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Red Internacional
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OPINIÓN. Con el rey Juan Carlos I, un acto para la dependencia

Se cumplen 200 años de la declaración de la independencia. Habrá actos en todo el país, desde los organizados por escuelas hasta el encabezado por Macri junto al Rey emérito Juan Carlos I.

Hernán Cortiñas

Hernán Cortiñas Docente delegado de UTE-CTERA

Jueves 7 de julio de 2016

Trabajar en educación formal impone como tarea ineludible abordar las fechas denominadas patrias, pensando los actos conmemorativos, sus simbolismos y contradicciones. Un gran contraste se da entre cómo lo hacen los Gobiernos, por un lado, y los trabajadores de la educación, por el otro.

En marzo de este año, mientras cientos de escuelas invitaban a familiares de desaparecidos durante la última dictadura militar, Mauricio Macri honraba la visita de Obama, llenando la Plaza de Mayo de banderas del país que impulsó, ideó y financió aquel genocidio de alcance Latinoamericano. El 24 de marzo ambos presidentes encabezaron un acto que en sus discursos trajo de vuelta la teoría de los dos demonios: olvido y perdón al servicio de cerrar la grieta con el imperialismo yanki.

En estos días se cumplirán 200 años de la declaración de la independencia política de estas tierras con respecto al Imperio Español. El Gobierno Nacional, en el marco de un gigantesco operativo de seguridad para evitar protestas, prepara en Tucumán su festejo del Bicentenario. Entre otros invitados estarán la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, el de Paraguay, Horacio Cartes, y el de Italia, Sergio Mattarella; como así también gobernadores, intendentes y diplomáticos de todo el continente. Como perla, que encendió el repudio generalizado, confirmaron un invitado “muy especial”: el rey emérito Juan Carlos I de España.

A su planta rendido un león

Macri invitó para los festejos del Bicentenario a la máxima figura de la Corona española. Pareciera que sufrimos Síndrome de Estocolmo y quisiéramos rendirles homenaje a nuestros verdugos. Es posible que el presidente argentino se identifique con él por los escándalos de corrupción que detonaron su abdicación. Quizá también quiera repetir el pedido de disculpas que ya ha hecho Prat-Gay durante una entrevista al diario español ABC, en donde afirmó que “España es una prioridad porque es uno de los principales inversores directos en Argentina, yo les pido disculpas por el trato recibido”.

Como ya es tradición de nuestros gobernantes, otra posibilidad es el pedido de perdón por los versos originales del Himno Argentino: “Coronada su sien de laureles / Y a su planta rendido un León”. Juan Carlos, quien no se priva de fotos en costosos safaris cazando elefantes, seguramente sabrá valorar el gesto y el simbolismo.
Los que justamente no perdonan los siglos de salvaje opresión colonial son los descendientes de esos pueblos que el mismo himno original nombraba: “se conmueven del Inca las tumbas / y en sus huesos revive el ardor”. La Unión de los Pueblos de la Nación Diaguita de Tucumán expresó su rechazo, “sería una enorme contradicción, ya que la conmemoración se debe a la deliberación de siglos de dominación extranjera ejercida por la colonia desde 1492” y remarcan que el pueblo diaguita “ha sido víctima del mayor genocidio cometido en nuestra América, justamente por la institución que esta persona representa”.

La “liviana” herencia de la dependencia

Los gestos de reconciliación con el imperialismo pisan sobre terreno firme y añejo. Hoy en día el macrismo retoma la versión mitrista liberal de la independencia que presenta a la oligarquía como democrática, moderna y constructora del Estado. La transición resulta sencilla ya que el relato revisionista del kirchnerismo, de tintes antiimperialistas, presenta a la burguesía nacional como una clase progresista en la que las y los trabajadores pueden confiar.

En ninguna de las dos visiones históricas el pueblo trabajador ocupa un lugar central. En el mitrista brilla por su ausencia, y en el revisionismo aparece, pero siempre como aliado subsumido a algún caudillo federal o, más adelante, a la emergente burguesía nacional.

De este modo, el relato kirchnerista buscaba reivindicar la conciliación de clases planteando un supuesto interés común: la identidad nacional. El entonces gobierno necesitaba que “el pueblo” confíe en los sectores de la burguesía que éste representaba. Sin embargo, esta línea de interpretación histórica nacionalista no logró ocultar el pacto secreto con Chevrón, los negociados con las multinacionales -que hoy continúan extrayendo salvajemente nuestros recursos naturales-, ni tampoco el pago serial de la deuda externa.

Ambas miradas, que supieron alternarse como “oficiales” dependiendo del gobierno que asumía el poder, sostienen en su discurso que transitamos “doscientos años de vida independiente”. Sin embargo, la burguesía argentina fue y es incapaz de sacar al país de la dependencia imperialista, primero con Inglaterra y después con EEUU. Más allá de la formalidad de los papeles, hoy en día, Argentina es, como gran parte de las naciones sudamericanas, un país semicolonial sometido al capital extranjero. A pesar de la derrota que se le infligió al Imperio Español dos siglos atrás y la independencia política, no se logró restar peso a la creciente dependencia económica.

Los explotados y la clase trabajadora, con sus nuevas generaciones, que pisan nuestras escuelas, tienen una tarea por delante de vital importancia: no sólo criticar y cuestionar las visiones hegomónica de la historia, sino también adoptar una propia, científica y materialista, como sólo el marxismo puede dar. La crítica marxista de la historia como existe actualmente es simultáneamente un llamado para su transformación, un llamado para liberarla de las limitaciones ideológicas y materiales de una sociedad basada en provecho para unos pocos. “Los filósofos sólo han interpretado el mundo, de diferentes maneras; la cuestión es, no obstante, cambiarlo”.