Myriam Olate y ese muy reducido grupo de compatriotas no deberá enfrentar la atroz situación de la mayoría de los jubilados. Probablemente ni siquiera se han enterado. Su ingreso equivale a una renta mensual de US$7.500 dólares, con lo cual se puede vivir muy bien en cualquier parte del mundo.

Cristian Bustos Periodista @bustoc
Miércoles 6 de julio de 2016
Algunos dirán que Myriam Olate estuvo en el momento oportuno y en el lugar indicado. Ella misma ha confesado un cierto pudor al reconocer que después de 21 años de trabajo en el servicio público de Gendarmería y con 59 años –la edad legal para jubilar de la mujer es 60 años-, irá a descansar con más de $5 millones de pensión reajustables y con “perseguidora” al mejor estilo del que gozan hoy únicamente los jubilados de las FF.AA. y Carabineros e Investigaciones.
El resto de los chilenos, particularmente de las AFPs, tendrán en cambio que continuar con sus pensiones bajo el promedio del sueldo mínimo y que tiene a Chile como el país OCDE que paga las más bajas de este elitista grupo de naciones, supuestamente, desarrolladas… o casi.
El primero es un mundo que beneficia a un porcentaje ínfimo de chilenos y el otro mundo a la inmensa mayoría que deben al final de su vida laboral, enfrentar los años que les quedan con pensiones miserables a la par de enfermedades que se acrecientan con la vejez. Más aún ahora que cambiaron los parámetros de proyección de vida –a beneficio de las compañías de seguros-, y con el cual las mujeres, supuestamente, vivirán más de 91 años y los hombres 87 años, con lo cual las magras pensiones serán aún peores.
Myriam Olate y ese muy reducido grupo de compatriotas no deberá enfrentar esa atroz situación. Probablemente ni siquiera se han enterado. Su ingreso equivale a una renta mensual de US$7.500 dólares, con lo cual se puede vivir muy bien en cualquier parte del mundo. ¿Es culpable Myriam Olate por este privilegio que no alcanza ni al 3% de la población? Evidentemente que no. Seguramente ni siquiera lo imaginó hace dos décadas cuando ingresó a Gendarmería, que terminaría formando parte de ese ínfimo porcentaje de los chilenos que pueden decir sin dramas “Chao Jefe”.
Lo que ella no sabía, si lo sabían los grupos de poder, los que legislan, las cúpulas políticas, los lobistas, los que deciden desde sus pulcros asientos la suerte indistinta de los chilenos. Los que pueden pasar el plato a diestra y siniestra sin complejos ni culpas. Entre ellos su cónyuge -aunque resulte odioso mencionarlo- el socialista (sí, aún se definen así y no es broma) y presidente de la Cámara de Diputados, Osvaldo Andrade.
Andrade por sí mismo puede que no represente nada o quizás muy poco. Pero forma parte de un colectivo que desde 1990 se han beneficiado de una institucionalidad que no difiere demasiado de las castas o las antiguas oligarquías. Son los que no andarán en el futuro por las calles gimiendo para que les rebajen las tarifas del Metro, porque $600 o $700, pueden significar la posibilidad de comprar o no pan en la semana o el remedio genérico con discutible grado de eficacia. Son aquellos que tienen todo “amarrado y muy amarrado”, como dijera el dictador.
Por eso que cambios reales en Chile, bajo estas estirpes es muy improbable que ocurran. A lo sumo maquillajes pálidos como lo fue la reforma tributaria y lo están siendo la educacional y la laboral. El mundo de estos poderosos y sus más cercanos no tiene nada que ver con el mundo indígena, del inmigrante y del trabajo. Hay un mundo por conquistar.