Por instantes los discursos de Pedro Sánchez tienen más de “Teniente-*Coach” que de presidente. La maquinaria de la unidad nacional se ha puesto al máximo para tapar que la crisis sanitaria muestra las costuras del capitalismo.
Pere Ametller @pereametller
Miércoles 22 de abril de 2020
La crisis sanitaria se preveía tan fuerte que Pedro Sánchez tuvo que decir que pondría a disposición de combatir el virus todos los recursos públicos y privados. Evidentemente esto no ha pasado. En todo caso, la situación actual solo ha extremado algo que ya pasaba antes, el interés privado de los capitalistas se contrapone y pasa por encima del interés de la mayoría social trabajadora.
Esta contradicción se ha mostrado en todo el transcurso de la crisis. Sobre todo cuando en los primeros días el Gobierno continuaba enviando a trabajar a millones de trabajadores de los sectores no esenciales, mientras se nos bombardeaba que nos quedáramos en casa. La crisis sanitaria es bastante grave como para no poder dar un paseo en solitario con mascarilla y guantes, pero no para dejar de ir a trabajar. Después llegó la manga ancha para aplicar una lista interminable de ERTEs por parte de las empresas, incluidas las que tienen beneficios millonarios, y ahora lo hemos vuelto a ver con la vuelta al trabajo de los sectores no esenciales sin poder garantizar sus condiciones de seguridad.
Una “unidad” que esconde una brecha insalvable
Los aplausos a los sanitarios y otros trabajadores y trabajadoras, como reconocimiento por su crucial tarea, han sido aprovechados por el Gobierno y los medios para crear un clima de unidad de “todos contra el virus”. La enfermera y ex diputada de Podemos Marta Sibina, ahora crítica con la formación, manifestaba: "¡No salgáis a aplaudir, por favor! Salíd a hacer cacerolada. Que retruene por todos los rincones. Esto es de traca. Aplaudir no anima ¡Lo que anima es ver una sociedad rebelde!! ¡Basta de sumisión! ¡Picad tan fuerte cómo podáis! Cazuelas!!!"
Esta unidad de clases y territorial trata de ocultar lo evidente: los recortes en la sanidad han agravado la crisis, no ha habido equipos de protección ni mascarillas suficientes para los sanitarios y trabajadores de residencias, se ha priorizado los beneficios sobre la salud y no se ha salvado a la clase trabajadora de las consecuencias económicas de la crisis. Además, el Gobierno ha repetido hasta la saciedad que “el virus no entiende de territorios” y se han negado a tomar medidas diferenciadas por territorios, cuando el nivel de afectación del virus entre diferentes zonas y barrios no es el mismo.
El punto álgido de esta arenga patriótico-militar-sentimental lo ponía el ministro de Justicia anunciando que “el final del túnel llegará. Y es verdad, llegaremos con lágrimas en los ojos, pero también con el orgullo de ser españoles, el orgullo de que la unidad conseguirá vencer al Covid-19”.
Por otro lado, se ha mostrado que millones de trabajadoras con salario mínimo, como las empleadas de los supermercados, son totalmente esenciales para el funcionamiento de la sociedad. El dogma económico del libre mercado no se corresponde con la realidad de las necesidades. ¿Qué habría pasado si estas trabajadoras se hubieran puesto en huelga reclamando una mejora del convenio? No seria de extrañar que las alabanzas se hubieran convertido en un linchamiento por parte del Gobierno y los medios, o incluso, en una militarización de los puestos de trabajo como pasó con los controladores aéreos en 2010.
Economía, salud y libertad
El trilema planteado entre economía, salud y libertad para enfrentarse al Coronavirus es falso desde el principio. Porque ninguno de estos ítems se puede plantear como neutro. Si se frena la economía para garantizar la no propagación del virus, ¿quién lo pagará? Lo puede pagar el capital o el trabajo, no hay más opciones. Pero la opción que se presenta como un fatalismo inevitable, aquella que dice que los costes los tendrán que pagar los trabajadores, es simplemente falso.
Por ejemplo, en 2018 se recaudaron 24.401 millones del impuesto sobre sociedades sobre un beneficio de 246.154 millones. Algo que indica que los beneficios después de impuestos fueron de 221.753 millones. Restándole el 19% de IRPF por cobro de dividendos quedan 179.619 millones. Para hacernos una idea, esta cantidad representa un salario bruto de 20.000 euros anuales (coste de empresa de 26.600 €) para 6,75 millones de trabajadores. Como referencia, la población activa (ocupados + parados) del cuarto trimestre de 2019 era de 22 millones. Estos beneficios también representan el 40% de los presupuestos generales del Estado. Además, nos podemos preguntar cuáles son los beneficios reales cuando el fraude fiscal de grandes empresas y fortunas en 2012 fue de 42.000 millones.
