Vanoli reiteró que no liberará el dólar y que descarta de plano una devaluación. Los límites de la estabilidad financiera como estrategia electoral. Presiones cambiarias y agenda patronal.

Lucía Ortega @OrtegaLu_
Sábado 1ro de agosto de 2015
Los mercados financieros suelen ser los canales de expresión más veloces de problemas generados en otros espacios de la economía. Se mueven con mayor volatilidad y responden sensiblemente a las expectativas sobre las perspectivas económicas. Pero también por ello son un arma importante como formadores de opinión de cara al público, dando señales en una u otra dirección política.
Ello lo saben muy bien, no sólo los especuladores y los grandes grupos económicos, sino también los funcionarios del gobierno, quienes tienen la difícil tarea de “hacer creer” que todo está en orden para garantizar una transición ordenada de mandato presidencial. “Hay que estar concentrado como un Mascherano para que el mercado financiero esté bajo control y dar tranquilidad a la gente”, sostuvo ayer el titular del Banco Central, Alejandro Vanoli.
Efectivamente, para la gran mayoría de la población que tiene pocas posibilidades de ahorrar, el valor del dólar blue o las trabas para adquirir divisas son noticias materialmente secundarias frente a, por ejemplo, la chance de “ahorrar” con la compra en cuotas de artefactos, ropa, autos o en los supermercados. Sin embargo, la experiencia reciente –y la forma en que son frecuentemente presentadas las noticias en los grandes medios- es la mayor enseñanza de que “lo que pasa con el blue” es importante en tanto el destino de sus ingresos reales depende estrechamente de los movimientos en el mercado cambiario.
Nadie está al margen de que una devaluación es sinónimo de pérdida de poder adquisitivo y transferencia de recursos desde los trabajadores a distintas fracciones del capital, algunos más favorecidos que otros, pero todo el conjunto del empresariado aliviado (temporalmente) por la reducción de los costos laborales. Especialmente si el gobierno se encarga de “poner techos” a los incrementos de salario nominal una vez que los efectos se trasladan a precios e inflación, como se hizo a principios de año.
“Calma chicha”
“Calma chicha” es la calma, la profunda calma, antes del temporal. Basado en contradicciones reales, ciertos sectores concentrados y especuladores se encargan de presionar al dólar paralelo para generar expectativas de devaluación, incertidumbre y la sensación de que la economía nacional es insolvente (es decir, no da la suficiente rentabilidad para algunos) así como está. Imponiendo la agenda “necesaria” del ajuste, marcando la cancha a su próximo representante político que se digne a suceder a los Kirchner. Y si se puede, también, acelerando los tiempos del “ajuste” del tipo de cambio.
El gobierno, por su parte, tiene el papel de alargar los plazos lo más posible, resguardando las reservas para el pago de la deuda (en octubre vencen U$S 6.000 millones que el gobierno va a pagar) y para afrontar los futuros desajustes que existen en la “economía real”. Así, tanto Alejandro Vanoli como el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, salieron ayer a rechazar la solicitud del titular de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires de liberar el mercado de divisas, explicando que eso llevaría a un agotamiento de las reservas. Con la exageración de las consecuencias (ciertas) que tendría esta medida, los funcionarios se proponen, a su manera, realizar una falsa polarización “con la derecha”, e imponer miedo ante la posibilidad de que no gane el “mal menor” Scioli, especialmente ante las propuestas de ajuste de partidos como el PRO.
Falsa polarización porque aunque desde el gobierno firmen, repitan y aseguren que la devaluación no está en sus planes (inmediatos), ha sido el principal mecanismo utilizado en los últimos 12 años para garantizar la rentabilidad empresaria. A veces de forma más abrupta, como la realizada en enero de 2014 por el candidato a diputado de Scioli y actual ministro Axel Kicillof, a veces más administrada como la realizada a cuentagotas en el marco de la “sintonía fina” que llevó el dólar oficial a $9,21 y superior depende si es dólar ahorro, dólar turista, contado con liquidación y las distintas variantes.
Y falsa polarización, porque la batería de políticas implementadas en los últimos años para remendar los problemas que se abrían en distintos frentes del “modelo” están provocando una encerrona difícil de sortear para cualquier proyecto patronal por la negativa a afectar los intereses económicos de los grandes grupos que han sido los verdaderos privilegiados del modelo de altas ganancias.
Tipo de cambio y competitividad
La estabilidad financiera y el sostén de la estructura monetaria actual tiene un límite propio dado por la naturaleza del dinero en este sistema. La política hacia el frente externo obliga a afrontar fechas de vencimiento de deuda que este gobierno pagó con dólares constantes y sonantes, y así propone seguir. La estructura económica crecientemente extranjerizada tiene permanentes sangrías de utilidades esgrimidas por los planes de negocios de las matrices transnacionales.
La necesidad de importaciones es un peso difícil de eludir ante una matriz primarizada y extractivista. Los dólares de la soja parecen retroceder frente a la caída de precios mundiales y los pronósticos para el próximo año, en donde los millones de hectáreas desmontadas para soja se convertirían en pastizales. La escasez de divisas no es un fenómeno caído del cielo, tiene orígenes muy claros.
Vanoli propone sortear los problemas de competitividad por otras vías, pero no dice cuáles. En los años `90 el tipo de cambio bajo fue compensado a las patronales con un ataque irrestricto a las conquistas laborales, leyes flexibilizadoras que siguen vigentes hasta el día de hoy, entre las que también se cuenta la proliferación del empleo en negro, las tercerizaciones y la fragmentación laboral. “Todos consumen, los que tienen trabajo registrado y los que no”, sostuvo ayer el jefe de Gabinete. ¿Para qué reducir el empleo en negro si lo importante es que hay consumo?.
La estabilidad financiera asistida con distintas vías de corto alcance pretende ser una pantalla de estabilidad económica y política, de manera de evitar el choque con las expectativas del electorado popular de no perder lo conquistado.
Kicillof no se cansa de polarizar con el “club de los devaluadores”, como si su mandato no esté cimentado en la devaluación y el ajuste. El agotamiento del modelo está llegando a su fin. Más rápido o más lento, con devaluaciones o con represión, nadie está cuestionando el ajuste en curso hacia los trabajadores. Es hora de que la rentabilidad pase a último plano y que las demandas y necesidades sociales sean la prioridad.

Lucía Ortega
Economista UBA. Coeditora de la sección de Economía de La Izquierda Diario.