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SISMOS Y LITERATURA. Cuento de sueños y sismos de Víctor Serge

Publicamos fragmento de “Le séisme”, cuento inédito en nuestra lengua de Victor Serge durante su exilio en México entre 1943-1944. A Serge le impresionó enormemente —como al Dr. Atl— el surgimiento del Paricutín, que constituye el tema de la segunda parte del relato. En esta primera parte, reflexiona acerca de los sismos, su vinculación a los sueños y los cataclismos sociales.

Viernes 3 de noviembre de 2017

El Sismo

Mi experiencia de los sismos comienza por los sueños y se liga a los sueños. El observatorio de México registra más de 2000 temblores2 por año. La palabra española tiene su encanto. Vivimos sobre una tierra sísmica, volcánica, tropical, entre el fuego subterráneo y el fuego solar. En la Quinta Edad de la mitología azteca, la Edad de los Terremotos que debe, según las predicciones precolombinas, acabar por un cataclismo sísmico… De los 2000 temblores, la mayoría pasan desapercibidos al hombre despierto: al que el costo de la vida y las noticias del día mantienen en vilo, inquieto y sin aliento. Pero en el sueño, recuperamos quizá un contacto más inmediato, menos ciego, con el acontecer cósmico. En el estado de adormecimiento, de sueño ligero que precede la extinción completa de la realidad exterior y nos hace penetrar en el dominio del sueño, he percibido claramente en muchas ocasiones la vibración de la tierra mexicana.

Algunas veces con una gran aprehensión calma y distante en mí, meditativa y casi indiferente; en otras, con una pereza fatalista parecida a aquella que experimenté una noche de junio de 1940 en un pueblo a las orillas del Loire. Dormíamos agotados, la ventana de la casa en ruinas estaba abierta de par en par hacia la noche, dormíamos en el piso y de repente un singular canto de mosquitos surgió por el cielo, se aproximó, se volvió un estruendo de motores… Nos despertamos los cuatro y el que exclamó: «¡Ah, mierda! ¡No, no me muevo más!», expresó nuestra decisión común de no arriesgarnos, por miedo al anonadamiento, a un aumento de fatiga muscular. Era la fatiga de una ruda jornada de fuga que llevábamos encima, al punto de que Laurette vivió su más bello bombardeo sin despertarse.

Hay también, en el alma del hombre con canas, la fatiga de una época entera de labores y desastres, de labores a través del desastre. Él sonríe al temblor infinitesimal, cierra bien los ojos, se queda dormido. Si emitiese en este momento una opinión, creo que diría:

¡Estoy habituado a los cataclismos humanos, déjenme en paz, ustedes, cataclismos geológicos que no se deciden a estallar por las buenas, que están allá debajo, insinuantes como una mentira de más!

Me quedo dormido y el alma, el cerebro, liberados de mí, retoman en mí su libertad desordenada… soñé intensamente. Estaba con Jean D. en una gran habitación en tonalidades caoba y terciopelo granate. Donatienne y una niña venían de pasar al baño en la habitación de al lado. Repentinamente la tierra entera se tambaleó lentamente. El edificio, una especie de rascacielos, osciló ampliamente, largamente, cada vez con mayor extensión… Experimento una inmensa curiosidad, el miedo no nace más que por debajo. Observo por la ventana, que es alta, estrecha. El vasto paisaje de una ciudad se despliega, magnífico y severo: una curva del Sena vista desde muy alto, vuelta lechosa por el claro de luna, los pequeños puentes conocidos se descomponen en finas siluetas negras sobre el agua metálica. A la derecha, en primer plano, veo la Torre del Perro del Kremlin, masiva, color ladrillo patinado, bañado de penumbra; más abajo, más cerca, el techo cuadrado de un alto edifico de cemento, con ventanas claras que se tambalean. No veo el movimiento de la ciudad, me parece que nuestro edifico oscila por su propia cuenta.

