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Testimonio. Crónica de un diluvio en la Ciudad de México

Aún conservas en tu piel la desesperación de no saber si llegarías a casa esta madrugada o no y el olor a humedad aún te genera cierta sensación de vulnerabilidad, cierras los ojos y te preguntas: ¿Por qué?

Jueves 31 de agosto de 2017

Eran las 2 de la tarde cuando la gran nube gris saludó desde lo alto del domo de smog con un encanto casi erótico propio de los amantes a las calles y las azoteas de la otrora región más transparente, hoy llamada Ciudad de México.

Dos horas después, una suave y constante llovizna besó la piel de la vieja ciudad de hierro; más tarde, animada y convertida en diluvio, inundó calles, viaductos, desniveles y parques, anegando alcantarillas ayudada por la basura que tapa sus conductos y estanca la putrefacción. El líquido se filtró finalmente en cada recoveco, esa humedad que horas más tarde trajo la parálisis de la gran orbe.

El metro, vehículo articulado donde se desplaza a diario la clase trabajadora, forzaba su oxidada marcha como si fuera una oruga que está a punto de estallar. Sin más que ofrecer, estalló. Detuvo su marcha en las línea 9, 5, en la 1 y en especial en la B, en donde te dejó abandonado igual que a cientos y tal vez miles de personas, a la deriva de las inclemencias meteorológicas y de la rata hambrienta que acecha en los rincones, detrás de una esquina oscura ya sea con harapos o tal vez con uniforme de policía.

El trayecto es largo y accidentado, no hay transporte, ni combis, ni taxis, el metrobús ha dejado de dar servicio. Te encuentras anhelando llegar a casa que está a bastantes kilómetros de distancia, recorres las calles despostilladas de la avenida central junto a mudos caminantes. Después de un tiempo te parecen todas esas cuadras una misma imagen, inundadas e irregulares, ni siquiera cuentas con la falsa confianza que da la luz de la luna, bajo el frío de una lluvia nocturna que más que besar la piel ahora pretende reprocharte algo de tu pasado, ¿Qué? ¡Lo que sea! ... parece un castigo y cae fría como la realidad, te deja lleno de adrenalina y con la nariz helada.

Son las tres de la madrugada, no sabes cómo llegaste pero estás en casa con los pies y rodillas deshechas por tanto caminar. Te duele la espalda baja como si te hubiera pasado encima un rodillo de piedra, el agua en tus ropas se ha secado sola, otros tantos no tuvieron tu suerte. No llegaron. Se enfrían al pasar las horas y tendrán que vagar sin rumbo en la madrugada o quizás encontrar una grieta donde aguardar a la salida del sol. Hay quien se tiene que desplazar al doble o triple de distancia que tú, a lugares tan alejados como Acolman o Tizayuca, para ellos simplemente no habrá descanso.

Aún conservas en tu piel la desesperación de no saber si llegarías a casa esta madrugada o no y el olor a humedad aún te genera cierta sensación de vulnerabilidad, cierras los ojos y te preguntas: ¿Por qué?

Lo cierto es que esta tormenta vaticina un incuestionable colapso de la llamada “megalópolis”, ya sea vía transporte, vialidades, pobreza, no sabes cuándo llegará pero lo hará. Sin haberlo provocado y en el peor momento, quizás lo puedas evitar.

Hacen falta vialidades de calidad, servicios de transporte eficientes, seguros, al alcance de toda la población y sistemas de desagüe y drenaje del agua de lluvia adecuados para que moverse por la ciudad no sea un suplicio.

Sabes como sabes tu nombre que el Estado no garantiza nada de nada, entonces es caduco y merece morir, ser reemplazado por uno distinto, uno hecho por y para el servicio de los que somos explotados.

Recuerdas antes de cerrar los ojos que te quedan pocas horas de descanso antes de volver a empezar y prefieres simplemente tragar un poco de rabia, escupir otro poco y dormir no sin antes escribir con cincel y martillo en tu conciencia que sólo organizándote junto a miles de personas como tú, explotadas, oprimidas y a la deriva, se podrá acabar con ese aparente estado de vulnerabilidad y darle forma a otra realidad menos oscura, una nueva realidad por la que vale la pena luchar.