El pasado martes 29 de septiembre tuvo lugar en Cleveland, Ohio, el primer debate presidencial entre los candidatos Donald Trump y Joe Biden. Cristalización de estrategias electorales, dos relatos flojos de papeles y mucho olor a naftalina.

Luca Bonfante @LucaBonfante98
Jueves 1ro de octubre de 2020 02:06
Entre acusaciones cruzadas, ironías e interrupciones permanentes, los dos candidatos a la presidencia de los Estados Unidos llevaron a cabo el primero de los tres debates presidenciales que serán televisados el próximo 15 de octubre y 22 de noviembre. Los ejes del primer encuentro fueron: el destino de la Corte Suprema, el coronavirus, el estado de la economía estadounidense, las protestas contra el racismo y la integridad de las elecciones.
Cristalización de estrategias
Si los debates entre los aspirantes a la presidencia (o a los que aspiren retenerla) tienen como fin proporcionar información para los votantes, podría decirse que el primer encuentro entre Trump y Biden fracasó rotundamente. Así también lo reflejaron las encuestas, solo un 17% de los encuestados por la cadena CBS decía sentirse “informado” tras verlo, frente a un 69% de “irritados”.
Cualquier persona que siga más o menos de cerca la campaña electoral de los Estados Unidos y que haya visto el debate presidencial entre el candidato por el Partido Demócrata de 77 años, Joe Biden y el actual presidente de los Estados Unidos y candidato por el Partido Republicano de 74 años, Donald Trump, se habrá dado cuenta que el duelo televisado, lejos de ser un punto de inflexión o un giro brusco en la campaña electoral, se transformó en un eslabón más de la que viene siendo una de las campañas electorales norteamericanas más polarizadas y encendidas de la historia.
Por su parte, la reiterada mención a “las calles” en el debate presidencial terminaron de dejar en evidencia, por si quedaba alguna duda, que la campaña electoral y los comicios están atravesados y se realizan en un escenario donde la calle es un terreno en disputa y a la sombra de un imponente movimiento de masas, encabezado por la juventud, contra el racismo y la violencia policial, combinado con la crisis social y económica profundizada por el coronavirus. Por su lado, la expresión en las calles y la radicalización de grupos de extrema derecha también se hizo presente en la noche del martes en Ohio, "Proud Boys, retrocedan y estén alerta" exclamaba Trump luego de que lo presionaran para que condene a las milicias de supremacistas blancos.
Las estrategias electorales del trumpismo concentradas en la extrema polarización, los intentos de disuadir los votos que podrían ir para el enemigo y la voluntad de Biden de ubicarse en el extremo centro como aquel que todo lo abarca y contiene, se consolidaron y cristalizaron durante el debate, aunque no sin mostrar sus contradicciones.
Polarización y desvío
El lunes 28 de septiembre, Channel 4 News de Gran Bretaña reveló que la campaña de Trump del año 2016 se había dirigido a votantes negros individuales con anuncios en las redes sociales destinados a mantenerlos alejados de las urnas. ¿En qué consistían estos anuncios? En testimonios de la ex candidata Hillary Clinton, que se refirió a la comunidad negra como "superdepredadores", haciendo referencia a la “delincuencia”. Ella había dicho esas palabras veinticinco años antes, durante la era en la que Bill Clinton y el actual candidato presidencial demócrata Joe Biden, impulsaban los proyectos de ley contra el crimen y la asistencia social que superpoblaron las cárceles de Estados Unidos de afroamericanos.
Ahora, el trumpismo parece estar queriendo repetir la misma operación y estrategia de "disuasión" dirigida a los votantes negros para “desentusiasmarlos” y alejarlos de las urnas. Durante el debate, Trump no se olvidó de recordarle a ”sleepy Joe” (“Dormilón Joe”, como apodó a Biden) su participación en la redacción y el impulso de la Ley de Control de Delitos Violentos de 1994, que impuso sentencias más severas para una amplia variedad de delitos; alentó el enjuiciamiento de los jóvenes como adultos; incentivó a los estados a construir más prisiones y cárceles, entre otras cosas. Estos intentos de desencantar a los votantes que podrían optar por el contrincante demócrata, dejan al descubierto algunas verdades, contradicciones y el desfasaje entre dos mundos.
