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Red Internacional
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Elecciones en Estados Unidos. Bernie Sanders ganó, pero no le alcanzó para imponerse al establishment

Bernie Sanders, el candidato autodefinido como “socialista democrático” y representante del ala radical del partido demócrata, se quedó con un triunfo ajustado en la primaria de New Hampshire en la que se enfrentaron seis contendientes a la nominación para la candidatura presidencial.

Miércoles 12 de febrero de 2020 13:35

Manchester (EE.UU.), 12/02/2020. EFE/EPA/JUSTIN LANE

Los resultados que dejaron un empate entre tres ganadores y tres perdedores, no han sido lo suficientemente categóricos. Por esto sigue primando la fragmentación producto de la crisis de liderazgo del segundo partido de la burguesía imperialista. A diferencia de la primaria de 2016 en la que Hillary Clinton actuó como la representante tradicional de los intereses corporativos, el establishment demócrata aún no tiene definido el candidato que pueda frenar el ascenso de Sanders.

Los ganadores

Bernie Sanders: el senador de Vermont ganó pero no arrasó. Comparado con su desempeño en la primaria demócrata de 2016, en la que había superado a Hillary Clinton con el 60% de los votos, obtuvo el 26%, apenas dos puntos más que Pete Buttigieg. Se impone entre los segmentos de los votantes más jóvenes –de 18 a 24 años y de 30 a 44 años-, los que tienen bajos ingresos (ingresos anuales de hasta 50.000 dólares) y los que tienen decidido su voto desde hace mucho tiempo, lo que implica una adhesión programática y expresa el fenómeno ideológico de adhesión a un “socialismo” sui generis de amplios sectores de la juventud, que encuentran en Sanders un canal de expresión.

Pete Buttigieg: apuesta a transformarse en el candidato millennial del establishment demócrata, y espera emular a Barak Obama. Desde el fiasco de Iowa, en el que el aparato partidario le concedió un delegado más que a Sanders a pesar de que este había ganado el voto popular, viene postulándose como el candidato moderado que puede renovar la cara de la elite política para garantizar los intereses de las corporaciones. Compite con Sanders en un electorado joven y progresista (es el primer aspirante a la presidencia abiertamente gay), aunque pierde por goleada entre los afroamericanos y los segmentos más pauperizados. El fuerte de su electorado está entre los que tienen ingresos superiores a los 100.000 dólares anuales.

Los perdedores

Joe Biden: era el candidato predilecto del establishment pero no logra salir de los últimos puestos. Obtuvo solo el 8% de los votos, cosechando el profundo rechazo a la elite política tradicional. Pretendió presentarse como el único que cumplía el criterio de “electabilidad”, es decir, el único que podía disputarle la presidencia a Donald Trump porque podría apelar al electorado independiente y moderado, que no votaría nunca por Sanders por considerarlo demasiado radical y “socialista”. Pero ninguna encuesta hasta ahora le da la razón, y sigue siendo Sanders quien tiene mayor probabilidad de derrotar al actual presidente que va por la reelección.

Desde el punto de vista político, el programa de Biden de volver a una normalidad pre Trump ha demostrado estar por fuera de la realidad, porque no hay ningún pasado “normal” al que la clase dominante pueda regresar después de la presidencia de Trump.

Ironías de la política, Biden fue la principal víctima del proceso de impeachment contra Trump que impulsó su propio partido, ya que no pudo escapar a las denuncias de corrupción que pesan sobre su hijo.

Elizabeth Warren: la senadora progresista era el mal menor de un sector de la burocracia partidaria e incluso de varias corporaciones frente a Sanders. A tal punto que fue una de las candidatas elegidas por el New York Times. Progresista pero no tanto, partidaria de reformas pero defensora acérrima del capitalismo (y del imperialismo norteamericano) aparecía como la posibilidad de contener al ala izquierda del partido demócrata dentro de parámetros aceptables para la gobernabilidad. Había empezado a remontar en las encuestas pero ese impulso se detuvo, consiguió un magro 9%, aunque sigue prestando el servicio de dispersar el voto más de izquierda.

