Entre el 16 y 19 de abril sesionó el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) en el marco de la “normalización” de las relaciones con Estados Unidos. Se ratificó el curso de introducción de medidas procapitalistas y, con la asistencia de Fidel Castro a la última sesión, la continuidad de la dirección del PCC hasta 2021.
Jueves 21 de abril de 2016 19:44
Aunque se desarrolló a puertas cerradas y aún no se conocen todas las conclusiones, lo que trascendió confirma que el régimen cubano ha ratificado el curso de introducción de medidas procapitalistas graduales bajo el control estatal del Partido Comunista. El Congreso se realizó en un clima de hermetismo mayor que el usual para el opaco régimen de partido único que gobierna la isla, lo que contrasta con el congreso anterior que fue precedido por un proceso controlado de discusión de los documentos en los “organismos de masas”. El tono con que Raúl se refirió a la nueva situación abierta a partir del deshielo con Estados Unidos fue similar a lo que ya se había expresado en Granma y en la Carta de Fidel como balance crítico de la visita de Obama, para bajarle el tono a la popularidad del presidente estadounidense, que ranqueó alto,en la población que espera que el levantamiento del bloqueo mejore sus difíciles condiciones de vida. En su informe de apertura Raúl Castro anunció las orientaciones fundamentales que no tienen demasiada sorpresa y que pueden resumirse en una fórmula: reformas procapitalistas graduales más régimen de partido único. Esto implica que si bien se va a permitir que se siga ampliando de manera controlada el sector cuentapropista –alrededor de 500.000 “autoempleados”– y en general el sector no estatal de la economía, la clave del proceso de apertura al mercado (y de los negocios de la restauración capitalista) será la burocracia estatal, en particular la cúpula de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) a través de regular la entrada de inversiones y de asociarse con el capital extranjero.
La posición de las FAR para capitalizar la restauración es inmejorable: manejan los principales grupos empresariales del estado –GAESA y CIMEX– dedicados a negocios muy rentables como el turismo, las Tiendas de Recuperación de Divisas (TDR, mercados minoristas en moneda convertible o CUC), además de las empresas militares. De esta posición privilegiada surge su principal contradicción entre una apertura que les permita avanzar en su acumulación capitalista inicial y la regulación necesaria para no perder sus negocios a manos de grandes capitales. De ahí que Raúl haya vuelto a reivindicar los procesos de China y Vietnam, aunque haciendo la salvedad de que en Cuba se trata de una “actualización” y no de un “cambio” de modelo. Esta “actualización” por la vía de la introducción de medidas procapitalistas no ha resuelto los problemas estructurales, como la baja productividad de la economía y las distorsiones surgidas de la doble circulación monetaria. Pero sí ya ha producido una creciente desigualdad social que se profundiza al compás de la “apertura” de la que se benefician sectores reducidos con acceso al dólar y espíritu empresario que huelen oportunidades. Mientras que la gran mayoría hace malabares para sobrevivir con un salario que ronda en promedio los 24 dó- lares mensuales. No casualmente desde hace años la burocracia viene atacando el “igualitarismo” con un discurso reaccionario, horadando las bases ideológicas y morales de la revolución.
Desde el punto de vista político, lo que se corresponde con el control burocrático del proceso gradual de restauración capitalista (que necesariamente combina apertura con centralización económica) es el monopolio estatal del PCC. Del discurso de Raúl se puede inferir que hay disputas internas. No sería extraño: viene inevitablemente un recambio, para 2018 al frente del Estado y en 2021 en el PCC cuando la vieja guardia de la Sierra Maestra ceda los puestos clave a los nuevos dirigentes. No surgió aún un sucesor de Raúl, pero el que emerja difícilmente tenga la autoridad para mantener la unidad del régimen. Quizás para conjurar el fantasma del fraccionamiento en grupos de interés Raúl quiso contrabandear la defensa del régimen de partido único “a mucha honra” (sic) como si fuera la defensa de la revolución, contra la restauración capitalista por la vía democrática que impulsan Obama, la Iglesia católica y las potencias europeas. Según Raúl, la única alternativa al “rol de vanguardia del PCC” como única fuerza rectora del estado es la farsa de la “sacrosanta democracia burguesa”. Pero es un argumento muy dé- bil que no alcanza para justificar un régimen de vigilancia policial, que prohíbe la organización política y sindical de los trabajadores y los sectores populares, pero permite que se organicen fuerzas reaccionarias que se preparan para avanzar en la liquidación de las bases sociales que, aunque degradadas, aún se conservan de la revolución. El sentido común está instalando que Cuba se encuentra frente a una disyuntiva: o régimen de partido único con dosis de mercado o capitalismo más democracia liberal.
Frente a este destino “binario” que conduce con más o menos libertades formales a la restauración del capital, hay una tercera alternativa: una democracia obrera basada en órganos de autogobierno y en la multiplicidad de partidos que defienden las bases y las conquistas de la revolución. Como dijo el mismo Raúl, y como reconocen los economistas y académicos que analizan la estructura social cubana, si bien hay un avance gradual pero sostenido del capitalismo, el grueso de los medios de producción aún son propiedad estatal y, a excepción de la burguesía exiliada en Miami, no se ha recreado una clase explotadora. Esta sigue siendo una enorme ventaja a favor de los trabajadores cubanos y de los explotados de América Latina.

Claudia Cinatti
Staff de la revista Estrategia Internacional, escribe en la sección Internacional de La Izquierda Diario.