Integrante de una trilogía “no declarada”, "La hierba roja", junto a "La espuma de los días" y "El arrancacorazones" (historia(s) sobre el amor filial, tratadas “freudianamente” e ironizadas sin piedad –incluso llevando “conclusiones lógicas” hasta los “extremos”–), ponen de manifiesto las intrincadas y complejas relaciones que muchas veces tienen (tenemos) los humanos, y cómo la sociedad las ha venido configurando.
Demian Paredes @demian_paredes
Sábado 31 de octubre de 2015
1.
Luego de escribir sobre las visitas al dentista en un cuento de Margo Glantz; sobre la experiencia del Gran Jefe del espionaje soviético, Leopold Trepper, cuando debió acudir a uno –en medio de la ocupación nazi en Europa–; y sobre la novela de Günter Grass, Anestesia local, puedo tomar ahora La hierba roja, de Boris Vian, donde una vez más la temática aparece mencionada –aunque algo antojadizamente–. “Usted sabe perfectamente lo que es una muela, claro. Pero ¿sabe de qué está hecha?”, le pregunta un “evaluador” a Wolf, el protagonista de esta novela de Vian. Y le contesta: “Una muela está hecha de granos de abrasivo, que son los que hacen el trabajo, por una parte, y por otra de aglomerante, que mantiene los granos unidos y que debe desgastarse antes que ellos, para que puedan irse liberando. Los que actúan son los cristales, es cierto: pero el aglomerante es también indispensable; sin él, no existiría más que un amasijo de piezas no exentas de brillo y dureza, pero tan desorganizadas e inútiles como una recopilación de máximas”.
2.
Y sin embargo no es el eje el dentista –ni los dientes, ni ningún derivado temático– en la novela de Vian. Es otra cosa. Es la memoria.
3.
Algo importante para todo el mundo, y –creo yo– en especial para los artistas (¿y especialmente para quienes ejercen el oficio de la literatura?), es la preservación y, por así decir, el buen funcionamiento de la memoria. Trabajando desde la paradoja, Vian, genial escritor además de un largo etcétera (ingeniero “de profesión”, músico, trompetista, productor, cantante, dramaturgo, poeta, articulista –para la célebre Temps Modernes, para Combat, para Jazz Hot–), hizo una novela donde su protagonista busca, para alcanzar la felicidad, olvidar. Olvidarlo todo.
Wolf es ingeniero, y acaba de poner a punto, con la colaboración de su ayudante, el mecánico Lazuli, una máquina que elimina los recuerdos. Y son acompañados por sus respectivas mujeres: Lil, la esposa de Wolf, y Folavril, la novia de Lazuli, a quienes se suma, como suele ocurrir con el ingenioso humor de Vian (herencia del surrealismo), un perro (que habla), y que se llama... senador Dupont. Todos acompañarán de algún modo a Wolf en su experiencia, quien debe (y quiere) probar la máquina, su funcionamiento y efectividad. ¿El motivo? Como dijimos: no recordar nada, nunca más. Según Wolf, esa sería la mejor manera de no sufrir.
El meollo de esta historia pasa por la experiencia (y deseo... ¿último?) del olvido: Wolf debe someterse a sesiones donde, primero, debe recordarlo todo para después, finalmente, poder “quedar vacío”. Hay lo que se podría llamar “circuito vivencial” de deseo-frustración-memoria-sufrimiento que lo tortura permanentemente, en el presente, y de ahí su plan con la máquina. (La experiencia en la cabina es un “viaje” de sensaciones, y mental-racional: “Wolf temblaba en el aire lívido y se acordaba. Su vida se iluminaba al ritmo de las pulsaciones de su memoria”.) Como cuenta Vian, Wolf admite en “tono sarcástico” tener que aplicarse a lo que denomina “una solución desesperada”: ingresar a la cabina, ponerla a funcionar, para una primera sesión –en un tratamiento que lo llevará a otras–. En cada sesión, Wolf se encontrará, en diversos lugares, con distintos personajes que lo “ayudarán” a dar los pasos necesarios para la operación de recuerdo & olvido que pretende.
4.
El “tratamiento” de la máquina para borrar recuerdos obliga a ir de la vida familiar a la “inquietud metafísica” (que pudo haber habido ya en la adultez), pasando por la “etapa escolar y estudios posteriores”, la religión, la sexualidad y la política.
Pero ¿qué tiene Wolf? Según uno de los evaluadores, el señor Brul, “hastío por la vida”. Wolf tiene otra visión de los hechos –o, al menos, cree saber qué es lo que produjo ese hastío o desencanto por la vida–, y la grita a viva voz (casi “sacado”): “¡Qué calvario! Dieciséis años… dieciséis años con el culo pegado a un banco duro”, dice respecto al sistema escolar en el que estuvo (como un preso). Y señala: “Costumbres regulares… todo se reducía a esto… […] ¿sabe usted […] que es un crimen imponer a los niños un horario que dura dieciséis años? El tiempo es un engaño […]. El tiempo real no es mecánico, no está dividido en horas regulares… el tiempo de verdad es subjetivo…, se lleva adentro...”.
