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Teoría. El desafío de continuar una tradición revolucionaria

¿Es importante la tradición para el marxismo revolucionario? Cierto sentido común podría afirmar que sostener ideas revolucionarias es incompatible con toda tradición. En la actualidad, incluso existen corrientes políticas que tildan de anacrónica a cualquier estrategia que busque construirse en base a la experiencia revolucionaria del Siglo XX y los productos teóricos y estratégicos que vieron la luz en aquél periodo.

Juan Valenzuela

Juan Valenzuela Profesor de filosofía. PTR.

Lunes 24 de agosto de 2015

Para este pensamiento, Trotsky estaría obsoleto. Otros no van tan lejos, y tratan de justificar sus movimientos, revisando el pasado, adecuando la tradición teórica revolucionaria a estrategias reformistas y cayendo en un eclecticismo extremo. Pero el marxismo revolucionario siempre ha considerado que la preservación de la tradición revolucionaria es una tarea crucial.

A propósito de esta tarea, es interesante la polémica que desarrolla el revolucionario ruso León Trotsky con la escuela artística futurista. En 1924, en “Literatura y Revolución”, escribía: “En el rechazo futurista del pasado, extremado, no se esconde un punto de vista revolucionario proletario, sino el nihilismo de la bohemia. Nosotros, marxistas, vivimos con las tradiciones y no por ello dejamos de ser revolucionarios. Hemos estudiado y guardado vivas las tradiciones de la Comuna de París desde antes de nuestra primera revolución. Luego se les han añadido las tradiciones de 1905, con las cuales nos hemos nutrido para preparar la segunda revolución. Remontándonos más lejos, hemos vinculado la Comuna a los días de junio de 1848 y a la gran revolución francesa. En el terreno de la teoría nos hemos fundado, a través de Marx, en Hegel y en la economía clásica inglesa. Nosotros, que fuimos educados y entramos en el combate en una época de desarrollo orgánico de la sociedad, hemos vivido en las tradiciones revolucionarias. Más de una tendencia literaria ha nacido bajo nuestros ojos declarando una guerra sin cuartel al “espíritu burgués”, y nos miró de soslayo. Igual que el viento, que siempre vuelve a sus propios círculos, estos revolucionarios literarios, estos destructores de tradiciones, volverán a encontrar los caminos académicos. La revolución de Octubre fue para la intelligentsia, incluida su ala izquierda literaria, como la destrucción total del mundo que ella conocía, de ese mismo mundo con el que de cuando en cuando ella rompía con vistas a crear nuevas escuelas y al cual retornaba de forma invariable. Para nosotros, por el contrario, la revolución encarnaba la tradición familiar, asimilada. Dejando un mundo que teóricamente habíamos rechazado y minado en la práctica, penetramos en un mundo que ya nos era familiar por la tradición y por la imaginación. En esto se opone el tipo sicológico del comunista, hombre político revolucionario, con el futurista, innovador revolucionario en la forma. Es la fuente de los malentendidos que les separan. El mal no reside en la “negación” por parte del futurismo de las santas tradiciones de la intelligentsia. Al contrario, reside en el hecho de que no se siente miembro de la tradición revolucionaria. Mientras que nosotros hemos entrado en la revolución, el futurismo cayó en ella.”

Esta visión fue persistente en Trotsky. En su polémica con la fracción de Shatman, Burnham y Abern, del SWP norteamericano, a fines de la década de 1930, Trotsky señalaba que una de las características más típicas de la sicología política pequeñoburguesa es el “desprecio a la tradición”. ¿Cómo podemos explicar esta afirmación? Del siguiente modo: un explotado o una explotada, que trabaja entre 8 y 12 horas diarias, que gana un sueldo miserable, y que día a día padece el trato prepotente de gerentes y capataces no cuenta con una situación de vida que le facilite absorber tradiciones. Pues absorber tradiciones implica actividad; no ocurre por “recepción espontánea”. Requiere estudio, dedicación, tiempo, imaginación, trato y relaciones sociales con personas con experiencias pasadas ligadas a esa tradición, entre otras cuestiones. La burguesía financia muy bien todo eso. Por eso la burguesía sí posee una activa consciencia de clase que se alimenta de la historia. Sus tradiciones son festejadas y reconocidas en el calendario. Pero en el caso de la clase obrera, la discontinuidad de su tradición, amenaza constantemente. Por eso cuando un trabajador o una trabajadora despierta a la vida política, se relaciona con su tradición con seriedad y no con ligereza, como con una herramienta con la que puede abrir puertas en el presente. En ambientes académicos, por ejemplo, la experiencia de leer a un Marx, se produce por otras razones, como parte del menú ofrecido por la universidad. Hacer un “zaping” ideológico puede resultar atractivo e irreverente. En la discusión de Trotsky con la fracción del SWP, se combatían también estas presiones sociales en el seno de la organización revolucionaria. Y en su discusión con los futuristas, muestra que la familiaridad con la revolución es producto de haber mantenido una tradición, que pasa por acontecimientos como la Comuna de Paris y tradiciones teóricas. