Espontáneo, ácido y profundo como ninguno, nadie estaba a salvo de su humor punzante. Bill Hicks demostró que la comedia puede ir más allá del mero entretenimiento y la comodidad. Un verdadero crítico de la hipocresía, la ignorancia y la violencia en que vive la sociedad norteamericana. Murió hace más de dos décadas, pero su humor reviste total actualidad. Por ello, lo recordamos con esta nota.

Julián Tylbor @juliantylb
Domingo 4 de septiembre de 2016
William Melvin “Bill” Hicks nació en una pequeña ciudad de Georgia en 1961, en el seno de una familia bautista y conservadora. Padre self-made man, madre amorosa, hermanos aplicados y hasta la bandera yanqui colgada al frente de la casa: todo aburridamente clásico. Tenía siete años cuando se mudaron a Houston, en el estado sureño de Texas. Allí transitaría el final de su infancia y toda su adolescencia.
Bill venía teniendo una vida bastante normal y tranquila. Hasta que, de la mano de Woody Allen y Richard Pryor, conoció la comedia. Desde ese momento, hacer reír se convirtió en su único interés. Así, era apenas un púber cuando, en la escuela, imitaba junto a su amigo Dwight los discursos neuróticos y existencialistas de Woody Allen. También formaron una banda de rock, a la que se dedicaban intensamente. A los 16 años, se empezaron a escapar de sus casas para ir a los antros donde se hacía stand-up en Houston. Allí, por primera vez, tomaron en sus manos un micrófono -enfrente de adultos habitualmente borrachos- y los hicieron destartalar de la risa. Luego, Bill se empezó a subir sólo al escenario, para ganarse al público con sus impresiones sobre su familia conservadora, sus profesores y sus primeros trabajos.
Apenas terminó la escuela, se fue a vivir a Los Ángeles. En esa gigantesca ciudad, que es la meca del stand-up (y de otras cosas más), fracasó como guionista, pero decidió, definitivamente, que quería ser comediante. Volvió a Houston, con 20 años, y la empezó a romper. David Letterman (conductor de un famoso programa de comedia y entrevistas) lo vio, le encantó lo que hacía y lo invitó a su talk show. El éxito sobrevino.
Pero, inmediatamente, conoció las drogas, sobre todo el alcohol y la cocaína. Sus borracheras arriba del escenario empezaron a ser cada vez más frecuentes, hasta que sus shows dejaron de divertir y los contratos cayeron en picada. Bill era realmente un desastre. Cuando tocó fondo, se dio cuenta que necesitaba un cambio: se puso limpio y, escapando del ambiente alcohólico de la comedia de Houston, se fue a vivir a Nueva York.
Volvió un tiempo después, cuando la década de los 80 acariciaba su fin. Eso sí, completamente renovado. Sobrio, sólo fumaba tabaco (incluso, dejará este hábito poco tiempo después). Y sus shows se volvieron realmente incendiarios. Fue como un renacimiento, una auténtica depuración. Su mierda personal quedó aparte; la mierda del mundo pasó a ser su cardinal enemigo. Unos años más tarde, dirá en una entrevista:
Nosotros somos el gobierno. Nosotros, la gente, somos el puto gobierno. La realidad es que la mayoría de la gente es razonable, inteligente y no tiene una puta voz… ¡Al carajo! Yo seré su puta voz. Al menos desde mi pequeño lugar.
Un bicho único en su especie
“¡Vos tenés razón! ¡Vos! ¡No esos hijos de puta que te dicen qué pensar! ¡Vos!”.
Ésta sería la esencia, traducida y argentinizada, del discurso de Bill Hicks. Son las horas oscuras de un imperio (el norteamericano) cuyos pilares fundamentales son la violencia y el saqueo hacia afuera y el cóctel de la estupidez y la ignorancia hacia adentro. Hicks va a ser el yanqui que se desconecta de ese suero, agarra un micrófono y se pone a gritar. ¿Su misión? Mostrar la verdadera cara de “América”. Como señala el comediante Richard Belzer,
Estados Unidos es un lugar que amas y odias al mismo tiempo, porque todo está aquí, todo es posible, todo posible mal y todo posible bien. Y era muy frustrante para alguien como Bill -cuyas antenas estaban siempre abiertas- ver toda la hipocresía y las contradicciones, ver lo que podemos ser y lo que realmente somos.
Pero no va a ser, justamente, Estados Unidos en donde su discurso cale más hondo. Un festival internacional de comedia le abrirá otra puerta: Gran Bretaña. La química que los ingleses, los escoceses y los irlandeses tienen con él, es brutal. Y lógica. Porque quién mejor para desnudar las contradicciones del “sueño americano” que un yanqui virtualmente desterrado; y quién mejor para entenderlas y reírse de ellas que el álter ego de los yanquis: Gran Bretaña. El enamoramiento es mutuo y el comediante no para de llenar auditorios en cada ciudad británica que pisa.
La banda de metal progresivo Tool, cuyos integrantes tenían una muy buena amistad con Bill, le dedicaron su disco Ænima, de 1996.
Al fin y al cabo, Hicks es un norteamericano que quiere corroer estructuras, pero porque quiere crear otras nuevas. Su arma es el ácido de su humor, que produce carcajadas, pero que hace también que la butaca donde estamos sentados se sienta incómoda. Trasladémonos por un segundo a unos de sus shows; no a esos antros alcohólicos de alguna ciudad decadente de Texas, sino a un teatro inglés o irlandés, que era lo que él más disfrutaba:
Se apagan las luces de la sala. Empieza a sonar Purple Haze de Jimi Hendrix. La gente grita y aplaude. En el fondo del escenario, se abre una compuerta y se ven llamas, recortadas por la silueta de un hombre con sombrero y capa. Es Bill Hicks, entrando al escenario. Un verdadero llanero solitario contra la maldad del mundo, armado sólo con un micrófono. Su voz se abre paso hacia nosotros con chistes tontos sobre el clima y el tránsito, pero sólo para ablandarnos. Luego, desenvaina y dispara una ráfaga.
¿No es extraño? Siempre matamos a los tipos que tratan de ayudarnos. ¿No es raro? Y dejamos que los pequeños demonios corran libres. Siempre. John Lennon, asesinado. John Kennedy, asesinado. Martin Luther King, asesinado. Gandhi, asesinado. Jesús, asesinado. Reagan, herido… Saben. ¡Mala elección, carajo! Pero aún cuando ese sea el caso, que vivimos en un mundo donde los hombres buenos son asesinados y los demonios andan sueltos, lo siento, pero aún creo en él.
Por supuesto, no es lo mismo leerlo que escucharlo y verlo. En términos sintéticos, de eso se trata el stand-up: una persona se para delante nuestro y se pone a hablar, acompañando su discurso con el cuerpo. Cuando vamos a un show de estos, no esperamos aburridas disquisiciones filosóficas o políticas o lo que fuere: para eso hay otros espacios. El objetivo esencial del stand-up es, por lo tanto, uno solo: hacernos reír. Queremos reírnos, del mundo, de las cosas cotidianas, de nuestra propia vida. Pero no queremos que nos escuchen: no nos corresponde hablar aquí. Sí queremos, tal vez y en el fondo, escucharnos a nosotros mismos, a través del otro. Y acá radica la potencialidad del stand-up. Una persona habla; decenas, centenas, ríen. Pero sobre todo, escuchan. Y Hicks entiende esto a la perfección:
Tuve una visión de una forma con la que podríamos no volver a tener enemigos jamás, si les interesa. ¿Alguien está interesado en oírlo? Es una teoría interesante. Todo lo que tenemos que hacer es un acto decisivo y podremos librar al mundo de todos nuestros enemigos de una vez. Esto es lo que podemos hacer: ¿Vieron todo ese dinero que gastamos en armas nucleares y defensa cada año, billones de dólares? En lugar de eso, si empleamos el dinero en alimentar y vestir a los pobres del mundo, nos sería recompensado miles de veces. Ni un solo ser humano excluido, ni uno. Podríamos como una raza explorar el espacio exterior, juntos, en paz, para siempre.
Justo en el cenit de su carrera, lo diagnostican con cáncer. Es junio de 1993 y vuelve a casa con su familia. Puertas afuera, mantendrá el asunto en secreto. Quiere seguir trabajando y elige continuar con sus shows. También vuelve a juntar a su banda: ahora mezclan música y comedia (el producto son dos discos que hoy se consiguen fácilmente en internet).
Bill era plenamente consciente de la situación en que se encontraba. El reloj de arena estaba flaco por uno de sus lados –el peor-, y él supo, de alguna manera, poner esto a su favor. La lucidez, en persona:
El problema con el mundo es muy simple: somos una evolución en progreso y todas nuestras instituciones están fracasando y derrumbándose alrededor nuestro porque… ya no son relevantes. Yo diría que las dejemos ir. Eso es todo: es sólo evolución. La evolución no termina con nosotros desarrollando pulgares oponibles. ¿Está bien? Estamos en un punto en que, por primera vez en la historia, podemos evolucionar a voluntad. Y la manera de hacerlo es evolucionando ideas. A propósito, hay más chistes sobre pijas en camino; por favor, relájense.
(…)
Creemos una nueva filosofía, una nueva religión. Quiero decir, no necesariamente nueva. El germen de las religiones es real: amor, aceptación y perdón. Eso está bueno, conservémoslo. Pero dejemos de lado todo el dogma, ¿está bien? Y cuidemos el planeta, ¿está bien?
Estos dos fragmentos pertenecen a su último show. Paradigmáticamente, es en uno de esos barcitos malolientes de Estados Unidos. Ahí dejará esta especie de testamento político transmitido a través de la comedia. Se trata de su último zarpazo contra un mundo estúpidamente malvado y horrendo, pero en el que él creía fervientemente. Muere el 26 de febrero de 1994. Tenía 32 años.
A través del stand-up, Bill Hicks no sólo intentó mostrar los límites de la sociedad humana, sino sus posibilidades, su increíble potencia. Arrancó a la comedia del lugar de simple entretenimiento en el que se la suele ubicar y la puso al servicio de la crítica social. Para el mundo tal como está estructurado, la volvió incómoda; pero para quienes queremos cambiarlo de raíz, la tornó completamente atractiva. Vean sus shows: son un incendio.

Julián Tylbor
Nació en 1991. Es licenciado en Ciencia Política (UBA). Milita en el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) y es miembro del Comité de Redacción de la revista Ideas de Izquierda.