Fui hacia otra ventana, pero no recuerdo lo que vi. Pensé que había que descender, llamé precipitadamente a Jean D. y a Donatienne irritado de que tardasen. Me vino la idea de que sería inútil descender, que no tendríamos tiempo suficiente… Del rellano volví hacia la habitación grande. El edificio comenzaba a inclinarse en bloque, tal como se bambolea un barco, caía con dulzura sin perturbar su orden interior, el orden loco de lo cotidiano. Le dije a Jean D. que estuviera en calma: «Vamos a ser aplastados», esperaba aún, cuando comprendí que no había nada que esperar, y continué: «¡Nos vamos a matar, si esto no es un mal sueño o un momento de neurosis!» Puse las dos manos sobre mi rostro y me desperté, —es decir, que el sueño continuó, pero yo creí que me había despertado.

Aquí se abre un hiato. Después me encuentro solo en la calle, es de noche y sigo una especie de Avenida Juárez (tengo la sensación de que es la Avenida Juárez, pero más larga y con un agitado ambiente parisino). Estoy preocupado por la suerte de Laurette y de Jeannine, quiero regresar. Me digo a mi mismo que la casa de la calle Hermosillo es lo suficientemente sólida para haber soportado el sismo, y creo que es absurdo. Entro en una pequeña tienda de tabaco en la esquina de la calle, pido cigarrillos Virginia y mientras el encargado los busca, el sismo recomienza. El comerciante me los da y yo, avergonzado por un paquete, reúno con dificultad 35 centavos y un papel arrugado que no quiero perder. Pienso al mismo tiempo que es idiota ocuparse de centavos y un papel cuando la tierra tiembla… Salgo, el suelo aún lo recorre un oleaje, los chiquillos se persiguen sobre el asfalto, van a empujarme, me pongo furioso. Es un asfalto húmedo, llovió, hay letreros luminosos. Levanto la cabeza hacia las ventanas de un pequeño hotel, están cubiertas de cortinas crema, dulcemente iluminadas, es alguna parte de los alrededores de Champs-Elysées…

Salía en realidad de un concierto sinfónico. Un potente concierto de Grieg y una suite de El pájaro de fuego de Stravisnky me habían arrastrado al fondo de una informe pero intensa ensoñación, casi sin ideas o imágenes. En el día había trabajado en las páginas de una novela evocando un campo de concentración, sin lograr fijar la fisionomía de un oficial. Estaba bastante deprimido, triste a causa de todo lo que pasa, de este mundo de matanzas. Las palabras «momento de neurosis» se relacionan con la teoría de Freud sobre la religión, en la que he pensado a menudo tiempo después, pero la intervención del psicoanálisis en el sueño mismo es curiosa. París, Moscú, y México no forman para mí más que un sitio interior del todo natural. —Tres semanas antes, la tierra había temblado dos veces fuertemente, entre las tres y las cuatro horas de la tarde. La casa osciló como un tanque en marcha sobre un terreno ligeramente accidentado. Vi los postigos agitarse como en tiempos de viento, después los libreros se cimbraron, la bombilla eléctrica se balanceó locamente.

Descendimos a la calle por una escalera de piedra que se tambaleaba. Bajo los árboles los niños se arrodillaban con tranquilidad; los árboles, las líneas telegráficas, los techos se inclinaban y se levantaban dulcemente bajo la bella luz. Veinte minutos más tarde ya escribía de nuevo cuando la mesa se escabulló frente a mí, el cuarto entero era presa de un balanceo dulce; era como si sobre uno mismo hubiera un gran vértigo, ¿qué pasa conmigo? Ningún miedo, pero un sentimiento subyacente de angustia física, después del cual, en la noche, uno se siente deprimido por una espera nerviosa; ésta implica quizá el principio de una alucinación. El estado de adormecimiento, de espera atenta, es de alguna manera un estado creador.

La erupción volcánica del 21 de febrero de 1943 se anunció para mí por un sueño preciso, curioso por la intensidad del recuerdo que me dejó y por la necesidad que experimenté de contarlo… Cuando uno ha soñado durante los reposos de medio siglo, a través de las guerras, las revoluciones, las prisiones, las fugas y los crímenes, sabe expulsar las constelaciones misteriosas que, en la inconsciencia nocturna se levantan en uno. Es preciso que las que no se dejan dócilmente mandar de vuelta a los limbos secretos de donde salieron, tengan una significación o al menos una fuerza particular. —Estaba en un parque, Vincennes, Ostrova o Chapultepec, al lado de una avenida donde acababa de pasar un desfile (no vi el desfile, pero guardo la impresión de vestimentas blancas). Tiempo caluroso, soleado. Admiraba, del otro de la calzada, un bello árbol torcido, de fuertes ramas con un follaje banal como fondo. Más allá, un edificio en construcción, gris, más alto que largo, con grandes ventanales llenos de gente parecida a hormigas en un espectáculo.

De pronto, tuve un vértigo acompañado de una ligera nausea, busqué un apoyo, vi flotar el árbol en un movimiento ondulante, el edificio gris se partió lentamente en dos y la mitad superior comenzó a desplomarse, las personas-hormigas en el interior se agitaban enloquecidas… Pensaba en los seres queridos.

El día siguiente, la buena india Esperanza, me dijo que cuando se encontraba en el jardín, había sentido un temblor a eso de las seis horas de la tarde. Los árboles y el césped se balanceaban… Trabajando en mi casa no me había dado cuenta. Pero al pasar por la avenida Insurgentes, vi una casa completamente nueva abierta por su parte trasera como por un golpe de hacha asestado a un edificio de cartón; los bomberos se agitaban en los escombros, una ambulancia de la Cruz Verde esperaba bajo el sol. La casa se había derrumbado al alba, después del sismo.

Era exactamente color de ceniza, como la de mi sueño, los pisos cortados estaban abiertos como los del sueño y vi una cama de hierro permanecer en su lugar en una habitación amarilla del tercer piso. Una joven refugiada catalana y sus dos niños acababan de morir ahí, sacrificados a la propiedad inmobiliaria desprovista de escrúpulos (cuidémonos de confundir las causas sociales con las causas cósmicas).

Una media hora después hablábamos en un tranvía, Fritz Fraenckel y yo, de los sueños y temblores. Su bella cabeza hueca, surcada, despojada de vigor carnal, con la frente desmesurada en medio círculo regular, rodeada de mechones de cabello gris, de ojos fatigados llenos de azulada luz, persiguiendo perpetuamente la investigación sobre el hombre oculto, con tal intensidad indulgente, escrupulosa y benevolente, que este pensador, con el hecho de su puro contacto, parecía aumentar el conocimiento que de sí tenían sus interlocutores.

Le conté el sueño, la coincidencia; todo ello no ofrecía ningún misterio al viejo psicoanalista, pero él siempre escuchaba escrutando más allá, remontando cada vez más lejos, ¡quizá justo hasta la mentalidad prenatal! Le dije cosas de las que me daba cuenta por primera vez. Que en mis escritos había utilizado en muchas ocasiones, antes de conocer México, la palabra temblor [séisme] para caracterizar acontecimientos; que mi última novela (inédita) tenía como personaje a un sabio sismólogo; que a esta novela de tragedias rusas, le había dado como nombre provisional: La tierra comenzó a temblar. Él me respondió que, según las hipótesis remarcables de Férenczi, el ser humano debe verdaderamente su formación psicológica, el nacimiento de su inteligencia, a inmensas catástrofes planetarias… Compramos los periódicos del día. Anunciaban que un pequeño volcán acababa de surgir en medio de los apacibles campos de San Juan Parangaricutiro, en el estado de Michoacán.

