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Red Internacional
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99 ANIVERSARIO. El asesinato de Rosa Luxemburgo y la revolución alemana

Una vida combatiendo por la revolución, contra el imperialismo y las burocracias obreras reformistas.

Josefina L. Martínez

Josefina L. Martínez @josefinamar14

Lunes 15 de enero de 2018 18:41

La vida de la revolucionaria polaca rosa Luxemburgo está plagada de acontecimientos revolucionarios, desde que comienza su militancia a los 15 años en Varsovia hasta su asesinato, en medio de la Revolución de los consejos en Alemania, el 15 de enero de 1919.

Gran oradora, polemista y teórica marxista, combatió la mayor parte de su vida. Se enfrentó al imperialismo y puso toda su energía en organizar a la clase trabajadora contra la guerra y la barbarie capitalista, pero al mismo tiempo batalló contra las burocracias reformistas que nacieron en el seno de los sindicatos y los partidos obreros como la socialdemocracia alemana (SPD). Su gran polémica teórica con Eduard Bernstein a comienzos del siglo XX, compilada en su libro Reforma o revolución, fue prolongada en obras como “Huelga de masas, partido y sindicatos” o su “Folleto de Junius” denunciando la traición histórica de la socialdemocracia al apoyar la guerra imperialista.

Clara Zetkin escribió sobre su gran amiga, después de su muerte: “En el espíritu de Rosa Luxemburgo el ideal socialista era una pasión avasalladora que todo lo arrollaba; una pasión, a la par, del cerebro y del corazón, que la devoraba y la acuciaba a crear. La única ambición grande y pura de esta mujer sin par, la obra de toda su vida, fue la de preparar la revolución que había de dejar el paso franco al socialismo. El poder vivir la revolución y tomar parte en sus batallas, era para ella la suprema dicha…”

Los últimos cuatro años de su vida (desde enero de 1915 a noviembre de 1918), Rosa Luxemburgo los pasó recluida en varias cárceles alemanas, salvo por un breve interregno. En su encierro, atraviesa momentos de intensa angustia, pero se recupera y encuentra destellos de inmensa alegría y optimismo. Su nutrida correspondencia va dirigida a sus amistades más cercanas y sus camaradas. Son cartas poéticas y llenas de sentimientos, combinadas con profundas reflexiones políticas.

Las noticias de la revolución de febrero de 1917 en Rusia y la caída del zar llegan a la cárcel y despiertan su entusiasmo. Rosa cree que la Revolución rusa es un acontecimiento de alcance histórico universal, que dejará huellas a lo largo de los siglos. En septiembre de 1918, bosqueja un artículo para analizarla, con muchos elementos críticos acerca de la política de Lenin y Trotsky. Cuando lo escribió, contaba con poca información sobre lo que estaba ocurriendo en Rusia, ya que la prensa intentaba evitar que llegaran las noticias a los obreros alemanes. Al salir de la cárcel, decidió no publicarlo, ya que en muchas cuestiones estaba cambiando de opinión. Aun así, el conjunto de las críticas allí expresadas, que décadas después fueron reproducidas de forma descontextualizada, las hizo en el marco de una reivindicación profunda acerca del papel histórico del partido de Lenin, en contraste con el rol de la socialdemocracia occidental.

“En esta situación, la tendencia bolchevique cumplió la misión histórica de proclamar desde el comienzo y seguir con férrea consecuencia las únicas tácticas que podían salvar la democracia e impulsar la revolución. Todo el poder a las masas obreras y campesinas, a los soviets: éste era, por cierto, el único camino que tenía la revolución para superar las dificultades; ésta fue la espada con la que cortó el nudo gordiano, sacó a la revolución de su estrecho callejón sin salida y le abrió un ancho cauce hacia los campos libres y abiertos. Por eso los bolcheviques representaron todo el honor y la capacidad revolucionaria de que carecía la socialdemocracia occidental. Su Insurrección de Octubre no sólo salvó realmente la Revolución Rusa; también salvó el honor del socialismo internacional.”

