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Opinión. Claves sobre las elecciones internas del Morena

¿Qué hay más allá del resultado electoral, en miras del 2024 y de consolidar un partido de gobierno?

Yara Villaseñor

Yara Villaseñor Socióloga y latinoamericanista - Integrante del MTS - @konvulsa

Martes 2 de agosto de 2022

En una jornada electoral masiva, que contó con la participación de 2.5 millones de personas, el Morena realizó este 30 y 31 de julio sus elecciones internas para renovar todos los cargos dirigentes, con excepción de la secretaría general y la presidencia nacional.

A casi cuatro años de su último congreso, se instalaron casillas en 300 distritos electorales de todo el país para que la militancia del partido que gobierna pudiera elegir democráticamente a los responsables de definir el Comité Ejecutivo Nacional en el Congreso Nacional agendado para el 17 y 18 de septiembre de este año. Además, este ejercicio electoral permitió trazar la popularidad de los principales contendientes y figuras del partido.

Los puestos en cuestión corresponden a 10 representantes por distrito, para un total de 3 mil que conformarán el Consejo Nacional, quienes podrán definir las estrategias electorales y participarán en el Congreso Nacional, además de la selección de coordinadores distritales, congresistas estatales, nacionales y consejeros estatales (entre los cuales, 16 entidades deberán ser encabezadas por mujeres). La renovación de dirigencias estatales se dará con una jornada electoral aparte, proyectada para el 13 y 14 de agosto.

AMLO, por supuesto, felicitó al presidente nacional, Mario Delgado, y a la secretaria general, Citlalli Hernández, por una jornada monumental que permitió, a su vez, aumentar significativamente el número de afiliados del partido. Consideró que los sucesos irregulares en 19 casillas de un total de 553 (generando la anulación del resultado en 11 de ellas, en un total de 5 de los 300 distritos electorales), donde se denunciaron acarreos, coacción del voto a través de condicionar el apoyo de programas sociales, despensas para comprar votos, intento de sustracción de boletas y algunos actos violentos aislados, como quema de urnas y hasta uso de gases pimienta, fueron provocados por gente externa al partido.

Estos eventos fueron altamente cuestionados por militantes y dirigentes del propio partido, denunciando que esas prácticas deben erradicarse por pertenecer a los viejos partidos neoliberales. También se cuestionó el irregular manejo de la lista de candidatos, que contó con 42 mil 583 registros efectivos.

Dicha lista fue publicada tres ocasiones, la primera dejando fuera a personalidades que han expresado duras críticas a la dirección del partido, como John Ackerman o Gibrán Ramírez -que abogó por los "rasurados"-; en la segunda, se eliminaron 10,000 registros de la alcaldía Tláhuac en la capital y de Tamaulipas; y con la versión final, se sufrió una saturación en el sistema de consulta de aspirantes en el marco de varios cuestionamientos por proselitismo realizado por parte de funcionarios en el marco de las elecciones. De todo esto se responsabilizó a Delgado, que argumentó una caída del sistema al mismo estilo que durante el priato.

¿Qué reflejan las elecciones?

Más allá de los resultados, estas elecciones internas permiten ver una consolidación interna del partido, que posee una fuerza militante que se ha extendido a nivel nacional y llevó a cabo 300 asambleas, una por distrito electoral, para preparar la jornada, reflejando un partido vivo que expresa distintas tendencias a su interior que confluyen bajo el peso del caudillo fundador, el presidente López Obrador.

Quizá la pregunta más acuciante es qué pasará cuando haya que escoger a quién suceda al presidente en su cargo, pues las distintas corrientes internas cierran filas bajo dirección de AMLO, incluyendo a Monreal, pero están lejos de levantar las mismas expectativas y eso puede significar rupturas, así como la profundización de las tribus heredadas del Partido de la Revolución Democrática.

Además, el crecimiento del partido conlleva contradicciones, entre las que son de un gran peso el arribismo que proviene de aceptar, más a diestra que a siniestra, a todo personaje antiguamente opositor en un reciclaje pragmático para lograr acuerdos parlamentarios y apoyo electoral que, en los hechos, es una presión conservadora al interior del partido.

Lo que es importante recordar es el carácter de clase que tiene el Morena, ya que —más allá de las facciones y del oportunismo que pueda haber por parte viejo cuadros de la oposición conservadora al saltar al Morena— lo cierto es que el Morena es un partido de carácter burgués por su programa y su política, pese a su retórica progresista y la base social mayoritariamente popular que lo compone.

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Cada vez es más clara la contradicción entre las aspiraciones de transformación que llevaron al Morena al poder, y la realidad de sus políticas, que más allá de algunos programas sociales y apoyos paliativos, mantiene una administración estatal que sigue beneficiando a los grandes empresarios y garantizando la subordinación política y económica al imperialismo, aunque con un mayor control del despilfarro de las finanzas públicas.

Pero atacar la opulencia de la casta política, por muy bien que caiga y por mucho que empalme con un sentimiento de hartazgo frente a la corrupción, no implica romper con las exigencias del gran capital y la burguesía nacional y extranjera para profundizar la explotación de la mano de obra, los recursos naturales y así maximizar sus ganancias.

La contradicción entre retóricas progresistas y hechos derivados más bien de una política que continúa en lo fundamental la agenda neoliberal, se profundiza en un marco estructural que al gobierno lo tiene atado de manos, entre el imperialismo y la crisis de estanflación que ha profundizado los efectos de la guerra en Ucrania, y que llevan al alza de la inflación y los precios, así como a profundizar el desempleo y la pobreza que crecieron bajo el sexenio de AMLO.

El progresismo tardío de AMLO enfrenta además varios flancos en su tarea de gobernar, como la violencia del crimen organizado -con cuyos grupos no logra negociar aunque busque intimidar con detenciones como las de Caro Quintero-, y frente a una dinámica de movilización popular, aún atomizada y sin radicalización política pero que va en aumento, en lucha contra la violencia, las desapariciones de migrantes y mujeres, contra el feminicidio y por otras causas democráticas, contra el despojo y en defensa de los territorios y sus recursos naturales, así como contra la precarización y los despidos. Estos factores complejizan un escenario donde no hay bonanza económica, hay un crecimiento mínimo y una fuerte presión imperialista.

El triunfo del Morena en el 2024 está asegurado pero viene con un escenario desafiante. Mantener cohesión tras la salida de AMLO, avanzar sobre los pocos bastiones que le quedan al PRI en Coahuila y el Edomex, y evitar que los grandes batallones de la clase trabajadora y otros movimientos sociopolíticos puedan desarrollar un ritmo más acelerado en la lucha de clases y poner contra las cuerdas al gobierno y los grandes empresarios.

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