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Opinión. Cuando la Calle desafía al Palacio: de Rawson y Miramar al Congreso Nacional

Eduardo Castilla

Eduardo Castilla X: @castillaeduardo

Viernes 17 de diciembre de 2021 20:02

“Sabemos que este presupuesto no puede entusiasmar”. Las crudas palabras sonaron en el edificio Anexo de la Cámara de Diputados. Fue el lunes por la tarde, ya entrando a la noche. Martín Guzmán, el autor, confesó lo evidente. En las más de 4.000 carillas del proyecto de Presupuesto 2022 no había nada que pudiera concitar el interés o la atención de las grandes mayorías populares.

Sin embargo, en la densa batalla verbal que se libró entre la tarde del jueves y la mañana del viernes, ya en el recinto de la Cámara de Diputados, el Frente de Todos lo defendió espada en mano. Cierto es que hubo rostros poco entusiastas. Pero las ventajas del proyecto fueron pregonadas a cuatro vientos.

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Atendiendo a los requerimientos de la negociación con el FMI, el Gobierno jugó al todo o nada. Como si no hubiera sido derrotado en las elecciones de septiembre y noviembre, apostó a imponerle orden al desordenado esquema de Juntos por el Cambio. Agitó la bandera de “la responsabilidad” y -sin desafiar el ajuste macro que se buscaba ofrendar al Fondo- abrió la billetera todo lo que pudo. El resultado de esa aventura se vio este viernes por la mañana. Los detalles importan, pero también pueden relativizarse. De haberse dado otro escenario, posiblemente la crisis y la derrota se hubieran diferido en el tiempo.

La oposición se embarró en su propio barro. Acusaciones y chicanas cruzaron el espacio macrista-radical de punta a punta. Hubo amenazas de escraches y tensas discusiones. En un juego de espejos, los ganadores de la elección nacional aparecieron tortuosamente divididos entre sí. Tendrán que hacer sanar sus heridas hacia 2023. El cómo se procese eso es, aún, un misterio. Este viernes, por lo pronto, el radicalismo encontró una tenue unidad para su interna. Pero todo aparece atado con alambre fino.

A Juntos por el Cambio le asiste un problema de índole similar al que tiene el oficialismo. No puede ofrecer un programa que entusiasme a nadie...salvo a las grandes patronales. Su precaria unidad tiene un punto en común: la oposición al peronismo y al kirchnerismo. Sin embargo, si se lo interroga, si se le obliga a emitir ideas, emergen algunas como “reforma laboral”, “déficit fiscal”, “ajuste”.

Su demagogia de las últimas horas no resiste archivo. En ese escenario, difícilmente, alguna figura pueda descollar: ni el “eficiente” tecnócrata Larreta; ni el vende humo profesional Manes; difícilmente el derechista gobernador Morales. Unidad compleja de debilidades, aún nadando en la sombra de su fracaso como gestión de gobierno, ocurrida hace no demasiado tiempo.

El palacio y las calles

Esta semana la política pareció surcar solo los Palacios. Tuvo su centro, en particular, en el legislativo de la nación. Acusaciones cruzadas, chicanas e insultos llenaron el aire, desbordando los muros de la Cámara de Diputados y llegando a canales, portales y radios. En esa escena decadente solo el Frente de Izquierda Unidad escapó al desvarío, denunciando con fuerza el ajuste y hablando de aquello que nadie osaba hablar: la realidad de las grandes mayorías.

Este jueves por la noche, a la misma hora en que macrismo y peronismo desplegaban un festival de chicanas, la Policía de Mariano Arcioni reprimía con dureza patente a miles de personas. Las imágenes de Rawson llegaban a todo el país. Balazos de goma, gases y resistencia. Cientos de personas, jóvenes muchos de ellos y ellas, enfrentando activamente la represión policial. Al ver arder la Casa de Gobierno, muchos debieron recordar, porqué no, los años 90, aquellos que dejaron una estela de puebladas en el interior del país. Postales de crisis, postales de rebelión y de lucha en las calles.

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En un marco de estridente pasividad de las conducciones sindicales y de los movimientos sociales -solo rota a la hora de los actos políticos oficiales- las calles tienden a expresar el creciente descontento social que se había corporizado parcialmente en las urnas.

La bronca que invade Rawson tiene puntos de contacto con aquella que -saliendo de la Patagonia- circuló por las calles costeras de Miramar, hace exactamente una semana, cuando la juventud pobre se rebeló contra la prepotencia policial. Esa prepotencia y esa brutalidad que se habían llevado la vida de Luciano Olivera, de solo 16 años. La revuelta que, ironizando sobre la realidad, se desplegó el mismo día que el Frente de Todos celebraba el Día de la Democracia en una colorida Plaza de Mayo. Un muro de acero dividía dos realidades.

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El Palacio y la calle vuelven a mirarse frente a frente. A contraponerse. A reflejar, a su manera, la distancia entre los llamados representantes y las grandes mayorías populares a la que se suele sindicar como representados.

De horizontes y batallas

El país se enfrenta a un horizonte crítico bajo la tutela del FMI. Tutela que, más allá de las palabras, aceptan todas las fuerzas y alianzas políticas patronales. La cartografía política patronal expresa, cada vez menos, las necesidades urgentes de las grandes mayorías.

Una creciente crisis de representación destaca en la escena nacional. Los y las representantes están demasiado lejos de sus representades y demasiado cerca del poder económico. Demasiado lejos de las mayorías populares golpeadas a diario por la crisis social y económica. Demasiado atentas a sus propios terruños, negociados e internas. La crisis de la bi-coalicionalidad dominante se teje bajo esa sombra. La sombra de un drama para el que no hay salida estructural sin afectar el interés del gran capital imperialista y nacional.

Graficado en términos más sencillos: los gritos eufóricos de un De Loredo o un Fernando Iglesias se distancian años luz del joven que enfrenta a la Bonaerense en Miramar. Del mismo modo, por reiterados que sean, los argumentos de un Carlos Heller resuenan como ecos lejanos en las calles chubutenses, allí donde el pueblo enfrenta las políticas extractivistas que Gobierno y oposición celebran y reclaman a cada momento.

El oficialismo padece y recrea esa tensión. Habiendo llegado al poder para terminar con el infierno macrista, no hizo más que conducir hacia el mismo destino, atado a la decisión de acordar con el FMI. Habiendo hecho flamear banderas contra el ajuste, terminó ejecutando uno propio. Sufrió, en carne propia, el descontento político. Los millones de votos extraviados en septiembre y noviembre dan cuenta de esa crisis.

Como haciendo una reverencia ante la historia, esta creciente distancia entre representantes y representados se materializa a exactas dos décadas de las jornadas revolucionarias que derribaron a De la Rúa, ese asesino que Fernando Iglesias decidió reivindicar este jueves.

Toda analogía o comparación camina dentro de ciertos límites. Explorar los contornos de aquella rebelión excede por lejos lo posible en este artículo. Remitimos al lector o lectora a los artículos que vienen siendo y serán publicados en La Izquierda Diario. Sin embargo, se puede extraer una conclusión esencial: el futuro de las grandes mayorías está en las calles, no en los palacios. En las grandes acciones que pueden permitir el despliegue de nuevas opciones de futuro, superando el arbitrario y conservador argumento de la “correlación de fuerzas”.

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Eduardo Castilla

Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.

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