Lo que más la angustiaba era el tiempo perdido en la cárcel, no poder participar de forma directa en los acontecimientos históricos. Pronto eso iba a cambiar. En noviembre de 1918, los marineros de la flota alemana estacionada en Kiel se amotinan, iniciando la Revolución alemana. El movimiento se expande, con motines de soldados y huelgas generales, llevando a la caída del Kaiser. El 9 de noviembre se proclama la República por partida doble: el socialdemócrata moderado Scheidemmann anuncia la República burguesa, mientras Karl Liebcknecht, dirigente de la Liga Espartaco junto con Rosa Luxemburgo, llama a establecer la República alemana socialista de los trabajadores. Se forman consejos de obreros y soldados en todas las ciudades y se libera a los presos políticos. Rosa Luxemburgo es puesta en libertad ese mismo día y se dirige hacia Berlín donde tomará la dirección del periódico espartaquista Die Rote Fahne (Bandera Roja).

La revolución está en sus inicios, la vanguardia obrera es inmadura y el interior del país más atrasado, por lo que los socialdemócratas moderados logran ponerse al frente de los consejos obreros para desarmarlos desde adentro. El gobierno republicano queda en manos de la socialdemocracia del SPD-con Scheidemann, Noske y Ebert a la cabeza-, que integran a ministros del USPD, el partido de los socialdemócratas independientes de Kautsky. El objetivo que tienen es evitar el avance de la revolución, para lo cual se establece un pacto con el Estado mayor militar y los Freikorps (bandas paramilitares organizadas por capitanes y soldados desmovilizados del ejército del Kaiser). La orden es liquidar sin miramientos el alzamiento de los obreros y descabezar las organizaciones revolucionarias. Noske vocifera que le toca actuar como “el perro sanguinario”, y Ebert declara que “odia la revolución como la peste.” Están decididos a imponer el orden en Berlín barriendo a los dirigentes revolucionarios espartaquistas y suprimiendo los consejos de la clase obrera. En aquellos días, el gobierno publica artículos y proclamas en la prensa responsabilizando a los espartaquistas de sembrar el caos y los disturbios, acusándolos de querer entregar Alemania a los bolcheviques. Hacia fines de diciembre, Rosa y sus camaradas son duramente perseguidos, y se ven obligados a actuar en la clandestinidad, cambiando todos los días de domicilio. En estas condiciones, el 31 de diciembre de 1918 los militantes de la Liga Espartaco, junto a otros grupos revolucionarios fundan el Partido Comunista Alemán.

Los primeros días de enero, los obreros revolucionarios de Berlín se enfrentan masivamente con las tropas gubernamentales, traídas desde los batallones más conservadores, después de una provocación lanzada por el gobierno. Se ocupan edificios públicos y las sedes de varios periódicos, como el Vorwärts (el principal periódico socialdemócrata). En una acción sin la debida preparación, grupos revolucionarios se lanzan a la insurrección, pero son derrotados. El gobierno socialdemócrata y el Estado mayor militar aprovechan la ocasión para terminar de aplastar a la vanguardia obrera.

La noche del 15 de enero, Karl Liebknecht y a Rosa Luxemburgo son descubiertos y detenidos por un destacamento de Freikorps. Cuenta una testigo que Rosa "llenó una pequeña valija y tomó algunos libros”, pensando que pasaría otra larga temporada en la cárcel. Trasladados al Hotel Edén, sede del cuerpo de tiradores de la Guardia de Caballería, ambos son brutalmente golpeados. Rosa es interrogada por el capitán Pabst, quien después de hablar por teléfono con Noske, decide “eliminarla”. Cuando Rosa es arrastrada escaleras abajo recibe patadas y puñetazos en el estómago. Al salir por la puerta, el soldado Runge la golpea con la culata de su fusil en la cabeza. Agonizante, la cargan en un coche, donde el teniente Vogel le dispara en la sien. Su cuerpo fue tirado desde un puente al Canal de Landwehr, hundiéndose en las sombrías aguas. Una fotografía de la época muestra a los soldados responsables de su asesinato celebrando al día siguiente.