En la noche del 22 al 23 de febrero, la noche siguiente, nos despertamos presos de un extraño asombro. Las camas flotaban como canoas sobre un lago agitado. La sólida casa de piedra y cemento armado se tambaleaba pesadamente, lentamente, en lentas sacudidas sucesivas. El oleaje de la noche la levantaba, la inclinaba, dejándola recuperar el equilibrio momentáneo de una pausa, de aquella pausa imperceptible que el péndulo debe hacer para retomar su curso. Laurette se despertó diciendo: «Jeannine, Jeannine», pero sin miedo, con una inquietud indiferente. Yo no experimenté miedo sino nauseas, pensamiento del miedo, pensamiento del peligro (¿la casa resistirá si continúa?)

La oscilación del mundo continuó, las persianas estriadas de un destello nocturno tenían el movimiento de los cables telegráficos que observamos desde un tren en marcha. Un lienzo de Victor Brauner colgado al muro, La flor maravillosa en el corazón de cristal, obedecía a un balanceo mágico. Esto duró seis minutos y después, la presencia del cataclismo se convirtió en una evidencia simple. Los inquilinos se movían en los pisos, había en las escaleras el pánico concentrado de un bombardeo imprevisto. La electricidad no funcionaba y justamente, como es conveniente, no teníamos fósforos en las manos. «Se ha terminado», dijo al fin Laurette, puesto que yo no me había dado cuenta.

Me parecía que esto no podía, no debía terminar… ¿Por qué la tierra recuperaba su engañosa estabilidad? Jeannine, instalada en la oscuridad,los ojos de sus nueve años agrandados por la incertidumbre, habló con una voz alegre: ¡Ah, temblor! En la calle, la gente en pijama estaba también contenta. Hubo, al parecer, una segunda sacudida menos fuerte que, vueltos a dormir, no logramos percibir. —Esto suscita un pánico animal tan profundamente diferente al del pánico humano, que la conciencia permanece en reposo. Un enorme sentimiento de impotencia se instala al fondo del ser. Sentimos la tierra flotar sobre aguas abismales que son de fuego, la sentimos, no la pensamos hasta después. Tenemos la vaga idea de un rompimiento de montañas inexorablemente simple.

Por la mañana, Fritz Fraenckel me dijo en su casa que ayer en la tarde habló con Alice y Otto Rühle de temblores… ¿Estaba por lo tanto «en el aire»? —«¡Pero claro, mi amigo, todas las catástrofes imaginables y algunas otras están en el aire ahora!» —Esta es la evidencia misma: me cuenta del divertido pánico de dos sabuesos, Max y Schnaps que recorren la casa trastornados, con lamentables ladridos de angustia. Después: —Usted sabe, yo tengo una clienta interesante, una encantadora mujer joven incapaz de hacerle mal a una mosca y que sufre de una obsesión por matar (creo que la conozco de vista: pequeña y rubia, rostro cortante, ojos azules, tez anémica, boca grande y lindos bucles; medio muchacho elegante, una pequeña parisina o vienesa muy simpática). Ella acaba de contarme que esperaba un terremoto, tan segura de su intuición que ya había preparado su ropa y su bolsa para tener todo a la mano, como uno hace cuando sabe que la Gestapo vendrá. Que no tuvo miedo, pero que hasta que escuchó aullar en la esquina a los bomberos y las sirenas de las ambulancias, pudo experimentar un alivio…

  •  Tenemos necesidad, dije, de estas pequeñas experiencias cósmicas para completar nuestras experiencias sociales… Y me di cuenta de que lo pensaba muy en serio y no por la ocasión. Todo está relacionado, falta quizá aún al Tiempo de la Destrucción y la Masacre que las rocas se agrieten, que las montañas se truenen y que surjan del Océano nuevos Andes. Lo siento como los artesanos de la Edad Media que, en su caos ordenado, se nutrían del Apocalipsis, esperaban el Año Mil.

    Traducción y selección de Emiliano Quintana


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