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Red Internacional
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Debates. ¿Donald Trump es un fascista?

Frente al ascenso de Trump en las elecciones de EE.UU., varios sectores miran con horror cómo este personaje, al que tildan de “fascista”, asciende en las encuestas.

Óscar Fernández

Óscar Fernández @OscarFdz94

Miércoles 2 de marzo de 2016

En los últimos días han circulado en las redes sociales posiciones que plantean esta interrogante o que encuentran puntos de contacto con la campaña del magnate estadounidense.

No faltan las imágenes de la cara de Trump en el cuerpo de Hitler o comparaciones superficiales de personajes como el expresidente Vicente Fox que ha declarado que “Trump me recuerda a Hitler”. Es así como la pregunta ha circulado a ambos lados del Bravo: ¿es Donald Trump un fascista?

En EE.UU., ha circulado un video por redes sociales dando a entender este escenario. Difundido por el Huffington Post, el video inicia con esta pregunta, intercalando videos de Trump diciendo que puede “dispararle a alguien en medio de la Quinta Avenida y no perdería votantes” con dos definiciones, describiendo al fascismo con adjetivos tales como la “preocupación por el declinar, la humillación o el victimismo de la comunidad, así como por cultos compensatorios de unidad, energía y pureza” y una forma de gobierno que tiene “mítines, símbolos y coreografía política”, [1] añadiendo que tiene “una evaluación positiva [del] uso de la violencia, o disposición al uso de ésta”, una tendencia “a un estilo de mando personal, autoritario y carismático” y —lo más llamativo— “el uso de retórica racista”. [2]

En México, una nota de la revista Nexos escrita por Pablo Piccato y Federico Finchelstein titulada “Trump, fascismo y populismo” afirma que el populismo y el fascismo “tienen importantes conexiones históricas”.

Tanto el Huffington Post como Nexos dan una respuesta positiva; el video del primero da a entender tácitamente que sí: Donald Trump es un fascista, mientras que en la revista Nexos dicen que no lo es —sólo es populista (por ahora)—, pero que de ganar Trump, existe la posibilidad de que su gobierno dé pasos hacia el fascismo.

¿Qué es el fascismo?

El problema central de las definiciones liberales del Huffington Post y de la revista Nexos es que ambas se concentran en elementos coyunturales y superficiales, pero existen otras que explican la esencia de ese sistema. Ante el ascenso de Hitler en Alemania, el revolucionario León Trotsky formuló una definición más profunda del fascismo:

“Cuando un Estado se vuelve fascista no sólo significa que las formas y métodos de gobierno cambian según los parámetros establecidos por Mussolini —en este terreno, a fin de cuentas, los cambios juegan un papel menor—, sino, antes que nada y sobre cualquier otra cosa, implica la aniquilación de las organizaciones obreras: es necesario reducir al proletariado a un estado amorfo y crear una red de instituciones que penetren profundamente en las masas para obstaculizar toda cristalización independiente del proletariado. Es precisamente aquí donde reside la esencia del régimen fascista”. [3]

Franco, Hitler y Mussolini combinaban un discurso de denuncia demagógica a ciertos aspectos del capitalismo para atraer el favor de las clases medias empobrecidas por la crisis con una retórica de reconstruir sus imperios. Sus sistemas se basaban en un aparato propio de un país capitalista con claras políticas expansionistas y que en los hechos concentran políticas colonialistas sobre otros territorios, como lo fue la invasión italiana a Etiopía y la consolidación de la presencia de España en el Sahara.

El fascismo, basado en una ideología nacionalista, se adapta a los elementos particulares de un país; que la Alemania de Hitler hubiera adoptado un curso racista se explica por el largo historial que había en ese país de pogromos y persecuciones en tiempos de reacción, pero en Italia y España, las minorías étnicas estaban bien asimiladas en sus países.

Donald Trump… ¿fascista?

La política exterior que propone Trump poco tiene de expansionista y su discurso no parece ir en conflicto con el sistema económico actual: no habla de un sistema autárquico ni plantea una alternativa al sistema neoliberal vigente, sino que parece seguir la idea de un “estado mínimo” planteada por el Tea Party, estando muy lejos de señalar a la democracia estadounidense como un sistema fallido; Trump no pretende derrocar al gobierno —máxime cuando uno recuerda que en las elecciones legislativas pasadas los republicanos obtuvieron la mayoría.

Si bien en varios aspectos la campaña electoral de Donald Trump habla de “volver a hacer grande a EE.UU.”, no plantea nada más allá de mera retórica; como señalamos acá, la base social de Trump se compone de “una alianza de grandes millonarios con pequeños patrones junto a franjas de la clase media baja, que ya dio lugar a otros engendros por el estilo como el Tea Party”. Aquí es donde la acusación del supuesto fascismo de Donald Trump cae bajo su propio peso, ya que su base social es ante todo pluriclasista.

Por otra parte, la economía estadounidense ha tenido un relativo repunte en los últimos meses y la crisis económica que golpeó al país en 2008, si bien no se ha resuelto, sí se ha mitigado y no hay grandes sectores sociales en paro o desclasados, mientras que la lucha de clases se concentre por ahora en comunidades como los inmigrantes, las mujeres y el movimiento Black Lives Matter y no en la clase obrera, estando por ahora en un nivel relativamente bajo que hace que no se plantee (por ahora) la necesidad de que el fascismo sea la salida frente al “caos” y la “anarquía”. Asimismo, las fuerzas armadas estadounidenses siguen siendo obedientes al gobierno del presidente —sea quien sea— y sin un peligro de golpe de estado.

En resumen, decir que Trump es un fascista es un error. Trump propone medidas reaccionarias (como su propuesta de un muro con México y las deportaciones masivas de musulmanes), pero el peligro yace en su base social y va más allá de las elecciones; afirmar que él es nuevo Hitler es echar polvo sobre los ojos de miles y hacer sonar la alarma cuando el peligro aún no está allí. Como señalamos acá, si se quiere frenar el ascenso de la derecha y ponerle alto a sus ataques xenófobos, es imperativo que los inmigrantes, el movimiento BLM, las mujeres y la juventud se alíen para fortalecer a los sectores en lucha oprimidos por el capitalismo estadounidense.


[1Robert O. Paxton, The Anatomy of Fascism, pág. 218. Knopf, 2004.

[2Stanley G. Payne, Fascism: Comparison and Definition , pág. 6. Alianza, 1983.

[3Trotsky, L. “¿Y ahora? Problemas vitales del proletariado alemán”, La Lucha Contra el Fascismo en Alemania , Buenos Aires: Ediciones IPS-CEIP (2013), pág. 118.

Óscar Fernández

Politólogo - Universidad Iberoamericana

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