Al poderoso ex secretario de Hacienda (doctor en Economía) lo echaron de su cargo por la puerta chica, y regresó por la ventana grande convertido en pretendido esforzado aprendiz de diplomacia, para ocupar nada menos que la Cancillería mexicana, desde donde llevará las relaciones diplomáticas, comerciales y militares con la primera potencia imperialista del planeta.
Viernes 13 de enero de 2017
Su primera declaración, después que su grupo que encabeza Peña Nieto desplazara a Claudia Ruiz Massieu de Relaciones Exteriores, fue que impulsará una política independiente con “dignidad y soberanía” en el trato con el país que se llevó la parte del león con el TLC -devastando el campo y creado una clase trabajadora semiesclava; que impuso a México el rol de policía fronterizo en el sur para frenar emigración a los Estados Unidos, entre otras cosas.
Para una persona ligada a los centros financieros internacionales donde se definen los destinos del sistema económico que rige las reglas de la economía mundial y los destinos de las semicolonias como México -cuya deuda externa bajo su conducción en Hacienda alcanzó el 45 ciento del PIB-, no es un problema no ser versado en diplomacia para llevar una relación que estará marcada por la aceptación de los mandatos del ya casi presidente Trump. No es necesario.
Desde la etapa del primer imperio de resistencia al expansionismo del vecino incómodo del norte mediante la Doctrina Monroe -anexión de Texas en 1845-, hasta el inicio de la intervención estadounidense que terminó con el robo de más de la mitad del territorio nacional negociado por el entonces presidente Antonio de Santa Anna, o la resistencia del liberal Juárez a la intervención francesa que nos había convertido otra vez en Imperio -Maximiliano de Habsburgo-, la diplomacia mexicana no ha sido ni digna ni soberana.
Si ya México es un país en remate en manos de los mercaderes que lo gobiernan, bajo la “era Trump” -que implica un gran giro en la subordinación al gobierno de los Estados Unidos- la política “nacionalista” de Peña Nieto consistirá en aceptar las grandes decisiones de Trump para no provocar un enfriamiento de las relaciones comerciales -es obvio que México no es el gigante chino- ni la “ayuda” económica y militar. Pues como dijo Peña Nieto, no es su intención tener roces con el país al cual se exporta el 80% de las manufacturas. Y no tiene ningún plan para resistir -así sea formalmente- la ofensiva trumpista.
El aprendiz de diplomático, pero maestro en entrega, tiene como misión negociar esta subordinación de manera que no sea tan brutal. Para eso cuenta con la relación personal que mantiene con Jared Kushner, el yerno del presidente electo de los Estados Unidos.
La impotencia de un gobierno dependiente
Peña Nieto, que ha seguido fielmente los dictados del gobierno de Obama -guerra contra las drogas, déficit fiscal bajo, política migratoria de Washington, ejercicios militares conjuntos bajo el mando del Comando Norte, etc.-, no puede cambiar la agenda del magnate Trump a través de las relaciones personales de su amigo Videgaray.
El carácter semicolonial del país, está determinado por los compromisos que encadenaron a México a la economía de los Estados Unidos, y el grado de integración a su cadena productiva -y las necesidades de exportación e importación estadounidense-, y las necesidades de la política de “seguridad nacional de la Casa Blanca”. El TLC acordado con Estados Unidos y Canadá es un ejemplo.
¿Cómo va a evitar Videgaray el lastre que significa para el crecimiento de la economía el pago de la deuda externa, flagelo que llevó a que agencias internacionales como Standard and Poor, el año pasado cambiaran la perspectiva de la calificación soberana de estable a negativa?
¿Cómo piensa el aprendiz de canciller, en sus amistosas reuniones con el yerno más popular del mundo, revertir la crisis del campo provocada por la apertura comercial a las agrobussines estadounidenses? Una crisis que provocó la gran emigración de campesinos pobres a los EE.UU., o que los llevó a emplearse como jornaleros en condiciones de sobre explotación en lugares como el Valle de San Quintín.
¿Cómo evitará que, el sector automotriz -el más dinámico de las exportaciones manufactureras- no sufra un retroceso por los punitivos impuestos anunciados por Trump a las exportaciones de automóviles a los EE.UU., lo que repercute en toda la cadena productiva ligada al sector?
¿Acaso México hará lo mismo con las exportaciones del norte a nuestro país?
Y si ya Peña Nieto falló en la meta de creación de empleos, ahora menos podrá subsanar el déficit en este renglón de la economía que tiene grandes repercusiones sociales.
Si con Obama, la subordinación de Peña Nieto posibilitó un salto en la deportación de emigrantes, ¿qué argumentos convincentes tendrá Videgaray para evitar que el xenófobo y racista Trump no eche a los millones de mexicanos que prometió? Hasta ahora, su respuesta impotente y complaciente fue organizar la atención a nuestros compatriotas repatriados.
Finalmente ¿con qué artes da la “diplomacia amiga”, Videgaray evitará que las declaraciones de Trump, o sus exabruptos a golpe de twitter, golpeen nuestra moneda que se devalúa cada vez que el magnate abre la boca.
¿Acaso la Cancillería dará cursos de “soberanía y dignidad” a sus diplomáticos que sí tienen carrera para actuar con valiente independencia? Con tanta subordinación de los gobiernos de la alternancia, nadie cree que el entreguismo de Peña Nieto cambie con rimbombantes declaraciones nacionalistas.
Es evidente que la lógica para negociar de nuestro flamante canciller y de su jefe, sea la de Santa Anna -nuestro mejor vendedor como dice la canción-, y que veamos más duros intentos de ataque a las condiciones de vida de la clase trabajadora y de otros sectores de la población -como el “gasolinazo” que afecta inicialmente a la clase media-. Pero, como lo muestran las movilizaciones en todo el país contra esta medida, se avizoran nuevos escenarios de enfrentamientos entre los de “arriba” y los de “abajo.
Solamente un gobierno de obreros y campesinos puede luchar por la soberanía y la independencia nacional y romper los pactos que atan al país al imperialismo. Es necesaria la construcción de un partido revolucionario que luche por esa perspectiva.
Como parte del rechazo a la ofensiva de Donald Trump y la subordinación del gobierno priísta de Peña Nieto, La Izquierda Diario y el Movimiento de Trabajadores Socialistas estamos convocando a la marcha del 20 de este mes, de la Embajada de los Estados Unidos al Zócalo.

Mario Caballero
Nació en Veracruz, en 1949. Es fundador del Movimiento de Trabajadores Socialistas de México.