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Red Internacional
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Brasil. El choque entre las expectativas y la agenda de ajustes

La polarización alentada por el PT en la recta final de las elecciones para estimular el voto útil a Dilma como mal menor frente a un eventual regreso de los tucanos con Aécio Neves a la cabeza, aumenta las contradicciones del nuevo gobierno.

Viernes 31 de octubre de 2014

En sus primeros discursos, ya se percibe una tentativa de desviar el foco para minimizar el inevitable choque entre las expectativas exacerbadas y la necesidad de atender los reclamos empresariales y del mercado financiero a favor de un fuerte ajuste económico.

Alentando las expectativas para ganar

Por un lado, para asociar a Aécio a la imagen de una nueva derecha reaccionaria, el PT exageró sus promesas demagógicas. Buena parte de la campaña de Dilma estuvo destinada a enaltecer las pequeñas mejoras en las condiciones de vida que los trabajadores lograron en el último ciclo de crecimiento económico como “grandes avances sociales”.

Para alentar a la militancia petista desmoralizada después de tantos años de frustración, para dialogar con el sentimiento de cambio que prima en la sociedad desde las manifestaciones de Junio de 2013, la campaña de Dilma se esforzó en vender la idea de que los “grandes avances sociales”, eran solo el primer paso y que un nuevo gobierno tendría la tarea de ampliarlos mucho más.

No podría ser diferente, pues es imposible ocultar el gran descontento con los caros y deteriorados servicios públicos y derechos básicos que fueron parte de las demandas de las manifestaciones de Junio. Si Dilma no alentase expectativas en el futuro, perdería las elecciones hablando del pasado.

Los peligros de jugar con las emociones de la población

Por otro lado, al alimentar ilusiones, el nuevo gobierno potencia la frustración que surgirá cuando tenga que atender las exigencias del empresariado de implementar una serie de ajustes para enfrentar la crisis económica. Esta perspectiva ya comenzó a partir de que el actual ministro de economía, Guido Mantega, declaró luego de las elecciones, para calmar a los mercados, que el nuevo gobierno hará todos los esfuerzos posibles para ajustar las cuentas públicas en los próximos años.

Teniendo en cuenta la enorme deuda que el gobierno tiene con los inversores financieros y que más del 42% del presupuesto público anual está destinado a pagar intereses y amortizaciones, teniendo en cuenta que el gobierno no cortará los subsidios a los empresarios ni las inversiones en infraestructura para no aumentar aún más la recesión, este mensaje solo puede tener un sentido: los recursos para salud, educación, vivienda y transporte serán recortados.

Combinado al ajuste en las cuentas públicas, el Ejecutivo, en la última reunión del Banco Central, ya comenzó a elevar las tasas de interés nuevamente. Así, se encamina más abiertamente hacia una política de combatir la inflación enfriando la economía y generando desempleo. Justamente lo que viene pidiendo el mercado financiero. Exactamente lo que Dilma criticaba que Aécio iba a hacer. Este es un camino que conduce al choque con las demandas de Junio.

¿Quién será el nuevo Ministro de Economía?

Después de que el resultado electoral provocara varias caídas en la Bolsa de valores y subidas del dólar, el mercado financiero solo mejoró su humor cuando surgieron rumores de que el nuevo Ministro de Economía será un hombre de confianza de las altas finanzas. Según trascendió, el filósofo Luiz Carlos Trabuco, presidente del Bradesco, podría ser convocado. Trabuco sería el nombre soñado por los inversores.

Otro nombre que circuló en las conversaciones entre analistas fue el de Henrique Meirelles. El expresidentes del Banco Central de Lula, luego de dirigir la operación mundial del Banco de Boston, también es aceptado en el mercado. Estos rumores van en el sentido de que el nuevo gobierno podría tomar un rumbo más “ortodoxo” en la política económica, lo que significa ajustes más duros contra los trabajadores.

Un golpe de efecto frente a las expectativas creadas

Los primeros discursos y acciones de Dilma luego de las elecciones estuvieron centrados en las propuestas de reforma política y de combate a la corrupción. Ni una palabra sobre las expectativas generadas de mejora en las condiciones de vida, de los derechos básicos y de los servicios públicos.

Este movimiento del gobierno no tiene nada de azar. Fue calculado para enfriar las expectativas en el plano económico y social, encauzándolas hacia eventuales reformas en el sistema político. De esta manera, Dilma prepara el terreno para asentar un gobierno más a la derecha en el plano económico y social, a la medida que los empresarios y banqueros exigen, al mismo tiempo que busca alentar el áurea de embates progresistas en el plano de las reformas del régimen político, profundamente desgastado.

Está por verse en qué medida tal maniobra podrá ser exitosa. Contra su éxito están no solo las profundas energías liberadas durante las manifestaciones de Junio de 2013 y la mayor oleada de huelgas desde la década del ‘80, sino también las dificultades que el gobierno tiene de enfrentar tanto en su flanco “interno” (un aliado complejo como el PMDB, que salió agrandado de las elecciones) como “externo” (una oposición fuerte como hace mucho tiempo no se veía).

Más allá de las históricas dificultades de sellar alianzas necesarias para cualquier reforma política mínimamente democrática (ya que la casta política no quiere rescindir privilegios), salió de las urnas con una victoria “amarga” y el nuevo gobierno ya acumula dos importantes reveses: fue obligado a retroceder en su propuesta de plebiscito para intentar negociar un referéndum dentro del Congreso; y sufrió una derrota en la Cámara de Diputados para el proyecto de fortalecer los “consejos” destinados a viabilizar consultas del gobierno a la sociedad civil.

Con estos dos reveses, es claro que el gobierno de Dilma tendrá extremas dificultades en implementar cualquier medida que busque apoyarse más directamente en la población para regatear mejores condiciones de negociación en el Congreso. Una demostración de la fragilidad del triunfo obtenido en las urnas y de las dificultades que el nuevo gobierno enfrentará.

Como puede verse, es poco el margen de maniobra que el PT tiene para desviar el foco en las expectativas que creó y minimizar la ruta de choque trazada entre ellas y los ajustes que están por venir.


Daniel Matos

Nacido en Montes Claros, Minas Gerais, Brasil. Dirigente del Movimiento Revolucionario de Trabajadores (MRT) de Brasil, reside desde 2015 en Argentina colaborando con la dirección del PTS. Miembro del consejo editorial de Esquerda Diário y de la revista Estrategia Internacional. Coautor del libro Questao negra. Marxismo e classe operaria no Brasil, Ediciones Iskra, 2013.