En su última novela traducida del euskera la guipuzkoana Uxue Alberdi, curtida como bertxolari, escritora de cuentos infantiles y autora de varios libros destinados a todo tipo de público, nos sumerge en el universo de Nagore Vargas. También apodada "Jenisjoplin", que se erige en narradora eficaz y, a ratos, febril de su propio sendero de luchas sociales, aventuras individuales y amor hacia las causas que ha emprendido, mientras estudia la carrera de periodismo.

Eduardo Nabal @eduardonabal
Martes 5 de enero de 2021
Con su desafío permanente a la autoridad, esta joven sensual y cercana a la izquierda abertzale, vive, al principio, momentos de tensión, cuando sus amigos y compañeros de lucha y ella misma, son vigilados de cerca por la policía española.
Alberdi utiliza con gran fluidez y musicalidad el diálogo como instrumento para definir y perfilar a sus personajes y su lugar en un relato donde se mezclan el amor, la rabia, el dolor y la reconciliación.
“Jenisjoplin”, ganadora del premio de 111 de la Akademia 2017, no se despega de la piel de su protagonista femenina, con su impulsiva sexualidad, sus iconos sociopolíticos y su oposición individual o grupal al orden establecido. Pero muy pronto Nagore descubre que ha contraído el VIH, lo que abre una brecha cada vez más profunda en su vivaz existencia, donde intercala episodios del barrio donde creció y de sus viajes a Latinoamérica para apoyar causas justas, aislándose ahora voluntariamente, de manera íntima, de sus habituales compañeros de batallas, pero sin perder nunca el contacto con la realidad circundante.
Un paisaje social que la autora describe con un ritmo apasionado y una extraña mezcla de realismo y poesía, donde podemos reconocer grupos militantes como EHGAM y la voz siempre desconcertante de unos padres separados, a los que ella ayudaba en uno de esos bares de barrio donde iniciaba sus apasionadas tertulias políticas.
Acompañada de su fiel amigo y amante Luka, con alma de filósofo, y con visitas ocasionales de su admirada Irantzu, la rebelde Nagore se resiste a creer en las teorías médicas sobre el VIH, apoyándose en las tesis negacionistas. Pero, sin bajar la guardia en su visión lúcida y caustica de la vida, la protagonista dará pronto con sus huesos en el interior de un hospital, donde es visitada por su adorado ‘aita’ y por ese fiel e inseparable compañero en que se ha convertido ahora Luka.
Nagore ve en los medios el fin de la lucha armada de ETA, calibra su lugar como activista incansable y al mismo tiempo, no abandona nunca, esa vitalista ilusión que hacen de ella una muchacha intrépida y respondona.
Sorprende el dominio de los registros del habla de los diferentes personajes del relato, desde aquellos chicos con madera de héroes a aquellas mujeres mayores que la acompañan en su difícil estancia en el hospital donde, finalmente, accede a tomar la medicación antirretroviral.
Toda la novela está construida como un episodio en la vida de un personaje que desde su mirada nos conduce a distintos parajes y rasgos de nuestra historia reciente, centrándose en ese mundo euskaldún que en el que ella ha crecido como muchacha humilde pero nunca abatida por la resignación.
“Jenisjoplin” tiene numerosas referencias a hechos históricos, elementos de la cultura popular, y una descripción a la vez lírica y naturalista de los paisajes por los que Nagore acaba finalmente vagando junto a Luka, buscando, quizás, un nuevo registro desde el que reconducir una historia de valor, sensualidad, combate e indignación, una contienda que ella sabe que ha quedado un poco aparcada por causa de las infecciones que le llegan de forma temprana.
Nagore recuerda con cariño a su tía Karmen, una joven heroinómana que cayó como consecuencia del virus, cuando todavía no se sabía casi nada de una enfermedad que era y sigue siendo, también, un estigma.
La novela, con gran cantidad de réplicas y contrarréplicas ingeniosas, alterna también el mundo interior de una mujer que se enfrenta a sus propios fantasmas, sin abandonar su amor por la verdad y la justicia. Incluso en los momentos más duros de su enfermedad, donde la autora introduce sombríos monólogos interiores, Nagore no deja ser esa chica aparentemente desenvuelta, amorosa, arrojada y dispuesta a darlo todo por la libertad y el amor.

Eduardo Nabal
Nació en Burgos en 1970. Estudió Biblioteconomía y Documentación en la Universidad de Salamanca. Cinéfilo, periodista y escritor freelance. Es autor de un capítulo sobre el new queer cinema incluido en la recopilación de ensayos “Teoría queer” (Editorial Egales, 2005). Es colaborador de Izquierda Diario.