemos que el kirchnerismo ayudó (y mucho) a la construcción de ese relato. En 2015, la candidatura de Aníbal Fernández fue más potente que todos los argumentos opositores. En 2017, el gradualismo en el ajuste fue acompañada por el recuerdo permanente de la corrupción kirchnerista. Los bolsos de José López funcionaron en ese entonces como una suerte de publicidad electoral, repetida al infinito.

Sin embargo, hubiera sido imposible sostener ese relato de honestidad y transparencia sin el poderoso blindaje mediático y sin la colaboración esencial del Partido Judicial. La casta privilegiada que habita en los tribunales jugó un papel central, desechando causas que afectaran al oficialismo y magnificando aquellas dirigidas a la oposición. El poder de la gran corporación mediática fue usado para instalar y desinstalar discursos de manera continua. Las “bondades” del periodismo oficialista parieron casi un nuevo género: el de la entrevista obsecuente sin repreguntas.

Ese escenario ha cambiado. Por estas horas ya son tres las causas judiciales en las que se investigan la cuestión de los aportes truchos. Y, desde el lado de los medios, se impone un giro hacia posiciones “críticas” hacia el oficialismo en su conjunto.

La caída de la imagen presidencial y el creciente descontento social están obviamente ligados a las consecuencias severas del ajuste en curso. Un descontento que tuvo expresión contundente el pasado 25 de junio, cuando el país fue paralizado por la clase trabajadora. La discontinuidad de las medidas de protesta contra el ataque en curso tiene responsables claros: la burocracia sindical de la CGT y del conjunto de los gremios, incluso aquellos que blanden un discurso opositor y hasta parcialmente combativo.

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Durante dos años, el discurso de la honestidad sirvió para acompañar un ajuste que osciló entre el gradualismo y el shock. Los tiempos que vienen en Argentina tienen, claramente, la segunda tonalidad. La visita al país que hoy inicia Christine Lagarde busca ratificar la subordinación al plan del FMI por parte de todas las alas políticas del capital. Vale recordar que el peronismo moderado ha señalado su voluntad de acordar ese ajuste. Lo que pide, solamente, es discutir la letra chica.

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Lo que fue presentado como el cambio en relación a la “vieja política” agotó su (escasa) mística hace ya tiempo. La pregonada transparencia no es más que un recuerdo del pasado. Del discurso de la honestidad no quedan ni las migas. Cambiemos que ya es claramente la cara del ajuste, consolida ahora un nuevo rostro: el del fraude y el engaño. En el mismo lodo...


Eduardo Castilla

Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.

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