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Red Internacional
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OPINIÓN. El castigo no se ajusta al delito

El gas lacrimógeno puede potenciar la transmisión del Covid-19 e incluso causar la muerte de pacientes COVID-positivos.

Miércoles 7 de octubre de 2020

El uso del gas CS (clorobenzilideno malononitrilo) ha explotado en Chile desde el 2011, pero desde octubre de 2019 se multiplicó su uso, junto al de los perdigones, como eje de la represión. Su olor ya no parece novedad para las miles de personas que se han manifestado en el marco de la enorme crisis económica y sanitaria que trajo consigo el coronavirus y el capitalismo. Sin embargo, las golpizas, el uso indiscriminado de gas lacrimógeno y las detenciones injustificadas han sido transversales a todos los sectores que demandamos, de una vez por todas, soluciones concretas para palear la crisis, algo que no está a la altura de hacer la casta político-empresarial del país.

De alguna forma, podemos decir que todos sabemos un poco sobre el gas lacrimógeno, sea por las noticias, las películas o bien estando expuesto a sus efectos por la represión de la policía durante las manifestaciones. Ahora bien, ¿qué es el gas lacrimógeno exactamente? Son una serie de compuestos que causan irritación de la piel, los ojos, la boca, la garganta y los pulmones. El compuesto más usado a nivel internacional es el CS inventado en 1928 en Estados Unidos.

A pesar de estar prohibidas su uso en las guerras, los gases lacrimógenos no son ilegales en ciertas circunstancias dentro del marco del derecho internacional y su uso por parte de las policías está normalizado en todos los países del mundo. Para muchos expertos, sobre todo del área de la salud y activistas de derechos humanos, consideran que se debería prohibir el uso de estas armas “no-letales” debido a que son consideradas como armas disuasorias masivas y sus efectos no discriminan a ningún individuo; sea manifestantes, periodistas, personal de salud, observadores y/o vecinos. Es capaz de hacer daño a cualquiera en proximidad y el compuesto CS (que suele ser un polvo muy fino expulsado por un proceso de combustión) es transportado por el viento al interior de los hogares causando exposición secundaria a personas inocentes.

Si bien existen guías internacionales de las Naciones Unidas sobre el uso de armas no letales; estas son interpretadas como vagas y en muchos casos ad hoc a cada gobierno que busca velar por sus intereses. No existe organismo ni ley internacional que frene el mal uso o abuso de los agentes asfixiantes.

Por lo que se sabe, el gas lacrimógeno puede resultar muy peligroso según lo explicado por la American Lung Association. En general, la exposición puede generar presión en el pecho, tos, sensación de sofoco, estornudos, dificultad para respirar, ardor en los ojos, boca y nariz; visión borrosa y dificultad para tragar. También en altas dosis causa quemaduras químicas en la piel, garganta y pulmones; reacciones alérgicas severas, náuseas, vómitos y taquicardias. Las personas con condiciones respiratorias preexistentes como el asma o la enfermedad pulmonar obstructiva crónica pueden verse afectados de peor manera llevándolos a tener una posible falla respiratoria y posterior muerte.

¿Cuál es el riesgo que conlleva el gas lacrimógeno y la actual pandemia de coronavirus? Debido a la gran cantidad de personas infectadas y asintomáticas; no se puede prever todos los escenarios para evitar la transmisión del virus, salvo los resguardos personales que cada individuo toma ante la apertura de su ciudad. No obstante, la situación generalizada de miseria económica, precarización laboral, leyes injustas, sumado la represión policial y política; obligan a las personas a tener que protestar nuevamente en las calles exigiendo mínimas condiciones para subsistir. Esto llevará inevitablemente al uso del gas lacrimógeno en aglomeraciones populares, ya que es parte del protocolo de Carabineros. Todo aquel que está infectado y no lo sabe, no solo pone en riesgo su propia salud, si no que podría contagiar inevitablemente a otras personas debido a la tos y los estornudos violentos. La toma de la calle debe venir de la mano con un autocuidado y prevención para no poner en peligro a otros manifestantes, como también periodistas, brigadas de salud, SAMU y bomberos.

El otro factor a considerar, es que en la mayoría de las ocasiones el uso de los gases asfixiantes no responde al carácter del control del orden público, sino que son desplegadas con un ánimo punitivo para castigar a los manifestantes en concentraciones sin mediar provocación. Así quedó demostrado en los cerca de 8 mil informes del Instituto de Derechos Humanos y querellas contra Carabineros en el último año por el uso indebido y excesivo de la fuerza. Miembros de las Fuerzas Especiales de Carabineros disparaban perdigones a mansalva sin resguardo del daño que podrían provocar y detonaban de granadas lacrimógenas autopropulsadas apuntados al cuerpo de los manifestantes con el objetivo de herirlos o incapacitarlos. Sin mencionar aún las golpizas a detenidos dentro de los carros policiales y en los cuarteles, desplegando gases asfixiantes a población en general y ataques a medios de prensa independientes.

Si desde el Estado burgués existe la cultura de la represión y tortura, perfeccionada desde la dictadura, donde en el fondo nadie está a salvo de sus efectos, sea por persecución política, violencia policial, censura, acoso y encarcelamiento. ¿Cómo podría prevalecer el movimiento por la dignidad en un país al borde de una fractura política-social irreversible?

Los hijos de la Concertación, el Frente Amplio proponen la reforma de la policía para hacerla "más humana". ¿Es acaso posible modificar estructuralmente una policía dentro de este Estado? ¿Podrá esta hipotética y utópica policía mediante métodos violentos, que es parte de su esencia, acabar con las manifestaciones "sin violar los derechos humanos"? Es imposible. No seamos ingenuos, sus diputados lo dicen desde la comodidad de sus sueldos de gerentes, y sus militantes lo respaldan desde la absoluta ceguera del fanatismo político. Desde ellas mismas respaldaron las leyes antiprotestas, la ley de destrucción del empleo y el vergonzoso Acuerdo de Paz y Nueva Constitución; con el único objetivo de salvar a Piñera por ser "electo democráticamente", como si el recibir votos en base a campañas del terror como la de "Chilezuela" le otorgaran un cheque en blanco para acabar su periodo, sin importarles que nos haya declarado la guerra. ¡Ellos no quieren discutir seriamente la disolución de esta institución podrida y nauseabunda! Hoy solo tenemos dos opciones: seguimos siendo esclavos sin voz ni dignidad o luchamos y construimos un futuro juntxs por una Asamblea Constituyente libre y soberana con perspectiva revolucionaria.