Sábado 7 de noviembre de 2015
La Bombonera precedente, la que se reformó en el ’96, contaba en su geografía con un foso: un foso de aguas pestilentes, tomadas acaso del Riachuelo, tan próximo como infestado. Aunque carente, según creo, de cocodrilos y alimañas mayores, albergaba sin dudas un manantial tan abundante en focos infecciosos que bastaba para asegurar su función primordial de desalentar la osadía de algún cruce.
No obstante, un poco bajo la idea de que los límites existen ante todo para que se los transponga, sucesivos chicos o muchachos hinchas de Boca, valiéndose de increíbles varas o de lazos para proezas, o lisa y llanamente zambulléndose y luego nadando y luego trepando, cruzaron a lo largo de los años ese foso y saltaron al campo de juego.
¿Ahí qué hacían? Palmear la espalda de algún ídolo hospitalario, colarse en la foto oficial del primer equipo, pegarse un revolcón gozoso en el césped sacrosanto. Si el foso, como tal, suscitaba una reminiscencia medieval, la “invasión de campo” por parte de estos hinchas comunes admite ser pensada en los términos en que Mijaíl Bajtin caracterizó a la cultura popular (especialmente en esto: la anulación de las fronteras entre el contemplador y lo contemplado).
En las memorables jornadas de celebración de campeonato, la clásica invasión de campo veía duplicarse sus típicos efectos de irrupción y de desborde. Así es la alegría: expansiva, incontenible, pululante, un hormigueo. Los hinchas traspasaban el foso para acceder a la celebración, o mejor dicho para formar parte de la celebración, y en rigor de verdad para llevarla a cabo: para hacerla realidad. La vuelta olímpica se daba en una carrera de euforia de hinchas y jugadores entreverados por la pasión; el ser llevado en andas (cfr. las tapas respectivas de la revista El Gráfico: Maradona llevado en andas en 1981, el Beto Márcico llevado en andas en 1992) como resumen inmejorable de la idea de que los ídolos son elevados por sus admiradores a la condición de tales, la idea de que los futbolistas llegan a la gloria sostenidos por sus propios hinchas. La cesión de camisetas a las manos humildes de quienes no podían pagarlas expresaba una gratitud y a la vez hacía justicia: era un don a la vez que una devolución, obsequio y pago de deuda.
Las cosas visiblemente cambiaron, en esta cancha y en todas (pero esta, la de Boca, era y es la de la cercanía con la tribuna, era y es la de la fiesta popular por excelencia). Las celebraciones en el fútbol (de un gol, de un campeonato), no menos que fuera del fútbol, ya existen menos para ser vividas que para ser filmadas, más para la imagen que para la experiencia. Se sale campeón y se festeja así: para la televisión.
Antes que nada, se monta un escenario, lo que es de por sí la prueba de que lo que viene a continuación algo habrá de tener de una actuación. Está estrictamente pautado cómo y cuándo hay que saltar y abrazarse, cómo y cuándo empiezan a llover los papelitos. En el campo de juego no hay hinchas comunes; las camisetas no se donan, se obtienen con rudos forcejeos o bien, en los días de entrenamiento, se les suministran a los barras bravas para su atesoramiento personal o para su comercialización espuria. Los jugadores celebran igualmente entreverados, pero ahora con los fotógrafos y los camarógrafos, que deciden prescindir del zoom y encimarse para hacer su trabajo. Las alegría está pautada, la FIFA dicta el protocolo: primero una ronda pavota, donde los jugadores se agarran de la mano y giran como en una tarde de jardín de infantes; luego se da la vuelta olímpica, subidos a algún medio de transporte (en estadios con pista atlética) o bien caminando con la parsimonia y la leve distracción que son propias de un paseo en un centro comercial. Por fin, treparse a los arcos, una práctica que surgió como un exceso de alegría en el cuerpo, y hoy se ensaya con la decorosa puntualidad del que cumple con una instrucción.
Se estila cantar, todavía, aunque cada vez se sepa menos por qué, esta rabiosa dedicatoria a los rivales: “Es para X que lo mira por tevé”. Esa letra se creó bajo la premisa de que el ganador, por ganador, era quien vivía la fiesta y estaba en el acontecimiento; los otros, los derrotados, eran los que por definición estaban ausentes de la fiesta, relegados a la mera contemplación, mortificados en el hecho de tener que verlo todo por televisión.
La fiesta popular está así claramente en disputa: tironeada, hoy por hoy, en los hechos, entre la algarabía aun espontánea de las tribunas y la administración hiperpautada de la dicha por parte de la organización deportiva y el montaje de espectáculos audiovisuales. El foso, como quedó dicho, ya no existe más: tal vez porque ya ni siquiera hace falta.

Martín Kohan
Escritor, ensayista y docente. Entre sus últimos libros publicados de ficción está Fuera de lugar, y entre sus ensayos, 1917.