Compartimos la reflexión de una compañera sobre la marcha realizada ayer en la ciudad bonaerense.
Jueves 20 de octubre de 2016 23:58
«Por: Claudia Montenegro »
Fotos: Lara López Curtio y Emilio Russillo
San Carlos de Bolívar es una ciudad en el centro norte de la provincia de Buenos Aires que debe su nombre a una de las batallas más famosas de la Conquista del Desierto. Aun hoy en las fiestas populares, si llueve, se murmura que la indiada enterrada bajo el pueblo se revela contra los opresores. No hay colectivos de línea en la ciudad. Basta una bicicleta o una motito para recorrerla. Es una de las ciudades que aun celebra el rito de la siesta. A nadie se le ocurre tocar un timbre a las tres de la tarde. Como dice un periodista y escritor bolivarense, los pueblos que duermen la siesta no hacen la revolución. Pero hubo manojos de gentes vociferantes construyendo rebeldías. Aparecieron los primeros desaparecidos de un pueblo que casi no se enteró de que hubo una dictadura.
Después una nieta de aborígenes y su bandera, y así pequeños inmensos colectivos empezaron a sacudir la modorra. Hace tres o cuatro años una artista pintó mujeres desnudas para protestar junto a otras y otros por la muerte de mujeres a manos de sus parejas o ex parejas y la censuraron. ¿Si pintaba a un hombre pegándole a una mujer que era menos molesto a la vista?
Unos hombres “celosos” mataron a dos mujeres más en la ciudad, y a otras en los pueblos cercanos. La marcha se volvió a repetir. Inspiradas en algunas rebeldes como Andrea D’Atri dirigente del movimiento Pan y Rosas, un grupo de mujeres autoconvocadas empezamos a invadir las redes sociales y los medios posibles, “la plaza del centro”. A molestar.
Organizamos marchas. Gritamos y repartimos panfletos, leímos la carta de una inocente presa y logramos la liberación de Belén….cuatro éramos en la marcha. Cuatro mujeres que sumadas a todas las manifestaciones del resto del país liberamos a una de las nuestras. Seguíamos con reuniones, tratando de convocar gente independiente. Y entonces pasó lo de Lucíaa. Y la sangre agolpada en la garganta nos hizo estallar en los medios, en los Whatsapps. Se le pidió intervención a allegados al gobierno municipal y se logró que este permitiera el paro convocado para el 19 de octubre a las 13. Algunos paramos en nuestros laburos. A las 17 marcha.
Llovió. Llovió fuerte como en todos lados. Igual llego gente, artistas, fotógrafos, pintores psicólogos maestras profesoras alumnos músicos mamas periodistas, gente, gente de Bolívar y pibes con sus tambores. En un pueblo cuyo ciudadano ilustre es un conductor famoso de televisión que cosifica a la mujer y la convierte en un trasero o un par de buenas lolas y que hasta hace poco su rating subía cuando cortaba tanguitas con cara de baboso, marchamos. Marchamos con el corazón en la garganta dándonos vuelta con mi compañera de guerrilla, Lara, para volver a comprobar que toda esa gente venía por Lucía. Por Lucía y todas. Por políticas, presupuesto y una ley de emergencia para la violencia de genero. Por trabajos dignos y no precarizados... Orgullosas. Ya no somos cuatro, Podemos gritar que se acabó la siesta. Que en Bolívar, también queremos el pan y las rosas.