Por otro lado, respecto a la salud y la medida de confinamiento para retardar la propagación del virus, no todo el mundo puede permitirse quedarse en su casa por igual, y más aún sin trabajar. Así que el virus no afecta a todos por igual como defiende Sánchez en la busqueda de esta unidad. Además, quedarse en casa no supone lo mismo para todo el mundo. Ejemplo de ello son, sin duda, las miles de mujeres que sufren violencia de género y se han quedado en peor situación.
El despliegue policial ha sido diametralmente proporcional a la falta de tests masivos que podrían haber suavizar las medidas restrictivas. Como mínimo, el confinamiento tendría que haber sido acompañado por tests constantes para la totalidad del personal sanitario y de las residencias, presentaran o no síntomas. La muerte de ancianos en residencias está representando un porcentaje muy elevado del total de muertes por Coronavirus. Hay que preguntarse qué estructura económica impide la producción masiva a nivel mundial de tests. El desarrollo de las fuerzas productivas permite fabricar millones de coches que no necesitamos, pero no readaptar rápidamente la producción de un bien que se convierte de primera necesidad.
Además, uno no puede olvidar que el TEDH condenó en numerosas ocasiones el Estado español por no investigar torturas, y en 6 de los casos el juez instructor era el ministro de Interior Marlaska. Hemos visto durante este Estado de Alarma abusos policiales, policías que se convertían en legisladores, una cantidad de multas muy superior a las de Italia y militares que van por libre. Teniendo en cuenta todo esto, me pregunto, ¿el mismo PSOE del terrorismo de los GAL es el que nos tiene que evitar las extralimitaciones policiales?
Qué estrategia para la izquierda?
Con un Podemos totalmente asimilado al régimen como parte del gobierno, se abre un espacio para la izquierda. Esta situación de crisis, que ha mostrado agudamente los límites del capitalismo frente a las necesidades de la población, permite luchar por un programa que cuestione la propiedad privada de los grandes medios de producción. Ahora este programa puede aparecer como razonable para muchos que hace pocos días no lo veían claro. La izquierda acostumbra a rebajar posiciones con la excusa del “no se puede”. Pero en tiempo de normalidad se tienen que acumular todas las fuerzas posibles, sin rebajar discurso, para hacer grandes saltos en tiempos convulsos como los actuales. No prepararse para esta situación, y no defender ahora este programa, es una claudicación por pasiva.
Un programa que defienda la expropiación efectiva de la sanidad privada y empresas farmacéuticas, una renta de cuarentena para todos aquellos que se hayan quedado sin trabajo o no tengan ingresos, un aumento del salario mínimo, reparto de las horas de trabajo en base a la reducción de la jornada laboral sin disminución de sueldo, expropiación de las viviendas a los grandes propietarios y nacionalización de sectores estratégicos. Pero todo esto, no solo como una finalidad en sí mismo, sino como medidas que permitan establecer una conexión entre la forma de resolver las necesidades inmediatas y la necesidad del socialismo.
Además del programa, queda planteado también como luchar por él. Y esta crisis nos has mostrado quién tiene la paella por el mango a la hora de la verdad y por tanto donde es esencial acumular fuerzas:
“Si hay algo que ha quedado de manifiesto en esta crisis es que es la clase trabajadora la que ocupa todas las posiciones estratégicas para la producción y reproducción de la sociedad. Si, como hemos desarrollado en otros artículos, en términos de estrategia revolucionaria estas posiciones son definitorias tanto por su “poder” para paralizar el funcionamiento de la sociedad, así como también en tanto el lugar privilegiado desde donde aglutinar en el pueblo explotado y oprimido, también lo son desde el punto de vista de la posibilidad de reorganización de la sociedad bajo el criterio de la satisfacción de las necesidades de las grandes mayorías, alternativo y contrapuesto, al del beneficio capitalista”.
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Los trabajadores y las trabajadoras hemos demostrado que sobre nosotros se aguanta todo. Así que es hora de que nosotros tomemos la decisión de que no pagaremos esta crisis. Porque la situación ha empeorado mucho, pero tampoco nos sirve volver al punto donde estábamos antes de la crisis del Coronavirus. Necesitamos un giro de 180 grados, una perspectiva socialista. Sánchez ya habla en términos de guerra y posguerra, y uno se pregunta si la guerra de la que habla es contra el virus o contra nosotros.