Según las corrientes políticas y filosóficas afines al posmodernismo, la socialdemocracia y el liberalismo, la degeneración burocrática y totalitaria de los partidos revolucionarios sería una consecuencia lógica de la estructura de organización del bolchevismo en Rusia.

Vicente Mellado Licenciado en Historia. Universidad de Chile. Magíster © en Ciencias Sociales, mención Sociología de la Modernización. Universidad de Chile
Sábado 11 de junio de 2016
Según las corrientes políticas y filosóficas afines al posmodernismo, la socialdemocracia y el liberalismo, la degeneración burocrática de los partidos revolucionarios y el surgimiento del estalinismo serían una consecuencia lógica de la estructura de organización del bolchevismo en Rusia. El estalinismo como fenómeno social y político no habría sido más que un resultado lógico del leninismo. Según los críticos anti leninistas, los fundamentos teóricos de este se encontrarían en la famosa y controversial obra ¿Qué hacer? Escrito en 1902 en el exilio, Vladimir Ilich Lenin escribió la gran frase que —según sus críticos— marcaría la estructura y orientación política del futuro partido bolchevique: “Hemos dicho que los obreros no podían tener conciencia socialdemócrata [revolucionaria]. Ésta solo podía ser introducida desde fuera” (Vladimir I. Lenin, ¿Qué Hacer?, Editorial Anteo, 1972, p. 69).
Para intelectuales como Ernesto Laclau, la distinción entre dirigentes y dirigidos en el seno del movimiento de masas constituye el fundamento inevitable del giro autoritario del leninismo (Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Hegemonía y Estrategia Socialista, p. 88). Este giro también se conoce como sustitucionismo leninista. ¿En qué consiste este “sustitucionismo”? La respuesta es bien simple.
Según los críticos de Lenin, el dirigente bolchevique habría sostenido la tesis de que el partido revolucionario reemplaza en la acción a la clase obrera como sujeto transformador de la realidad capitalista. Es el partido —y no la clase obrera con sus organismos sociales de masas— el que lleva adelante la conquista del poder político apoyándose en la insurrección armada de masas. La consecuencia lógica de esto es que las masas explotadas y oprimidas no son los protagonistas en la construcción de la nueva sociedad y el nuevo Estado. La construcción del socialismo sería una tarea adjudicada al partido que “sabe cuáles son los verdaderos intereses y necesidades históricas de la clase obrera”, incluso en oposición a los intereses reales de esta. En conclusión, el leninismo constituyó una genuina separación entre lo social y lo político, dando como resultado la formación de una nueva clase social explotadora de los trabajadores y campesinos: la burocracia.
De este modo, la aparición del estalinismo era solo cuestión de tiempo.
Nosotros queremos abrir la reflexión y el debate sosteniendo la siguiente hipótesis: la degeneración burocrática y totalitaria de un partido que se proponga la conquista del poder político mediante la insurrección de masas constituye una presión objetiva propia de una sociedad regida por la escasez económica. Atribuir la degeneración burocrática como exclusiva a la experiencia histórica de un partido revolucionario propio de un país atrasado y pobre, olvida que el problema de la burocratización como fenómeno social y la falta de democracia interna en un partido fue y ha sido inherente a la historia de los partidos de trabajadores, tanto de formaciones capitalistas avanzadas, occidentales periféricas y subdesarrolladas.
En este artículo defendemos la tesis de que el bolchevismo, al ser la primera organización revolucionaria de la humanidad que conquistó el poder político en nombre de los explotados y pobres del mundo, fue el primero en hacer visible y patente todas las contradicciones y problemas políticos no resueltos al interior del movimiento socialista internacional. El controversial enunciado de la obra de Lenin citado más arriba, constituyó una parte integral del pensamiento estratégico de la socialdemocracia europea. No fue inventado por Lenin ni fue exclusivo al bolchevismo. El enunciado corresponde a una afirmación de la obra del socialista alemán de origen polaco Karl Kautsky (Alan Wood, p. 106). La justificación de esta afirmación reside en que el movimiento obrero occidental, en particular el alemán, se había acostumbrado a luchar por demandas gremiales dejando de lado la lucha por el socialismo. Según Kautsky, la única manera de que los obreros avanzaran a una conciencia socialista era con su introducción desde fuera (von Aussen Hineingetragenes) por los intelectuales marxistas. Lenin tomó esta propuesta y la aplicó a la realidad social y política del imperio zarista. Más allá de si fue errada la concepción del dirigente bolchevique, el meollo del problema es otro.
La situación concreta de la Rusia zarista en 1917, hizo que las contradicciones insuperables al interior del bolchevismo —que no fueron exclusivas de este—se agravaran y estallaran tomando una dimensión mayor de lo que pudo haber sido en las formaciones capitalistas con tradición política de democracias parlamentarias. La ausencia de canales de expresión y opinión pública propios de la sociedad civil rusa y de los pueblos oprimidos por el zarismo, hicieron posible que la degeneración burocrática del bolchevismo fuese más rápida, lo que no implica afirmar que era inevitable.
¿Quién puede afirmar que en un país como Alemania o Estados Unidos, con una larga tradición de instituciones liberales y democráticas, los partidos de trabajadores y en particular los partidos afines a la revolución rusa estuvieron libres de degeneración burocrática y totalitaria?
Con esto no queremos afirmar que la burocratización es inevitable para cualquier partido que se proponga la revolución socialista. Lo que queremos plantear es que la burocratización y el totalitarismo constituyen una presión objetiva producida por la realidad propia de la sociedad de clases capitalista. Para un país con tradición democrática y mayor abundancia de bienes y servicios, esa presión política será mucho más fácil de enfrentar. Sin embargo, en una formación social pobre, caracterizada por la ausencia de tradición republicana y marcada por la escasez de bienes, plantea una dificultad mayor para enfrentar la burocratización y la degeneración totalitaria de un partido revolucionario. Lo que no significa que sea inevitable. Plantear esto último equivale a caer en el mismo teleologismo que los críticos anti leninistas dicen combatir. La inevitabilidad pasa a ser una necesidad histórica ineludible. Nosotros rechazamos dicho balance estratégico que solo busca justificar la construcción de movimientos políticos que no vayan más allá de los límites que establece el Estado de Derecho (que defiende la propiedad privada de los medios de producción) propio de las democracias parlamentarias. Según sus defensores, si un partido que se propone el socialismo plantea la toma del poder y la destrucción del Estado capitalista, su destino no puede ser otro que el totalitarismo.
El bolchevismo y la tradición socialista internacional
El bolchevismo surgió del amplio movimiento socialdemócrata del imperio ruso. Este estuvo constituido por una serie de partidos y grupos que se denominaron socialdemócratas. Los bolcheviques fueron parte del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR). Nacidos en 1903 como una fracción al interior del POSDR, el bolchevismo logró conquistar adhesión en amplias capas de trabajadores urbanos de las ciudades más industrializadas de Rusia. Los barrios de Viborg en Petrogrado, o Presnia en Moscú, fueron típicos barrios obreros donde el bolchevismo conquistó la hegemonía. Por el contrario, el bolchevismo tuvo menor presencia en Ucrania, las provincias bálticas y las caucásicas. En estas últimas la presencia mayoritaria en la clase obrera la tuvo la fracción menchevique del POSDR.
Donde el bolchevismo tuvo escasa presencia fue en el campesinado. Este siguió principalmente a otros partidos. Trudovikis y eseristas (nombre con que se conoció al Partido Socialista Revolucionario) se constituyeron en verdaderos partidos de masas campesinas. Solamente la revolución de octubre en 1917 le permitió al bolchevismo iniciar la conquista de la hegemonía en el campesinado de la Rusia Central. Espacio geográfico desde el cual el futuro Ejército Rojo extrajo sus mayores contingentes. Las demás regiones campesinas no tuvieron la misma confianza en el bolchevismo.
El bolchevismo no fue solo parte de un movimiento socialista local, sino que también formó parte de un movimiento internacional cuyo principal centro de operaciones fue Europa, y su cuartel general, Alemania. Visto como parte del conjunto del movimiento socialista perteneciente a la II Internacional (1889-1914), el bolchevismo fue una pequeña ala marginal, cuyos planteamientos solo tuvieron cabida en las provincias mencionadas del imperio ruso. Solamente la Primera Guerra Mundial (1914-1918) permitió al bolchevismo amplificar sus propuestas estratégicas y planteamientos teóricos a fracciones y grupos políticos al interior de los partidos socialistas europeos. La revolución rusa de 1917 constituyó el trampolín para que el bolchevismo se convirtiera en una alternativa estratégica internacional. Su máxima expresión fue la fundación de la III Internacional o Internacional Comunista (IC) en 1919.
Desde la publicación de la obra de Lenin, ¿Qué hacer?, hasta la fundación de la IC, el movimiento socialista internacional se vio atravesado por múltiples debates y problemas teóricos. Al bolchevismo le tocó cargar con el pecado de llevar a la práctica gran parte de esos problemas políticos sin resolver por el marxismo de la II Internacional. Ese es a fin de cuentas el verdadero problema que la intelectualidad afín al posmodernismo o a la izquierda liberal reprocha al bolchevismo. Más allá de si el bolchevismo conquistó el poder en un país atrasado o si tuvo una estructura de organización que posibilitó el ascenso del estalinismo, el bolchevismo cargó con los “pecados” de la Socialdemocracia europea. Estos se agravaron y tomaron una dimensión mayor cuando se concretizaron en un país como Rusia.
El debate en torno a la concepción de partido fue clave en el movimiento socialista europeo, y adquirió una dimensión mayor cuando los bolcheviques conquistaron el poder político en Rusia. Un sinnúmero de problemas estratégicos se mantuvieron latentes: la relación entre el partido y los organismos sociales de la clase trabajadora; la relación entre lo político y lo sindical; la relación entre el partido obrero y el campesinado; el problema de los movimientos nacionalistas en las colonias; la relación etnia-clase; el problema de cómo construir un partido de la revolución socialista en las formaciones capitalistas avanzadas. Podríamos nombrar muchos problemas más que se plantearon. Lo interesante de esto es que los marxistas que más avanzaron en dar respuesta a estos problemas no fueron los pertenecientes a las formaciones capitalistas de mayor desarrollo económico. Por el contrario, fueron marxistas pertenecientes a países atrasados o del occidente periférico. Lenin y Trotsky en Rusia; José Carlos Mariategui en Perú; Antonio Gramsci en Italia.
No puede negarse la contribución al debate de la marxista alemana —aunque de origen polaco— Rosa Luxemburgo. A pesar de haber fallecido en 1919, planteó problemas clave, como la función que cumple la huelga de masas en un proceso revolucionario (Huelga de masas, partido y sindicatos, 1906) y la incisiva crítica a las obras de Lenin, ¿Qué hacer? y Un paso adelante, dos pasos atrás (Problemas organizativos de la socialdemocracia, 1904). En esta obra la autora lanzó mortales dardos a la propuesta leninista de un partido centralizado. Luxemburgo sostuvo al respecto que “[la] particularidad del centralismo conspirativo [es] el sometimiento ciego y absoluto de la base del partido a la voluntad del centro, y la extensión de dicha autoridad a todos los sectores de la organización”. En ese momento, León Trotsky —si bien su planteamiento estratégico fue afín a los bolcheviques—, se mantuvo cercano a los mencheviques en cuanto a la estructura organizativa del partido. Por esto realizó una fuerte crítica a la obra de Lenin planteando argumentos similares a los de Luxemburgo (Nuestros problemas políticos, 1904).
Sin entrar en detalle en el debate Luxemburgo-Lenin-Trotsky previo a la revolución de 1905, queremos señalar que el problema de la concepción del partido a construir fue clave en el marxismo previo y posterior a la revolución de 1917. ¿Cuál es la relación entre la base y la dirección al interior de un partido de trabajadores que se propone la revolución socialista? ¿Cuál es la relación entre el partido, la vanguardia, y las masas que siguen a esta última? Preguntas como estas atravesaron a todo el movimiento socialista internacional.
Durante la revolución de 1905, la experiencia de los soviets contradijo y refutó varios de los planteamientos del ¿Qué hacer? Uno de ellos fue la afirmación de que la conciencia socialista proviene desde afuera. Refutando sus propios planteamientos anteriores, Lenin sostuvo que los jóvenes obreros rusos debían entrar al partido bolchevique por el solo hecho de difundir sus ideas y tener acuerdo con el programa (Alan Wood, pp. 158-159). Esta flexibilidad, muy característica de Lenin, ha sido omitida por los críticos anti leninistas. Posteriormente, la experiencia de los soviets de diputados obreros, campesinos y soldados en 1917 terminó por superar en la práctica la crítica de los marxistas revolucionarios a los supuestos “planteamientos sustitucionistas” de Lenin previos a 1905. Se comprobó que el bolchevismo fue una herramienta fundamental para potenciar y desarrollar los soviets, los organismos de democracia proletaria. La guerra civil destruyó los soviets y burocratizó al bolchevismo. El estalinismo hizo lo demás.
De este modo, en 1917 Trotsky reconoció que el bolchevismo y su concepción centralizada de partido era la adecuada para coordinar acciones de la clase obrera y preparar la insurrección de octubre. A partir de ese momento, el centralismo democrático se convirtió en la estructura organizativa de los partidos revolucionarios. Debemos aclarar que se entiende por centralismo democrático. La centralización es en la acción política y la democracia es el derecho que tiene toda la militancia partidaria de discutir los problemas políticos que considera se alejan de la estrategia y programa del partido. Esto no implica que no existan tensiones y formación de fracciones como ocurrió en el bolchevismo posterior a 1917. El estalinismo eliminó la existencia de los grupos de opinión, alas y fracciones al interior del bolchevismo y convirtió el centralismo democrático en centralismo burocrático. Eso es lo que se conoció como totalitarismo.
