El tema LGTB ha estado en debate los últimos meses, la polarización se nota y los derechos mínimos se ven cada vez menos lejanos pero, ¿hasta dónde se profundiza el debate? ¿Nuestro horizonte se debe limitar a los alcances democráticos?
Jueves 5 de octubre de 2017

Aparte de vivir cotidianamente las miserias de la clase trabajadora, como diversidad sexual debemos luchar muchas veces contra los prejuicios que la burguesía impone, muchas veces debemos ocultar nuestra tendencia sexual antes de ingresar a un trabajo, llenamos formularios donde debemos indicar que somos “normales” y ni hablar de especificar enfermedades como el VIH, incluso debemos enfrentarnos a los guetos “hechos para los fletos y lelas”, que son la consecuencia del sectoralismo impuesto por los capitalistas, reduciendo nuestras oportunidades laborales al estilismo, el retail o algún call center.
Lo mencionado va de la mano con la histórica imposición y limitación de nuestras conductas sexuales, en este marco el capitalismo convierte nuestros cuerpos en meros instrumentos de producción de ganancias, dejando como estatuto “natural” que la sexualidad humana debe ser solamente un método de reproducción, de esta forma tachando de pecaminosa o pervertida cualquier conducta sexual que no implique un hombre penetrando una mujer con el fin de procrear dentro de una relación monogámica.
Esta lógica burguesa se reproduce hasta el día de hoy, a pesar de que las problemáticas de la diversidad se hagan cada vez más visibles en algunos países, vivimos en una sociedad permeada por los conceptos supuestamente “naturales” de familia nuclear, lo cual se expresa tanto de manera estructural como cotidiana, dejando una gran brecha entre los derechos democráticos y las conductas del común de las personas frente a estos avances, en cortas palabras: “que se casen, pero lo natural es la relación entre el hombre y la mujer”.
En nuestros lugares de trabajo, en fábricas, es distintas obras de construcción, la homofobia y el machismo son elementos completamente naturalizados, es así como las consecuencias de las lógicas burguesas infectan a la clase trabajadora. En nuestros espacios es normal escuchar comentarios como “me encanta cachurear minas” o “van al baño juntos el par de maricones”; a simple vista son bromas, pero dando un análisis más objetivo, son productos de estas imposiciones de la sociedad capitalista.
Por otro lado, la situación de las compañeras trans es más miserable, pues al no haber ley de identidad de género, ni una exigencia general a las empresas de impulsar cupos laborales trans, las compañeras son relegadas a la prostitución, la misma prostitución que es perseguida por el Estado, tachada de delincuencia y decadencia social. En este marco es necesario levantar con fuerza las demandas de las y los trans por mismas oportunidades de subsistencia.
En el actual contexto de reacción en contra de la diversidad, nuestra ofensiva debe ser organizada, de la mano con las mujeres y los trabajadores. La necesidad latente de levantar comisiones de mujeres en los sindicatos también debe abrirse a la diversidad sexual y sus demandas, levantando espacios colectivos que sirvan no solo para llevar al frente las consignas, sino también para barrer con la homofobia que infecta y divide a nuestra clase.
Las tácticas del movimiento gay muchas veces se tratan más que nada de un shock en contra del hétero patriarcado, como por ejemplo las marchas donde se ve el exhibicionismo o demostrar cariño públicamente, lo cual no está para nada mal, pero esto supone más que la raíz de la homofobia está más presente en los individuos que en la raíz de los requerimientos de la sociedad capitalista.
Para luchar contra la homofobia estructural es necesario un cuestionamiento profundo a este sistema de miserias, como también oponerse al concepto estalinista de la “familia socialista”. Es necesario defender todos los avances que hemos logrado hasta el día de hoy, pero también es necesario luchar contra toda opresión en unidad con las mujeres, los trabajadores y los estudiantes. Hoy la homofobia sigue siendo un punto caliente para la burguesía más reaccionaria y la Iglesia, esta herramienta la ocupan en pos de defender el statu quo.
El rol de una organización revolucionaria debe definir la sociedad como un todo y oponerse al sectoralismo. Los marxistas luchamos contra cualquier forma especial de opresión (ya sea de la mujer, de los negros, de los jóvenes, de los aborígenes o de los homosexuales) sin perder de vista que la raíz de toda opresión es la sociedad de clases.

Javier Ilabaca
Estudiante de Periodismo, Universidad Central de Chile