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Red Internacional
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Cordoba. Aquel diciembre cordobés: una brecha social profunda (II parte)

Hace un año la policía provincial se amotinaba exigiendo importantes aumentos salariales. En pocas horas miles de personas empezaban a protagonizar saqueos a lo largo de toda la ciudad. Lejos de una difusa “responsabilidad colectiva” en esa crisis, lo que se expresó fue una profunda brecha social que se continua hasta el presente.

Eduardo Castilla

Eduardo Castilla X: @castillaeduardo

Jueves 4 de diciembre de 2014

Fotografía: Carlos Paul Amiune

La extensión de los saqueos

El motín policial,de cuyas causas hablamos ayer, abrió una situación de crisis social y política aguda. En pocas horas, a partir del amotinamiento, se desarrolló una oleada de saqueos en toda la ciudad que conmovió al conjunto de la población, provocando enfrentamientos físicos y hasta la muerte de un joven. Esa violencia llegó a episodios de linchamientos contra jóvenes pobres en los barrios de clase media alta.

Durante esas horas se expresó una enorme tensión social. Tensión que expresa las profundas desigualdades sociales de una ciudad que, en estos años, ha visto convivir dos dinámicas: la de aquel sector de la población –esencialmente clases medias y medias altas- que gozó ampliamente de los beneficios de esta “década ganada” y, por el otro, la de amplias franjas de la clase trabajadora y el pueblo pobre que, aunque mejoraron su nivel de vida, apenas superaron el umbral de la pobreza estructural.

$oja y diferenciación social

En los barrios de clase media alta como Nueva Córdoba se expresó un profundo odio de clase hacia los sectores pobres. Allí se llegó al extremo de linchar a los jóvenes humildes que pasaban por la zona en moto. El “motochorro” se convirtió en una figura “maldita” de la vida cordobesa, que pasó a ser estigmatizada. Estigmatización construida y reforzada desde el poder político y los medios masivos de comunicación. Estigmatización que ahora permite un control policial abrumador en cada esquina de Córdoba sobre los jóvenes que tienen el “privilegio” de poseer una moto.

Las ganancias de la soja –de la cual Córdoba es la segunda productora nacional- permitieron moldear un sector social de elite que construyó sus propios nichos urbanos. Aquellos de carácter “abierto” como los barrios de Nueva Córdoba o el Cerro de la Rosas, junto a cotos cerrados como los countries, que proliferaron en la última década. Al calor de la rentabilidad que daba del poroto más famoso, se desarrolló un fenomenal negocio en el sector de la construcción y los proyectos inmobiliarios, con tasas de crecimiento superiores a otras grandes urbes como Rosario o CABA. El turismo y un conjunto de servicios ligados se expandieron rápidamente dando lugar al crecimiento y desarrollo de una potente clase media ligada a esos negocios. Las enormes ganancias de las multinacionales automotrices permitieron la bonanza de sectores altos de la clase trabajadora pero también de una legión de profesionales y empresarios medios que hicieron su agosto con las ventas y producción record de esta rama. La “década ganada” permitió la mejora sustancial del nivel de vida de sectores amplios de estas clases medias, implicando lógicamente un creciente conservadurismo político y social. En el interior provincial esos sectores expresaron su apoyo político al delasotismo. En la capital se dividieron entre radicales (su ala derecha mestrista), el PRO y el mismo De la Sota.

La otra cara de la Córdoba delasotista fue el desarrollo de una generación de jóvenes trabajadores precarizados, tanto en la industria como en los servicios. La contracara del fenomenal negocio inmobiliario fueron las decenas de pibes muertos en la construcción en condiciones de higiene y seguridad deplorables. El negocio de la soja se sostuvo al lado de la continuidad del trabajo infantil y en negro en el campo. Córdoba mantuvo un altísimo índice de trabajo precario para la juventud. Aquí el Estado provincial jugó un papel clave lanzando medidas como el Plan Primer Paso que legaliza la precarización laboral juvenil, al tiempo que le entrega mano de obra barata a los empresarios.

En la crisis de diciembre pasado estos sectores estuvieron en los saqueos. Como lo ilustra un dato que consigna La Voz del Interior: “la profesión que más se repite entre los imputados es la de albañil (23,9 por ciento), seguida de la de "empleado". El resto de las ocupaciones son de naturaleza inestable”. El “protagonismo social” (si se nos permite la definición) en los saqueos estuvo dado por esa generación que a lo sumo, en esta década, logró llegar a la moto a base de una brutal superexplotación.

