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TRIBUNA ABIERTA // LITERATURA. Aula Aristóteles

El recuerdo y la narración de la experiencia Tununa Mercado en su adolescencia, en tiempos de estudiante, tras asistir a una conferencia de Jorge Luis Borges.

Tununa Mercado Escritora

Sábado 25 de junio de 2016

En el primer semestre de 1957, en la ciudad de Córdoba, el diario La Voz del Interior, que por su nombre dice tanto sobre la realidad provinciana como sobre los avatares de un espíritu que se concibe hacia adentro y en profundidad, el interior siendo lo inaudible que pretende hacerse oír por la capital de un país, y al mismo tiempo el sitio desde donde el alma susurra su estupor por el destino del ser que la cobija, apareció el anuncio de una conferencia de Jorge Luis Borges sobre las paradojas de Zenón de Elea. En ese entonces la Facultad de Filosofía y Letras estaba en una casa viejísima del centro, espacio ya insuficiente para una generación de estudiantes que desbordaba los patios y asistía de pie a las clases y que aún no me incluía entre sus huestes. Estudiante secundaria y foránea, entré a la casa de estudios con bastante anticipación, para colarme en algún banco de alguna fila, y pasar inadvertida. El principal temor era que alguien pudiera descubrir que no tenía estatuto universitario y que no vacilara en burlarse de mi apetito de saber desubicado y prematuro. La conferencia de Borges fue en el Aula Aristóteles, magna por ser la habitación más amplia pues el edificio no tenía otra solemnidad que la de ser viejo y, ciertamente, por el nombre que la había laureado desde los orígenes de la Facultad. No podía yo imaginar entonces que los dos nombres, Zenón y Aristóteles, viejos amigos, habían dialogado en el Parménides de Platón, ni tampoco prever que esa unión fortuita Borges-Zenón-Aristóteles tal vez era un tramo de aquel diálogo de la antigüedad clásica cuyo relato rashomónico, vale la pena recordarlo, empieza con lo que cuenta Céfalo que le dijo Antifón, el herrero a quien le había contado Pitodoro acerca de la llegada de Zenón y Parménides a Atenas. Que se alojaron en casa de Pitodoro, textualmente en extramuros de la ciudad, en el Cerámico, decididos, como quien acomete una batalla, a escuchar la lectura de los escritos de Zenón, tal y como ahora estábamos, ni más ni menos, los estudiantes cordobeses escuchando a Borges. En aquella reunión, tan ficcional como la que para mí tenía lugar en torno a Borges, tan de escena teatral como la que podría construirse al infinito en ese Aula de Córdoba, habría estado también Sócrates, inquisitivo, se diría el disparador del debate sobre los seres múltiples y de la pregunta acerca de su semejanza o desemejanza. El Zenón paradójico que contaba Borges, cuenta Antifón sofista que Pitodoro no menos sofista le dijo, era un cuarentón esbelto, de aspecto encantador, que pasaba por haber sido en su juventud el favorito de Parménides el Viejo, quien en la circunstancia evocada tenía noble figura y la cabeza enteramente blanca. Acaso también, y no estábamos en condiciones de anticiparnos a ello, ni tampoco Borges, en esa reunión tan festiva, se estaría gestando el Libro Segundo de la Poética de Aristóteles sobre la risa que tantas lamentables muertes produjo en El nombre de la rosa.

