×
×
Red Internacional
lid bot

Relato. Cuando llueve no hay permiso, crónica de una escuela pública

Recuerdos de infancia en la escuela primaria. Presente de lucha codo a codo con la docencia.

Carina A. Brzozowski

Carina A. Brzozowski Agrupación Bordó Leo Norniella en Alimentación

Domingo 26 de marzo de 2017 20:26

Ella tenía lápices de colores de todos los tamaños, los cuidaba meticulosamente, guardándolos en una cartuchera de tela, cocida por su mamá. A su vez, la cartuchera, el cuaderno y los libros, los llevaba en una bolsa de cuerina. "Esta bolsa me la hizo mi mamá. Ella nos dice que cuidemos las bolsitas y que le saquemos punta a los lápices". Se llamaba Andrea, era mi compañera en los primeros años de la escuela primaria.

Ya pasaron más de cuarenta años de eso y aún recuerdo su bolsito, el sonido de las cosas cuando las guardaba, la parsimonia de Andrea y su prolijidad. Pobre, humilde, su mamá era muy trabajadora. Así eran la mayoría de mis compañeritos en la Escuela 10 de San Martín, pública, tan pública, que en esos años, entre el 74 y el 78, desfilaron un montón de pibes, que de grande, saqué la conclusión de que eran hijos de gente que escapaba de la dictadura, deambulando de escuela en escuela, por tan sólo meses en cada una.

Tan pública, que la maestra de primero y segundo grado, la señorita Minta, nos enseñaba canciones como "Cuando llueve no hay permiso para salir a pasear". En esos años en los que llovía mucho y no sólo juguetes se veían por la ventana. Esa es mi historia en la pública, donde descubrí mi lugar en el mundo en su biblioteca, donde aprendí a preparar el té, el matecocido, a lavar una taza.
Si caímos en la pública, nunca en tantos años me puse a pensar si hubiera sido mejor la otra opción.

Mis maestras enamoraban, con sus carpetas impecables, sus vestidos floreados.
Aún se me pone la piel de gallina al recordar a Andrea y la ceremonia de guardar los útiles. Las sandalias blancas de mi mamá, que distinguía entre todas las que esperaban en la puerta.

Militar ahora en un partido revolucionario, codo a codo con otras maestras, también vestidas con ropas de colores, muchos años después, codo a codo, obreros y docentes, junto a las mujeres y la juventud, contra la necedad de los que dicen haber tenido la suerte de estudiar en la privada, me enorgullece, me río en su cara. Le digo a ese señor de la privada que él se perdió los juguetes que veíamos por la ventana y la piel erizada cuando Andrea guardaba los lápices, los ordenaba por tamaño, les ponía su nombre... ¡Qué sabrá él de la pública!