Dos días después, el Vorwärts publicó un comunicado oficial redactado por Scheidemann en el que se justificaba el asesinato de ambos revolucionarios: “Hacía mucho que Liebcknecht y la señora Luxemburg habían dejado de ser socialdemócratas, porque para los socialdemócratas las leyes de la democracia contra las que ellos se alzaron son sagradas. Ese alzamiento… es la causa por la que debíamos y debemos combatirlos”.

El cuerpo de Rosa fue hallado en el canal casi cinco meses después, su amiga Mathilde Jacob lo reconoció por los guantes, el vestido y su medallón. En junio, miles de trabajadores participaron en su entierro, en lo que se transformó en una gran manifestación callejera y sus restos fueron depositados junto a Karl Liebcknecht. En medio de la fuerte represión, Leo Jogiches se negó a abandonar Berlín después de la muerte de Rosa, obsesionado con investigar y denunciar lo sucedido. En febrero publicó un artículo describiendo todos los detalles de los asesinatos, identificando a cada uno de los responsables. Fue detenido y asesinado en la cárcel el 10 de marzo de 1919.

Un día antes de su muerte, Rosa escribió “El orden reina en Berlín”. Allí analiza el papel de la socialdemocracia, y la sucesión de “victorias parlamentarias” articuladas con una estrategia reformista que prepararon el camino a la capitulación histórica frente al orden imperialista: “Las luchas revolucionarias son justo lo opuesto a las luchas parlamentarias. En Alemania hemos tenido, a lo largo de cuatro decenios, sonoras "victorias" parlamentarias, íbamos precisamente de victoria en victoria. Y el resultado de todo ello fue, cuando llegó el día de la gran prueba histórica, cuando llegó el 4 de agosto de 1914, una aniquiladora derrota política y moral, un naufragio inaudito, una bancarrota sin precedentes.”

Con la represión desatada por el gobierno socialdemócrata y el Estado mayor, miles de obreros revolucionarios fueron asesinados y otros miles encarcelados. A mediados de enero de 1919, la derrota de la revolución ya era inevitable, pero Rosa estaba convencida que sus lecciones, así como las enseñanzas de la caída de la Comuna de París y otras luchas de la clase obrera, permitirían preparar la victoria futura de la revolución.

“Aun en medio de la lucha, en medio del clamor de victoria de la contrarrevolución han de hacer los proletarios revolucionarios el balance de lo acontecido, han de medir los acontecimientos y sus resultados según la gran medida de la historia. La revolución no tiene tiempo que perder, la revolución sigue avanzando hacia sus grandes metas aún por encima de las tumbas abiertas, por encima de las "victorias" y de las "derrotas". La primera tarea de los combatientes por el socialismo internacional es seguir con lucidez sus líneas de fuerza, sus caminos. (…) "¡El orden reina en Berlín!", ¡esbirros estúpidos! Vuestro orden está edificado sobre arena. La revolución, mañana ya ‘se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto’ y proclamará, para terror vuestro, entre sonido de trompetas: ¡Fui, soy y seré!”

El gobierno socialdemócrata jugó el papel de gendarme del imperio, abriendo el camino para la República de Weimar, un orden “democrático” establecido sobre la sangre de la vanguardia obrera para salvar al capitalismo de su ruina. Sin embargo, como Rosa pronosticó, la revolución no dejó de levantarse, con estruendo hacia lo alto, a lo largo del siglo siguiente. Con sus grandes aciertos y también evaluando sus errores, el legado revolucionario de Rosa Luxemburgo y Karl Liebcknecht, a 99 años de su asesinato, sigue teniendo enorme vigencia en la actualidad.

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Josefina L. Martínez

Nació en Buenos Aires, vive en Madrid. Es historiadora (UNR). Autora de No somos esclavas (2021). Coautora de Patriarcado y capitalismo (Akal, 2019), autora de Revolucionarias (Lengua de Trapo, 2018), coautora de Cien años de historia obrera en Argentina (Ediciones IPS). Escribe en Izquierda Diario.es, CTXT y otros medios.

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