Los planteos del hastiado y desencantado Wolf remiten, casi literalmente, a las nociones de Henri Bergson y sus distinciones entre “tiempo de reloj” y “tiempo vivido”, entre “medida” y “vida”, así como también al tratamiento que hicieron del tema –entre otros– Georg Lukács y Walter Benjamin: la cuestión de la transformación del tiempo bajo el capitalismo, durante los siglos XIX y XX: un tiempo “homogéneo y vacío”, cuantificado, utilitario, “mecánico”, generalizado en la “modernidad” del sistema con su circulación mercantil. Acaso La hierba roja, publicada en 1950, sea, retomando algunos tópicos del existencialismo (tan en boga en Europa y otros lares durante la segunda posguerra), un anticipo, avant la lettre, de lo que serán las propuestas y demandas anti-sistema, producidas durante las revueltas y rebeliones juveniles del período “sesentayochesco” y de crítica “marcusiana”.
“Me hicieron creer”, acusa/denuncia Wolf; “pensé que tenía un objetivo en la vida”, dice; y (recién) en ese momento, durante las sesiones con la máquina y las charlas con los “evaluadores”, lo puede ver claro: “Avanzaba por un pasillo sin principio ni fin, a remolque de unos imbéciles, precediendo a otros imbéciles”. ¿No se encuentra acá, con algunas décadas de adelanto también, el tema de la megafamosa ópera-rock de Pink Floyd, The Wall? (Y mencionemos también Woodstock y su juventud: “Mire, señor Brul, mi punto de vista es simple: mientras exista un lugar en el que haya aire, sol y hierba, tenemos la obligación de lamentar no estar allí, sobre todo si somos jóvenes”.)
5.
Están en Wolf la experiencia del fracaso, y la memoria, que conllevan a la “identidad” del sujeto. ¿Qué/quiénes somos?, ¿lo que fuimos, que “sigue siendo” en el presente? Para Wolf, “estar bien” es... estar muerto. Un muerto, dice Wolf, “Está completo. No tiene memoria”. Acabó su vida, acabó su accionar y, por ende, los recuerdos. No hay más memoria. Terminó ese “mal estado” (el pasado, que aqueja a la mente, a la memoria) que es, según Wolf, la vida, lo que se vive (o padece, sufre con lo recuerdos). Es como un “nivel” para el psicoanálisis: dice Wolf: “Es insoportable, tener que arrastrar contigo lo que has sido en el pasado”. ¿Pero es que acaso se podría no “arrastrar” nada?, ¿solamente “ser” en el presente –como postuló, y postula, cierto discurso “posmoderno” conservador, reaccionario, las últimas décadas–, vivir sin tener ningún “lazo”, influencia, idea o “cosmovisión” construida –entre otras cosas– con el pasado, proveniente de él (de la vida en común con los otros, con la sociedad)?
El problema que trata la novela es “el deseo”; y, principalmente, su fracaso ¿Fracaso que vuelve (y revuelve, tortura) a la memoria? Por algo Wolf dice que, para no sufrir, hay que lograr “tener todo”, o, caso contrario, “estar desanimado”, para no desear ya nada. Justamente del desánimo surge esta “operación contra los recuerdos” (Wolf dixit). Y funcionará: lo llevará a la destrucción de los recuerdos... y también del mismo sujeto.
6.
La hierba roja no sólo contiene esta historia: está también la de Lazuli y Folavril, donde se manifiesta alguna clase de sentimiento de culpa cada vez que estos se abrazan (se le aparece la imagen un hombre serio, de mirada triste o reprobatoria, a Lazuli, que coarta todo “approach”). Otra será la de las relaciones entre hombres y mujeres, desde el punto de vista de los personajes femeninos (tratando de analizar el modus operandi de ellos), y, como siempre, otras ocurrencias, disparatadas (o no tanto): por ejemplo el viaje que realizan a un barrio Wolf y Lazuli, donde encuentran, por los túneles que transitan, a ancianos y niños atados, sometidos a un sádico “juego”, donde los adultos les “soplan” alfileres, como si fueran blancos, para divertirse.
7.
Integrante de una trilogía “no declarada”, La hierba roja, junto a La espuma de los días (donde se toman con sorna los motivos del existencialismo y especialmente el “fanatismo” de la juventud por Sartre, como ídolo –rebautizado graciosamente en la novela como Jean-Sol Partre–) y El arrancacorazones (historia(s) sobre el amor filial, tratadas “freudianamente” e ironizadas sin piedad –incluso llevando “conclusiones lógicas” hasta los “extremos”–), ponen de manifiesto las intrincadas y complejas relaciones que muchas veces tienen (tenemos) los humanos, y cómo la sociedad las ha venido configurando.
Vian, autor de una obra que ha sido recuperada los últimos años, especialmente desde 2009 en Francia, tras conmemorarse el cincuentenario de su muerte, por editoriales (incluyendo su obra novelística completa en la Bibliothèque de la Pléiade), artistas y diversos grupos (especialmente juveniles), concentra en sus historias alguna clase de “moderna tragedia”, pero con humor y agudeza, surrealismo y patafísica (fue miembro del Collége de Pataphysique, junto a otros como Jacques Prevert, Max Ernst, Eugene Ionesco, Joan Miró, Marcel Duchamp y René Clair), todo “acorde” a su intensa y breve vida, chispeante, llena de invención (como la que posee El otoño en Pekín, otra de sus grandes novelas). Un vida que culminó a los 39 años, con un paro cardíaco, cuando asistía al pre-estreno de una película basada en un libro suyo.