Resulta paradojal. Pero el verdadero peligro de degeneración burocrática que se discutió al interior del movimiento socialista europeo antes de la revolución de octubre fue la situación del poderoso Partido Obrero Socialdemócrata Alemán (SPD en sus siglas en alemán). La paradoja reside en que la burocracia, entendida como una capa social separada del movimiento de masas y con sus propios privilegios materiales, existió antes del estalinismo. El movimiento obrero alemán produjo poderosas burocracias sindicales, y el SPD engendró en su interior una capa social de funcionarios rentados que se convirtieron en un partido dentro del partido (Pierre Broué, The German Revolution, primera parte).
La diferencia con la burocracia estalinista reside en que esta última surgió de la brutal guerra civil en Rusia y se convirtió en Estado. Esto le otorgó un poder político y una capacidad de control de la sociedad infinitamente superior a las burocracias sindicales y socialdemócratas alemanas, que por cierto, eran parte de una sociedad capitalista. El estalinismo convirtió al bolchevismo en totalitarismo.
En las democracias parlamentarias, los trabajadores urbanos poseen mayores canales de expresión de sus intereses gremiales y políticos que obligan a la burocracia sindical a utilizar mecanismos de consenso para mantener su hegemonía. La existencia de un Estado de Derecho, elecciones sindicales y parlamentarias, libertad de expresión y opinión en la prensa, entre otros aspectos, constituyen herramientas que corrientes revolucionarias al interior de los sindicatos y en la lucha de clases pueden utilizar contra las burocracias. Sin embargo, eso no implica que estas no utilicen la amenaza, el fraude electoral, la persecución política y el asesinato selectivo en complicidad con los empresarios para evitar ser desplazadas del poder. Recordemos que Rosa Luxemburgo fue asesinada por el mismo partido que la formó como militante.
En la Rusia desgarrada por la guerra civil, la escasez económica agravó la situación social y política previamente existente. La inexistencia de tradición democrática y socialista en la clase obrera rusa y de instituciones liberales, así como la pulverización de la joven e inexperta clase obrera rusa por la guerra civil, hicieron una tarea más difícil enfrentar la burocratización estalinista.
Conclusiones
Queremos insistir en que el problema de la burocratización de una organización política es un problema político estratégico de un partido que se propone la revolución socialista. Constituye un problema candente en la actualidad y que no puede ser omitido por el solo hecho de pertenecer a países con tradiciones parlamentarias ni tampoco relegado al caso del bolchevismo ruso.
La intelectualidad republicana de izquierda ha reducido el problema de la burocratización al problema de la forma de conquistar el poder político. La ecuación es bien simple: partido que conquista el poder mediante la insurrección de masas (leninismo) = totalitarismo. En cambio, partido que conquista el poder respetando la institucionalidad del Estado de Derecho = libertad y democracia. Estas ecuaciones son falsas. El Estado de Derecho se rige por las Constituciones. Estas fueron elaboradas para legitimar y entregar fundamento jurídico al acceso de los individuos a la propiedad privada de los medios de producción. La democracia no es un casquete vaciado de contenido social. Posee un carácter de clase.
Existen muchas organizaciones políticas de izquierda que, denunciando el leninismo como forma de burocratismo, dirigen organismos sindicales y estudiantiles utilizando métodos burocráticos, evitando la disidencia en su interior, tomando decisiones gremiales con los empresarios o autoridades a espaldas de la base. Es cuestión de ver como dirigen sindicatos y organismos estudiantiles en Chile, Argentina o Brasil.
La única manera de enfrentar la burocratización en un partido que se plantea la superación del capitalismo y la construcción del socialismo, es con una claridad en la estrategia y el programa político. Esta debe construirse en base a la experiencia histórica de la autoorganización democrática de las masas explotadas y oprimidas. Son estas las que deben plantear las pautas a seguir en la construcción de una nueva sociedad. El partido debe ser la herramienta fundamental para potenciar los organismos sociales de democracia laboral y popular. Y no ser el organismo que sustituya su acción, como ocurrió con todos los procesos revolucionarios del siglo XX que siguieron el modelo soviético estalinista.
Nota: hemos utilizado la obra de Orlando Figes, La revolución rusa. La tragedia de un pueblo (1891-1924) y Alan Wood, Bolchevismo. Camino a la revolución, para reconstruir la especificidad histórica del bolchevismo en Rusia.

Vicente Mellado
Licenciado en Historia. Universidad de Chile. Magíster © en Ciencias Sociales, mención Sociología de la Modernización. Universidad de Chile