Las culpabilización de los contagios se descarga sobre la juventud mientras sus posibilidades de ocio se reducen. De casa a la universidad, de la universidad al trabajo y del trabajo a casa. La Covid evidencia el problema del ocio entre los y las jóvenes. Hoy lo debatimos.

Pablo Castilla Contracorrent Barcelona - estudiante de Filosofía, Economía y Política en la UPF
Jueves 10 de diciembre de 2020
La criminalización de los y las jóvenes ha estado a la orden del día desde que se inició la pandemia. El aumento de las políticas restrictivas ha sido la tónica común del gobierno central y los autonómicos a la hora de atajar la crisis sanitaria. Una gestión policial de la situación que se descarga sobre la juventud.
Las contradicciones saltan a la vista. En las universidades, impusieron una docencia online parcial o total - sin garantizar los recursos necesarios a quien los tiene- con la excusa de reducir el riesgo de contagio. Sin embargo, los y las estudiantes tienen que seguir tomando el transporte público abarrotado o yendo a trabajar en lugares sin condiciones de seguridad para poder pagar las matrículas abusivas.
El ocio, un producto más para el capitalismo
Quieren que vayamos de casa a clase, de clase al trabajo y del trabajo a casa. ¿Y el ocio? El cierre de bares y discotecas, la prohibición de fiestas y las limitaciones de actividades deportivas y culturales ha reabierto el debate acerca de la posición que ocupa el ocio en nuestra sociedad.
La limitación de la presencialidad en las universidades e institutos no solo degrada la calidad de la enseñanza, sino que fomenta el desarrollo de una personalidad más individualista y aislada de la comunidad. Asimismo, las posibilidades de autoorganización también se ven limitadas, pues los centros de estudio son uno de los principales espacios donde los y las estudiantes se reúnen y discuten políticamente sobre sus problemáticas y como enfrentarlas. El desarrollo de identidades individualistas es perfecto para un sistema capitalista que necesita debilitar la solidaridad entre trabajadores.
El ocio y esparcimiento, una cuestión que afecta directamente a la salud mental como ha demostrado la pandemia, se convierte en el capitalismo en un producto más para la industria. Así vemos como la música, el cine o el deporte son cooptados por las lógicas neoliberales y convertidos en grandes negocios. Las opciones que tenemos de poder disfrutar de ellos están mediadas por el dinero, desde la cuestión más simple como poder tomarte algo en un bar, hasta ver una ópera en vivo, pasando por disfrutar de un partido de fútbol por televisión.
La diversión bajo vigilancia policial
La gestión policial de la pandemia ha limitado todavía más las opciones de ocio de la juventud, que ya eran escasas antes del coronavirus. El famoso “botellón” representaba la alternativa asequible para muchos y muchas jóvenes que no querían o no podían permitirse ir a bares o discotecas con precios absolutamente abusivos. Además, la industria del ocio nocturno mantiene estereotipos machistas, racistas, clasistas y LGBTIfóbicos en sus criterios de entrada.
Aunque ahora se ha hecho hincapié en prohibir beber en la calle, consumir bebidas alcohólicas en la vía pública tampoco estaba permitido antes. Los y las jóvenes que optaban por esta vía como única alternativa lo hacían estando constantemente alerta para evitar ser multados por la policía, sufriendo un trato discriminatorio por cuestiones raciales o de vestimenta.
Los centros okupados autogestionados representan una de las pocas opciones asequibles para la juventud, pero también están en el punto de mira de la policía. Los “ayuntamientos del cambio” tampoco se separan aquí de la vieja política y así lo demuestra la orden de cierre del Casal Tres Lliris en la ciudad de Barcelona gobernada por Ada Colau.
El ocio no escapa a la clase: liberación para unos, alienación para otros
El ocio es una necesidad para la salud mental. La pandemia no solo ha afectado a lo laboral, sino también a lo psicológico. Según un informe publicado por la OIT, un 50,2% de los y las jóvenes entre 18 y 29 años a nivel mundial presentaban posible ansiedad o depresión.
En el sistema capitalista, se pretende crear un ocio que o bien sea alienante, o bien sea inaccesible económicamente. Miles de jóvenes de barrios pobres, después de crecer rodeados de precariedad y miseria, acaban cayendo en fuertes adicciones tratando de evadirse de la miseria del día a día. Convertir a la juventud obrera y estudiantil en adictos y dependientes es preferible para el capitalismo antes que la posibilidad de que ésta se organice contra el dicho sistema. El Estado -buen gestor de los intereses del capital- contribuye a esta realidad negándose a tirar hacia adelante políticas no represivas totalmente gratuitas en el ámbito sanitario para quienes sufren adicciones.
Además, mantiene la hipocresía de legalizar ciertas sustancias como la nicotina o el alcohol, mientras ilegaliza otras como el cannabis, en lugar de legalizar las drogas con un control sobre su calidad y la distribución de información científica sobre sus efectos -cualidades y peligros.
Las diferencias de clase también se notan aquí. Los y las jóvenes de clase privilegiada cogen menos el transporte público, tienen segundas residencias a las que ir, dinero para reservar locales privados, alquilar casas a las afueras y, si quieren, hacerse un control de la Covid con mayor frecuencia que quienes trabajan en residencias de ancianos.
La otra cara de la moneda, la juventud de clase trabajadora, la que vive en pisos pequeños en barrios hacinados y se le dice que vaya de casa a la universidad -si se la puede permitir- de la universidad al trabajo y del trabajo a casa.
¡Basta ya de tanta persecución e hipocresía! Pretenden responsabilizarnos de la muerte de nuestros abuelos y abuelas los mismos que recortaron miles de millones en sanidad pública. Nos dicen que hay salvar Navidad, cuando en realidad quieren decir salvar los beneficios de los capitalistas enviándonos a trabajar con mayor precariedad. Es totalmente cínico.
El coronavirus ha dejado claro que para los capitalistas y los gobiernos que gestionan sus negocios tan solo somos mano de obra que mantener sana fuera del trabajo para poder volver a producir al día siguiente. Sobrevivir para trabajar y trabajar para sobrevivir. Nunca el concepto de la alienación marxista fue tan crudo.
Otra sociedad, otro ocio
Queremos alternativas de ocio seguras y asequibles, pero sabemos perfectamente que esto no puede ser algo aislado, sino una demanda integrada en lucha contra el capitalismo de conjunto. Antes debemos señalar a empresas y gobiernos como los verdaderos responsables de gestión criminal de la pandemia; pelear por medidas sanitarias y no policiales, por contratar a más profesorado en condiciones dignas y habilitar espacios para el estudio para garantizar el máximo grado de presencialidad posible.
Pero para pelear por el ocio, hay que pelear por la autoorganización. Una autoorganización de la juventud junto la clase trabajadora en lucha, de los explotados del mañana con los explotados del presente, para luchar por una salida revolucionaria que tumbe este sistema capitalista y nos permita construir una sociedad donde nos liberemos del trabajo asalariado y utilicemos la tecnología para que el trabajo humano necesario para subsistir sea cada vez menor, ampliando así el tiempo de dedicación al ocio y disfrute de la vida.