En blanco y negro, con la cámara en la mano y con un dron, Eduardo Pinto habla de las márgenes, de la amistad, y del amo y el esclavo. Cine negro suburbano.
Jueves 2 de noviembre de 2017

Juan (Luciano Cáceres) e Ismael (Pablo Pinto) son dos amigos que trabajan en un corralón de Moreno, conurbano bonaerense, repartiendo materiales para la construcción. Sus días transcurren inmersos en una vida rutinaria alterada, a veces, por los gritos del patrón y de los clientes.
Un día entregan materiales a una pareja acomodada de la ciudad y al ingresar el camión a la vivienda, arruinan las flores del jardín. El incidente desencadenará la ira de los dueños de casa que insultarán y humillarán a Juan e Ismael. Este hecho insignificante será el comienzo del descenso al infierno. Un disparador cortazariano.
A Juan y a Ismael los une una amistad inquebrantable e incondicional, son cómplices en una sociedad injusta que les dice a cada paso que son pobres y que no “son” porque no “tienen”. Juan, maneja el camión y vive rodeado de perros, Ismael, carga el camión y sueña con ascender de clase. Juan busca justicia, aleccionar a una clase social que se arroga el derecho de denigrar, despreciar y someter por el solo hecho de poseer.
La injusticia social, la discriminación, las diferencias entre las clases sociales, la opresión y la amistad son los temas de esta historia. Un relato que amalgama el documental con la ficción, con una narrativa visual elocuente que prescinde casi del guión para dar espacio a la imagen. Cada cuadro narra un sentimiento, plasma una idea.
Eduardo Pinto (Palermo Hollywood, Dora, la jugadora, el documental Buen día, día sobre la vida de Miguel Abuelo, Caño Dorado y Natacha) se sumerge en la vida del oeste bonaerense, delinea personajes tan oscuros y complejos como actuales, que viven en las márgenes, los olvidados. No hay espacio para el amor, la vida es demasiado áspera. Quizá sea la película más clasista de este director que, no casualmente, se presenta en su film como “dirección y encuadre” porque éste último juega un rol fundamental.
La ciudad y los perros
“Hay que soltar los perros” dice Ismael cuando se adueña de la casa. Y los perros son una imagen constante en la película. Los perros que andan sueltos, que ladran, que deambulan por calles de barro bajo una lluvia constante y que son amigos incondicionales. La construcción de la masculinidad, la jerarquía, la domesticación y el corral como el límite, el perímetro. Una metáfora del hombre.
Furiosa, no da respiro aún cuando parece que nada pasa. Una violencia latente que no es coreográfica sino cruda, descarnada y que llega al límite, y es ahí donde Pinto sabe cortar y deja respirar. La música acompaña esa tensión y los momentos de aparente calma. La materialización interpretativa de esta pesadilla social encuentra solvencia en Luciano Cáceres y Pablo Pinto que encabezan un gran reparto.
Corralón , un film furioso, clasista, crudo y que recuerda al Neorrealismo italiano que mostraba la condición social y donde los sentimientos de los personajes eran claves para entender la historia.
Ficha técnica:
Guión y Dirección: Eduardo Pinto
Dirección de arte: Jorge Daffunchio
Productores: Omar Aguilera, Pablo Pinto, Eduardo Pinto, Luciano Cáceres.
Producción ejecutiva: Nicolás Batlle.
Música: Axel Krygier.
Diseño de Producción: Cadi Martin, Eduardo Pinto.
Edición: Joaquín Mustafá Torres, Leo Rosales.
Maquillaje y vestuario: Cintia Español.
Jefa producción: María Celia Vélez.
Dirección de fotografía: Eduardo Pinto.
Sonido directo: Fernando "choise" Sosa
Dirección de Sonido: No problem / Omar Jadur
Producida por: Eusebia en la higuera.
Elenco:
Luciano Cáceres, Pablo Pinto, Joaquín Berthold, Brenda Gandini, Carlos Portaluppi, Nai Awada

Celina Demarchi
Nació en Berisso, provincia de Buenos Aires. Docente y actriz, participa en la sección Cultura y en distintas producciones audiovisuales de La Izquierda Diario.