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Sociedad. Discriminación 4.0 o la tecnología al servicio del prejuicio

A propósito del Google Research Award 2016 otorgado a dos investigadores del CONICET.

Pablo Minini

Pablo Minini @MininiPablo

Lunes 8 de agosto de 2016 13:55

Dos investigadores argentinos del CONICET fueron distinguidos con el Google Research Award 2016 por el proyecto de desarrollo de una aplicación web que a través del procesamiento automático de texto permitiría a los psiquiatras y psicólogos diagnosticar psicosis por esquizofrenia. Dicho proyecto ya fue expuesto en la comunidad internacional en la revista Nature. 1

Según los investigadores, la aplicación rectifica una desventaja de la psiquiatría: la ausencia de un test clínico diagnóstico objetivo, como sí poseen otros campos médicos.

Los investigadores están firmemente posicionados en el campo de las neurociencias y el análisis computacional del comportamiento y sus bases neurobiológicas. La única prueba de la aplicación fue el análisis de las entrevistas de treinta y cuatro pacientes con riesgo de contraer esquizofrenia tratados en Estados Unidos a lo largo de dos años y medio. El resultado fue un envidiable nivel de exactitud del 100%: desarrollaron esquizofrenia los cinco pacientes que la aplicación predijo que iban a desarrollarla. El análisis se basa en la coherencia semántica de los dichos, la longitud de las frases, el uso de pronombres y la riqueza o pobreza del vocabulario. La lógica es sencilla: a mayor desviación de la norma en cuanto al uso del lenguaje, más probabilidad de desarrollar síntomas acordes a la esquizofrenia.

En un estudio plagado de arbitrariedades y prejuicios, destacan algunos puntos. El primero es que tres de los treinta y cuatro pacientes no tenían al inglés como idioma materno, sino que lo habían aprendido como segunda lengua. Ya hace años, la investigadora Terrie Epstein demostró en Estados Unidos que niños afroamericanos y caucásicos (todos nativos del país y cuyo idioma materno era el inglés) armaban sus frases de forma semántica diferente. Con el perjuicio consiguiente para los niños afroamericanos en un sistema educativo organizado por caucásicos para caucásicos. Los investigadores del CONICET tal vez desconocieran esos estudios ya clásicos.

Otra falencia que presenta el estudio es la pobreza del criterio para definir esquizofrenia. El diagnóstico está centrado en la conducta y los síntomas observables, tal como lo define la psiquiatría estadounidense. El hecho grave es que diagnosticar de esta manera implica colocar a las personas como objetos individuales cuya conducta es observada y recortada. En defensa de los investigadores argentinos se puede argumentar que ellos sólo se limitan a obedecer el canon establecido por sus profesionales de referencia, los psiquiatras de Estados Unidos.

De lo anterior se desprende que los dichos de los pacientes fueron analizados semántica y sintácticamente de acuerdo a una serie limitada de variables. En la vida real y en la clínica con pacientes, por ejemplo, no se pide la misma rigurosidad sintáctica a un artículo científico que a un poema; no se usa el mismo parámetro semántico para un manual técnico que para una metáfora o un chiste; no se pide la misma coherencia a un discurso que a la asociación libre. Los investigadores se comportan como si las personas jamás usaran la poesía ni hicieran chistes. O, tan siquiera, como si todas las personas tuvieran un vocabulario extenso.

Pero la tercera falencia, la más peligrosa, es que apoya la funcionalidad de los diagnósticos en salud mental. Porque tener una herramienta precisa de diagnóstico no asegura que el paciente vaya a sacar provecho de eso. Si un cardiólogo diagnostica una cardiopatía y recomienda bajar el estrés y hacer ejercicio, tanto a un empresario como a un obrero, tal vez haya acertado en el diagnóstico, pero la recomendación igual para todos no considera las posibilidades materiales y efectivas que tiene cada paciente de cumplirlas.

Hace años que se cuestiona el uso que se hace de los diagnósticos en salud mental, pues decir esquizofrenia tiene todavía, por desgracia, una connotación negativa y limitante. Diagnósticos que olvidan el contexto social y etiquetan al individuo, encasillándolo en un trastorno. Que en general son utilizados por las empresas para justificar los despidos o represalias contra sus trabajadores o por las instituciones educativas para estigmatizar a los estudiantes. Carpetas psiquiátricas, dispositivos de integración escolar, entre otros, que replican situaciones de discriminación y segregación de la diferencia propia de las personas.

¿Estamos en contra de los diagnósticos en salud mental? ¿O de los diagnósticos en general? De ninguna manera. El diagnóstico permite dirigir la clínica, en todas las prácticas de salud. Pero nos interesa un diagnóstico que respete la subjetividad de la persona y que tenga en cuenta las circunstancias de clase, de género, de edad. Y no sólo los determinantes biológicos o neurofisiológicos.

Tal vez, estos investigadores puedan repensar qué tipo de dispositivo virtual están desarrollando, quién los financia o, tan sólo, pensar qué implicancias tiene un diagnóstico en salud mental reducido al cerebro, la conducta y el individuo. Al menos para no incurrir en el mismo argumento que Bayer, productor del Zyclon B: ellos solo hacían pesticida; lo que hicieran los nazis con él, no era su responsabilidad.

1. Conicet