Una de las contradicciones es la impresionante ilustración del oportunismo e hipocresía del Partido Republicano y del racista de Donald Trump, que se da el lujo de acusar de racistas a sus oponentes y acto seguido, con diferencia de unos pocos minutos, envalentonar a los grupos supremacistas blancos. Una de las verdades, es la imperceptible diferencia sobre los temas más importantes entre los dos candidatos como veremos a continuación. Y por último pero no por eso menos importante, el desfasaje existente entre el mundo del “palacio” y el mundo de la “calle”.
La diferencia es de forma. La estrategia de Trump de arrinconar a Biden durante el debate tratándolo de “ultra-izquierdista” (contradictorio con el historial de Biden que el mismo Trump recordó) le permitió usar esta posición para controlar el encuentro. Si bien en el problema del racismo fue uno de los puntos donde Joe Biden demostró lo “flojo de papeles” que se encontraba, quedó demostrado también su verdadero rostro luego de que Trump lo acusara de realizar “concesiones” a los “socialistas radicales” (Bernie Sanders y Alexandría Ocasio-Cortez) como la propuesta de Medicare For All, bandera de Sanders en las primarias, que Biden rechazó inmediatamente luego de que el candidato republicano lo acusara. Algo parecido sucedió cuando se abordó el problema del medioambiente con el Green New Deal y el desfinanciamiento de la policía (demanda protagonista de las movilizaciones contra el racismo).
Las ilusiones de que un gobierno demócrata pueda resolver pacíficamente y por la vía reformista algunas de las demandas de las que se hacen eco sectores importantes de la juventud que vienen ocupando las calles contra el racismo y la violencia policial, sin duda alguna tuvieron su correlato en las elecciones primarias y candidaturas del Partido Demócrata. Cori Bush, activista del Black Lives Matter, Jamaal Bowman, Rashida Tlaib e Ilhan Omar, la congresista de origen somalí que arrasó en las primarias de su distrito en Minnesota, fueron algunas de ellas y son usadas por Trump para su estrategia polarizadora, lanzando todo tipo de acusaciones (muy poco creíbles y bizarras) como la idea de que el Partido Demócrata está controlado por la "extrema izquierda".
Estas victorias electorales de candidatos/as progresistas contra políticos tradicionales tienen un carácter contradictorio, por un lado son la expresión distorsionada en la superestructura política de un giro hacia izquierda de la situación que se viene gestando hace años pero que pegó un salto con la rebelión que estalló tras el asesinato de George Floyd y por otro lado cumplen el rol de cubrir el flanco izquierdo de este partido, que históricamente fue el instrumento privilegiado de la clase dominante para actuar como "cementerio" de movimientos sociales y funciona como gran obturador del camino a la radicalización política de las masas. Como demostró Biden, no hay expresión distorsionada de lo nuevo dentro del Partido Demócrata que pueda tapar el olor a naftalina que inundan los descompuestos y viejos partidos del régimen.
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Ambos partidos, tanto el Demócrata como el Republicano, representan un callejón sin salida para resolver los problemas estructurales del capitalismo. Más de un millón de muertes producidas por el COVID-19, incendios forestales de gran magnitud en diferentes partes del mundo, el aumento exponencial de la miseria y el padecimiento de las masas que aumenta día tras días mientras un puñado de empresarios y magnates se enriquece sumado a la falta de perspectivas de la juventud en un futuro bueno para sus vidas. Nada de eso puede ser solucionado por Trump ni Biden, ellos responden a otros intereses.
Las consecuencias a largo plazo del desfasaje entre el “palacio” y las “calles”, o dicho de otra forma, entre cómo se expresan en la superestructura política los intereses de las grandes mayorías trabajadoras, sectores populares, jóvenes y negros que tomaron las calles, aún se desconocen. Las elecciones, sin duda alguna, le ofrecen a la clase dominante una gran oportunidad para sacar a las masas de las calles y llevarlas a las urnas, con la ilusión de que un gobierno demócrata pueda resolver pacíficamente y por la vía reformista algunas de las demandas. La historia dirá si este viejo artificio de la gran burguesía es suficiente para un desvío total.
Lo que si es seguro, es que para pelear por esa perspectiva y contra el avance de la extrema derecha, es necesario poner en pie un tercer partido que no esté atado de pies y manos para defender los intereses de la clase oberera, la juventud, los sectores populares y las mujeres. Se reafirma de esta forma la necesidad de poner en pie un partido socialista revolucionario en el corazón del imperialismo norteamericano. En esa pelea están los y las compañeras que impulsan Left Voice.