El parón de las clases presenciales y la docencia online ponen de manifiesto que la brecha digital del alumnado es también social y de clase, y la necesidad de dar un aprobado general ante esta dura realidad.

Jorge Calderón Historiador y Profesor de Secundaria, Zaragoza
Jueves 9 de abril de 2020
Como docente, llevo semanas “pegado” a una pantalla de ordenador, ante la suspensión, hace ya casi un mes, de las clases presenciales en todos los ámbitos educativos. Esto ha provocado, que, desde entonces, toda la docencia con mis alumnos y alumnas de secundaria y bachillerato, la tenga que hacer de forma virtual. Esta es una realidad, para la que, lo reconozco, no estaba en absoluto preparado. Pero si yo no estaba preparado, mucho menos lo estaba el sistema educativo en su conjunto, que al fin y al cabo, no es mas que un reflejo de la realidad socioeconómica del país.
La brecha digital es brecha social y de clase
En estas semanas de confinamiento que llevamos, una de las palabras que mas se repite es el teletrabajo. El gobierno anima a ello a todas las empresas en las que se pueda implantar. Nos dicen que es una buena solución para que el confinamiento obligatorio no impida que algunos sectores puedan seguir funcionado o para que muchas empresas no tengan que despedir, aunque sea temporalmente, a nadie.
En el ámbito educativo, esto es una realidad y toda la docencia ha pasado a ser virtual. Ya sea a través de actividades diarias que enviamos telemáticamente a nuestro alumnado, clases grabadas o emitidas en directo por webcam u otros medios digitales, los docentes intentamos, por todos los medios disponibles, suplir en la medida de lo posible, la falta de contacto directo que se da en las clases presenciales.
Pero esto, por mucha voluntad y empeño que pongamos, es absolutamente imposible. Nunca una pantalla de ordenador, un video grabado o una actividad y su posterior corrección telemática, puede sustituir el trato directo personal, las dudas y las explicaciones corregidas en persona, el trato humano y la conciencia de grupo que se crea con la convivencia en un centro educativo.
Además de esto, como decía, existe la llamada brecha digital. Con esto me refiero a que por mucho que nos quieran vender lo maravilloso de la docencia virtual, la llamada escuela 2.0 o que incluso, algunos “iluminados” dijeran que se puede sustituir la figura del docente e incluso las clases presenciales, la realidad y los fríos datos demuestran una realidad muy diferente.
En 2019, un estudio de la UE afirmaba que un 13,6% de los hogares españoles no están conectados a Internet, siendo el Estado español el cuarto por la cola entre los 27 países de la UE más Reino Unido. Otro estudio anterior del mismo organismo reflejaba como a pesar de ser la 5º potencia económica de la UE, si hablamos de desarrollo digital, baja hasta la posición 14. Además, incidió en que la conexión de internet del país, la fibra o red, es de las mas caras de Europa y de las menos extendidas de los países mas desarrollados de la UE.
Esta realidad digital, tiene un gran componente de exclusión social y constituye una gran fuente de desigualdad. El porcentaje de hogares sin internet u ordenador se concentra en los barrios mas pobres, familias en paro o con trabajos precarios. Incluso en los hogares con mejor situación económica que pueden tener acceso a internet, muchas veces solo hay un ordenador o soporte informático (tablet, etc). Objeto codiciado que en muchas ocasiones a lo largo de un día se tienen que turnar y compartir todos los miembros de la familia: el padre o la madre, o los dos, para teletrabajar, y los hijos o hijas para poder seguir la docencia virtual.
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¿La evaluación ha de estar por encima de todo?
La situación antes descrita, la estamos viendo diariamente, durante estas semanas los que nos dedicamos a la docencia. Todos los y las docentes, tenemos alumnos y alumnas, el numero depende evidentemente del contexto socioeconómico del centro educativo en el que trabajemos, que nos dicen que no tienen internet u ordenador, o que solo tienen uno que tienen que compartir 4 personas. Esto les obliga a no poder mandar las tareas, no poder seguir las clases online, o enviártelas tarde y mal porque las han tenido que hacer con el móvil.
Esta realidad, ha de tenerse en cuenta tanto a la hora de ver como evaluamos a nuestro alumnado este final de curso como por el volumen de actividad online que les enviamos. Muchas familias se quejan, con razón, de que estos días los docentes, les estamos abrumando a sus hijos e hijas, con un montón de tareas online a realizar. Esto no es que lo hagamos, evidentemente, por maldad, simplemente es por intentar suplir en la medida de lo posible la imposibilidad de darles clase presencial. Pero, y sobre todo a los niños y niñas más pequeños, no podemos cargarles de unas tareas excesivas, que no puedan realizar por la falta de medios digitales o que obliguen a unos padres y madres a un sobre-esfuerzo añadido, al de tener que cuidar todo el día de sus hijos e hijas en casa.