Al parecer ya entonces mi retentiva era fugaz y dispersa en el orden de la acumulación de saber, y no podía entender todavía que ese atributo que en apariencia se me negaba, en realidad tenía su propia forma compensatoria de proceder por saturación y decantamiento y que trabajaba para un futuro que sólo cuando lo fuera, es decir cuando adviniera, habría de dar cuenta de sus frutos. No creo que en 1958 Borges hubiera sido ya sacralizado por la academia, y menos aún que yo supiera entonces de sacralizaciones y mitos. Yo era demasiado inocente para detectar cualquier toma de distancia o inquina política respecto de él, y sólo muchos años después supe qué se le pedía, detrás de cuáles filas y de cuáles posiciones se pretendía que él se encolumnara. Borges era Borges y es difícil que la imagen de aquella tarde pudiera haberse separado con una entidad propia de las imágenes que año a año habrían de sumarse a la gran constitución del Borges concebido como modelo y, sin embargo alguien, yo en la circunstancia, la había aislado sin saberlo como destello de un instante y de un acontecimiento; la había desprendido para que tuviera esa ulterioridad que ahora ejecuto en el presente y ella, la imagen, había quedado suspendida en una especie de borrón grisáceo en medio de la gente que le abría paso, una aparición que sólo rompería su niebla mediante la voz que empezaba a brotar desde muy atrás de la garganta. Como una tubería de órgano arranca desde la reserva de aire que empuja el sonido en su ascenso y lo vuelve música encadenada, esa voz de Borges, inconsciente aún de ser borgiana, salía en esa tarde, casi anochecer porque era invierno en Córdoba, como desde el nacimiento de la lengua, constituyéndose espasmódica, recuperando el aliento en una cadencia constantemente interrumpida, poblada de comas en su ritmo, con esa modulación que es propia de los poetas cuando dicen sus versos y que no deja de ser ligeramente enfática, entre el canto y el recitado. Esa nube grisácea que apareció entre hombres de letras y que algunos apenas pudimos ver por recato o por real interferencia de público, estaba ahora profiriendo esa plegaria acompasada que se cortaba en jadeo o se entrecortaba en comas y puntos suspensivos y luego proseguía, dando la impresión de que buscaba decir lo que decía en algún depósito e, incluso, que entraba en él trastabillando, con andar ciego, para hacer la lengua, que es lo que finalmente se sentía que estaba sucediendo: el efecto de una operación tangible de la mente que extraía de sí, dictaba, conferenciaba o confería sentido a las palabras y signos de la lengua. Podía sentirse, si se agudizaba la percepción, que la voz de Borges en ese final de tarde estaba siendo incorporada en varios de los presentes como objeto de imitación, arte que en Córdoba tuvo siempre sus cultores virtuosos en las mesas de café y en las casas de familia, y no tardaríamos mucho tiempo en saber que había quienes “hacían” también a Borges en un repertorio que incluía a Neruda o a Perón.

Borges hablaba sobre las paradojas de Zenón, sin saber que esa para él “joya” del espíritu, cuya perduración a través de los siglos celebraba y cuyo fulgor eran capaces de reconocer quienes habían estudiado a los clásicos en esa misma Aula Aristóteles, estuviera creando en la conciencia adolescente de algunos de los que allí estábamos, una carga tan explosiva de nihilismo. El razonamiento se desplegaba de manera envolvente e iba creando una sucesión de pequeñas muertes encerradas en la recursividad de una partícula que nace, avanza y se aniquila en la propia evolución de su ser. Íbamos de la A a la B como quien ingenuamente se propone unir dos puntos para justificar una recta, la línea se disponía al transcurso, la mano al movimiento, pero algo se fracturaba en el entendimiento primario, un estupor quebraba la razón, como si cabalgáramos sobre un caballo que devorara su propio galope en la marcha, creyera avanzar pero se mantuviera, estupefacto, en el mismo lugar, con los ojos espantados y la crin al viento, ahora mármol inmóvil.

No sé si Borges se levantó en algún momento para escribir en el pizarrón que estaba a sus espaldas, a unos pasos del estrado, las cifras de su progresión. Allí debieron estar sin embargo esos trazos diminutos, demasiado cerca unos de otros, verticales y en hilera, como batallón de insectos, dibujando un infinito, erigiendo una escritura autodevorante y suicida de números que se anulan. Creí entender que lo que estaba produciéndose en ese momento era una revelación cuya adopción sería imposible en lo inmediato, pero que había que guardarla para después; que esos corredores de distancias se encontrarían con otros que tenían la misma ambición de superar marcas anteriores insuperables, como el de aquel chiste que Macedonio Fernández, Zenón criollo, clasificó como “representante del no-en-seguida-chiste”: “Disparaba tan ligero y tanto, que de repente tuvo el susto de si no había dado vuelta el mundo y estaba a un centímetro de embestir su espalda”; que el escándalo que desataba la revelación antedicha tenía que ver con categorías que podrían volverse obsoletas en un parpadeo: un Dios derrotado frente a la Razón; una Razón genuflexa ante la Poesía, un principio de certeza arrollado por la magia y el misterio de unas paradojas, una Luz que se extingue y enciende por obra de su propia extinción, y así siguiendo; que esa proyección contagiada años después de otra más inteligible pero igualmente corrosiva –un paso hacia atrás para avanza luego dos hacia adelante– habría de tener investidura de sistema, es decir obrar como una estructura que se habilita cada vez que la condición humana siente, piensa, sueña, discurre.

* Fragmentos iniciales de “Aula Aristóteles”, de Tununa Mercado, reproducido aquí con la autorización de la autora. El texto se encuentra publicado en los libros Relaciones literarias entre Jorge Luis Borges y Umberto Eco (Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla, 1999) y Narrar después (Rosario, Beatriz Viterbo, 2003).