Decenas de trabajadores de aplicaciones se movilizaron esta tarde exigiendo trabajo en blanco.
Viernes 1ro de marzo de 2019 23:50
Foto: La protesta/Javier Ferreyra
Esta tarde, las calles céntricas de Córdoba fueron testigos de una particular protesta. Decenas de pibes y pibas con máscaras para mantener el anonimato marcharon desde Colón y General Paz hasta el Patio Olmos llevando sus bicis. Lo hicieron para exigir que las empresas de aplicaciones de delivery los pongan en blanco y reconozcan todos sus derechos laborales. La legisladora del PTS-FIT Laura Vilches, se acercó para brindar su solidaridad. El miércoles había denunciado en la sesión las condiciones laborales en las aplicaciones, además de presentar un pedido de informe a los Ministerios de Industria y de Trabajo de la provincia.
La noticia tuvo una gran repercusión en los medios, que hace meses vienen registrando el aumento acelerado de la cantidad de jóvenes que trabajan en estas empresas. Rappi inclusive aumentó el monto que abona por cada pedido por el día de hoy, para intentar quebrar la organización. Romina, una trabajadora de Rappi que fue entrevistada en varios canales y diarios, comentaba que las apps no son una excepción: la regla es que la juventud trabaje en negro en cualquier rubro. Y resaltaba que tampoco es un problema que haya comenzado con el actual gobierno nacional, sino que viene de años.
Como ya hemos reflejado en este medio, las empresas de aplicaciones –generalmente extranjeras– operan bajo la premisa de “poner en contacto a dos partes que intercambian un bien o un servicio”. En el caso del delivery, contactan al cliente con quien le lleva el pedido. Con esta lógica, los trabajadores no son tal, sino “colaboradores” que se conectan las horas que pueden, por lo cual son “sus propios jefes”. Los bloqueos a quienes rechazan pedidos o intentan sindicalizarse demuestran la falacia de estas afirmaciones.
Hablando con los y las jóvenes que trabajan de bicidelivery, es habitual encontrar que trabajen en dos o tres aplicaciones al mismo tiempo. Otro denominador común es la falta de tiempo para estudiar y una historia laboral de absoluta precarización.
María, por ejemplo, tiene 22 años y trabaja en Rappi desde noviembre pasado. Trabajó en Uber Eats pero la bloquearon a las dos semanas. Oriunda del interior de Córdoba, cuando terminó al secundario se fue a Villa María para estudiar Diseño Gráfico. “Me di cuenta de que no me gustaba así que hace dos años vine a Córdoba a estudiar Trabajo Social, pero no he podido cursar porque mis padres ya no me pueden ayudar como antes y tengo que trabajar muchas horas”. Antes trabajó en una rotisería, un bar, un local de bijouterie y un local de ropa; siempre en negro. “Eran más fijos que esto, por lo menos cuando me levantaba sabía que iba a ir a trabajar, acá no sabés si al otro día te van a bloquear. Por 8 horas de trabajo por día podemos sacar $ 8.000 por quincena, pero últimamente están bajando mucho la cantidad de pedidos”, agrega. Con respecto al reclamo, plantea: “Queremos que cumplan lo que tienen que cumplir, estamos cansados de la precarización, de no poder estudiar, de no poder tomarnos vacaciones ni cumplir nuestras metas en la vida. Estas empresas se aprovechan de que no hay trabajo”.
Daniel tiene 25 años y trabaja en Rappi desde septiembre. También es del interior y estudió en Villa María, pero no pudo seguir porque tenía que trabajar. Antes de ser rappitendero, trabajó de electricista y plomero. Dice que muchos de los que trabajan en las aplicaciones tienen dos o tres trabajos para mantener a sus familias y les alcanza con lo justo. “He buscado algún otro trabajo en cocina sobre todo, pero no hay nada”.
Juan tiene 18 años y trabaja hace un mes en Rappi, Glovo y Uber Eats. Entre las tres, saca aproximadamente $ 8.000, por lo menos hasta que la aplicación de Uber Eats empezó a fallar. Antes trabajó en una rotisería en su barrio, en negro. Está en la facultad, pero sabe que los ingresos no serán los mismos cuando se dedique más al estudio. “Esto se tiene que normalizar; cuando vas a la entrevista te venden que sos dueño de todo, pero después resulta que no. No se hacen responsables si tenemos algún accidente, no les importa nuestra seguridad, solo que el pedido llegue a tiempo”.
Mientras la tecnología avanza al punto que ya no hace falta salir de casa para comprar comida, millones de personas en todo el mundo, en su mayoría jóvenes y mujeres, sufren condiciones de explotación dignas del siglo XIX. Pero la juventud ya no se conforma con las migajas de este sistema y sale a pelear por sus derechos.
Es urgente y posible repartir las horas de trabajo entre todas las manos disponibles con un salario igual a la canasta familiar como mínimo, para tener tiempo para descansar y estudiar, junto con un plan de becas que permita estudiar, igual a media canasta familiar. Si se dejara de pagar la ilegítima y fraudulenta deuda externa, esos recursos se podrían destinar a planes de ese tipo, además de vivienda, salud y educación. Porque nuestras vidas valen mucho más que sus ganancias.