En cuanto a la evaluación y a la situación de aquí al final de curso en junio, hay un gran debate. Lo que parece claro es que las clases presenciales, si se recuperan, serán 15 o 20 dias en junio, justo antes del final de curso. De hecho, ya son muchas las universidades españolas, que ya han dicho claramente que ya suspenden las clases presenciales hasta el próximo curso. En la educación no universitaria, el debate esta en como evaluar y que contenidos dar mientras no se pueda volver a las aulas.
En Italia, que en toda esta crisis del coronavirus, es un situación casi igual que la de aquí mas que con una semana de antelación, han decidido dar un aprobado general para todo el alumnado. Todos los y las estudiantes pasarán al siguiente curso de forma automática con independencia de su nota en los primeros meses del curso escolar. No tendrán exámenes y serán calificados por su rendimiento en el año, también durante los últimos meses en los que han recibido educación a distancia. Los que tengan que hacer la prueba de acceso a la universidad, lo que aquí se llama EVAU, si que la tendrán que hacer ya sea oral o escrito, en función de la vuelta a las aulas o no, al igual que en el Estado español. En palabras de la Ministra de Educación italiana, Lucia Azzolina, el objetivo es “Asegurando el año escolar, ya que o tiene la certeza de que los estudiantes hayan podido acceder en las mismas condiciones a la educación a distancia ofrecida por los colegios estos meses y, por eso, no se les puede imponer exámenes”.
Aquí, esta semana, siguiendo las recomendaciones del Consejo Escolar del Estado (órgano consultivo que reúne a representantes de toda la comunidad educativa), tanto el gobierno central, como el de las comunidades autónomas, han decido seguir por otro camino al italiano. Han decidido continuar con la docencia hasta final de curso escolar, sea digital o presencial, y evaluar de forma personalizada, teniendo en cuenta las condiciones en las que estudia cada alumno para que ninguno se vea perjudicado por la crisis del coronavirus. Para esta evaluación, se tendrá en cuenta todo lo realizado tanto de forma presencial, como realizada durante estas semanas o meses son clases con docencia virtual.
Esta medida, a todos luces injusta ha sido inmediatamente criticada, tanto por las organizaciones estudiantiles, como por las familias de la escuela publica. Denuncian que: “Es intolerable que se dé más importancia a criterios estrictamente académicos que al bienestar de los menores”. Leticia Cardenal, presidenta de la Confederación española de padres y madres de alumnos de la escuela pública (Ceapa), en declaraciones a El País, lo dejaba claro, al preguntarse “¿Qué va a pasar con el alumnado que no puede acceder a la educación a distancia?”. También acusaba tanto al Consejo como a los diferentes gobiernos de “haber dado la espalda “al alumnado afectado por la brecha digital y de no haber puesto sobre la mesa ideas para solucionar esa situación.
Medios informáticos para todos y todas
Como docente y militante revolucionario que apuesta por una educación pública que no deje a nadie atrás, comparto totalmente estas duras críticas. Es una medida totalmente injusta, y, como han calificado incluso muchos expertos educativos, “poco solidaria”, que va a hacer que la brecha social, que lleva en muchas ocasiones al fracaso escolar, se haga cada vez mas grande.
En estos días, a todo el mundo (políticos, medios de comunicación, etc), se les “llena” la boca de decir que estamos en la crisis mas grande desde el crack del 29, que es el mayor “desafío” de nuestras vidas. Dicen que estamos en una guerra contra el coronavirus y por eso estamos confinados y hablan incluso de “economía de guerra”. En resumen, inciden en que es un momento excepcional y por ello hay que tomar medidas excepcionales como las que se están tomando. Entonces si esto se aplica a todos los ámbitos de la sociedad, porque no al educativo. Porque aquí tenemos que seguir dando todos los contenidos establecidos y evaluar como si aquí no pasara nada.
Como escribía recientemente, el escritor y columnista Isaac Rosa, en un artículo en eldiario.es: “igual deberíamos aceptar que este final de curso, que estresa por igual a estudiantes, familias y profesores, no tiene arreglo; y dedicar nuestros esfuerzos a planificar bien el próximo curso y dotarlo de los recursos necesarios, para reparar entonces todo lo hoy perdido, y que de verdad nadie se quede atrás”.
Estando de acuerdo con esto, el inicio del próximo curso no puede ser igual que el de los años anteriores. Si queremos acabar con la brecha digital educativa, hay que poner todos los recursos necesarios para ello. La administración educativa, debe garantizar que cada alumno y alumna tienen un recurso informático (ordenador, portátil, Tablet, etc) en su casa, que le permite poder realizar correctamente todas las tareas docentes. Para ello, debe proporcionárselo a las familias que por su situación socioeconómica no pueden acceder a uno de ellos. Este portátil seria propiedad pública y el alumno o alumno lo devolvería al acabar sus estudios. Además, debe garantizarse una red de internet a todos los hogares, para que ninguno dejar de estar en la red y conectado.
Aquí, que contamos con una de las mayores empresas tecnológicas del mundo, como es Telefónica, ¿alguien piensa que no se puede hacer? Por supuesto que sí, solo hace falta la voluntad política de tocar los beneficios capitalistas para, de verdad, acabar con la brecha digital, que en última instancia es brecha social y de clase.