La sorpresa

Amy Klobuchar: esta senadora de Minnesota con poco expertise en la política nacional, compite con Buttigieg por el electorado moderado y por ser la candidata del establishment contra Sanders. Es la que formula claramente un programa alternativo a las propuestas más radicales como el sistema de salud para todos y la gratuidad de la educación. Ha sido sin dudas la sorpresa de New Hampshire con el 20% de los votos, aunque la mayoría de las encuestas indican que se le hará muy difícil mantenerse.

Ante este panorama, los representantes del establishment demócrata, sus intelectuales y opinólogos optan por un análisis tranquilizador basado en la matemática más simple: los que no votan a Sanders, aunque divididos en varios candidatos, son mayoría. Por lo que, cuando en las primarias –sobre todo después del súper martes del próximo 3 de marzo- decante un candidato, se unificará el “anti sanderismo” con miras a la convención nacional de julio en Milwaukee. Para esta oportunidad se está reservando Michel Bloomberg, el multimillonario exalcalde republicano de Nueva York que se pasó al partido demócrata y expresa lo más concentrado del capital financiero. El hombre está invirtiendo literalmente una fortuna para ser el que frene el avance del “socialismo” en Estados Unidos.

A su vez, el sistema de nominación sigue siendo indirecto, a través de los delegados que los candidatos van consiguiendo en las diversas primarias. Además, de los 4750 delegados que nominarán al candidato a presidente y su vice, 771 son “delegados automáticos”, o súper delegados como se los conoce, que no los vota nadie, expresan los intereses de la burocracia partidaria y tienen un rol decisivo para definir la carrera a la Casa Blanca, por lo que quien gane el voto popular no necesariamente termine siendo el que elija el aparato demócrata.

Sin dudas, el voto a Sanders expresa el giro a la izquierda de amplísimas franjas de la juventud, de trabajadores sobre todo los más precarios, de estudiantes endeudados, de mujeres, de comunidades de inmigrantes, y en menor medida de sectores afrodescendientes, producto de las condiciones creadas por la crisis capitalista de 2008. Este fenómeno va más allá de la candidatura de Sanders, lo que se expresa en que reformas profundas, que han sido palabras prohibidas bajo la hegemonía del “extremo centro” como un sistema de salud público, ahora están en el centro del debate político. Esto mismo explica que al menos la mitad de los votantes de Sanders en las primarias no votaría a otro/a candidato demócrata si este llegara a perder la nominación. A pesar de que Sanders llama al voto unificado demócrata para derrotar a Trump, como hizo en 2016 que llamó a votar por Hillary Clinton.

Hasta ahora Trump parece tener asegurada la mitad de su reelección. Los números de la economía lo ayudan y sigue contando con una base electoral de “nicho” pero firme, radicalizada en torno a su discurso nacionalista, antiinmigrante y orgullosamente imperialista.

Sigue haciendo demagogia hacia los sectores más atrasados y conservadores de la clase obrera. En su discurso sobre el Estado de la Unión, Trump habló de un “boom blue collar” (es decir del proletariado industrial tradicional). Pero la realidad está lejos de este relato. Según un estudio de Brookings Institution, en la principal potencia imperialista el 44% de los empleos son tan precarios y de tan bajos ingresos que a los trabajadores no les alcanza para vivir.

En el mismo discurso, el actual presidente mostró que su campaña tomará el “socialismo” como ángulo de ataque a los demócratas. Pero más allá de la exasperación discursiva, la creciente adhesión al “socialismo” aunque sea por ahora un vago programa de reformas empieza a preocupar seriamente a la clase dominante norteamericana y sus partidos.

La candidatura de Sanders es quizás el último intento de contener este proceso dentro del partido demócrata, que históricamente ha cumplido el rol de evitar la radicalización política, alimentando la ilusión de que puede ser un instrumento para ir consiguiendo reformas. Pero no está dicho que lo logrará una vez más.


Claudia Cinatti

Staff de la revista Estrategia Internacional, escribe en la sección Internacional de La Izquierda Diario.