Son esos cientos de miles los que sufren la crisis de la educación y la salud públicas, los que padecen la decadencia de un transporte urbano convertido en coto de las empresas aliadas a los partidos políticos patronales, los que padecen suspensiones y despidos ante la caída de las ganancias empresariales. Esa es la otra Córdoba que se vio en la crisis de diciembre pasado.

Pobres contra pobres

Por estos días algún sociólogo intentó explicar que, a diferencia de lo ocurrido hace décadas cuando los enfrentamientos eran entre clases sociales, ahora asistíamos a choques intra-clase. Esto habrían demostrado los saqueos en los barrios más humildes. Dicha definición, que expresa parte de la realidad, hace abstracción de cualquier explicación social e histórica.

El neoliberalismo avanzó sobre las derrotas político-sociales de la dictadura y el menemismo. Eso implicó una creciente fragmentación social y cultural entre los sectores obreros y populares. Lo que colectivamente supo ser llamado el “pueblo” en décadas anteriores adolece hoy de una unidad de hecho. Esto no es el resultado de alguna mutación psicológica global sino la consecuencia de las derrotas señaladas y de la ausencia de una reversión de las mismas. La política de todos los gobiernos existentes desde la dictadura en adelante permitió la continuidad de esa fragmentación que los genocidas habían comenzado. La crítica vale para todos. Las batallas “culturales” están limitadas por la realidad material. Se puede recitar el catequismo de la “década ganada” pero, por ejemplo, la continuidad de una altísima precarización laboral (34%) implica la fragmentación social. La crisis que asoló Córdoba en diciembre del 2013 no tiene causas puramente locales. Ese sería el mayor de los desatinos explicativos.

Pero la política local existe. La brecha que originó la crisis de diciembre está parida, además, por una gestión de década y media donde los grandes beneficiados fueron sectores empresarios como las multinacionales y los grandes sojeros en detrimento del pueblo trabajador. La orientación política y social del gobierno de De la Sota fue funcional al sostenimiento de las ganancias de esos grupos, poniendo los recursos del Estado al servicio de las mismas.

No se puede obviar, en términos históricos, el rol político de las direcciones sindicales que, en todos estos años, permitieron la degradación de las condiciones de vida de la clase trabajadora. El (lamentable) papel jugado lo largo de la década de los ’90 -sobre todo a fines de la misma- permitiendo despidos masivos aportó su grano de arena al resquebrajamiento de los lazos sociales de solidaridad. La salida individual (“sálvese quien pueda”) se convirtió en la única salida frente a la crisis social, la desocupación y la pobreza. Una parte no menor de los dirigentes de ese período se sostiene hoy frente de las organizaciones sindicales.

Procesos de organización -como los que se expresan en la Marcha de la Gorra- y las diversas iniciativas contra los ataques antipopulares que radicales y peronistas hicieron en estos años, solo vieron la espalda de la burocracia sindical. Ésta se integró al poder político, tal vez como no ocurre en el resto del país, con ministros permanentes en el gabinete provincial, como el caso de Educación o Trabajo.

Una herida que sigue abierta

La solución propugnada a la brecha social que se expresó en diciembre de hace un año ha sido la de “generar conciencia” amén de militarizar la ciudad. Hace pocas semanas se votó en Córdoba el día del Reencuentro cuyo objetivo es permitir “el acercamiento” entre cordobeses. Una moción votada por todos los bloques excepto el FIT, que solo apunta a reforzar la idea de “culpa colectiva”.

Con una de las desocupaciones más altas del país (la mayor de los grandes centros urbanos), altos niveles de pobreza, una precarización laboral del trabajo alentada desde el mismo estado provincial y sufriendo los avatares de la crisis internacional -donde la relación con Brasil por la industria automotriz y la caída de los precios de la soja imponen oscuras perspectivas- las raíces estructurales que hicieron estallar la crisis no ha cesado de agravarse.

En un cambio profundo de las condiciones sociales está la posibilidad de impedir nuevos estallidos donde pobres se enfrenten contra pobres. La ideología que llama a “reencontrarse” solo imposibilita emprender el necesario camino de organización y lucha de los sectores obreros y populares en pos de una transformación radical de la sociedad que permita liquidar de cuajo la desigualdad existente.


        

Eduardo Castilla

Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.

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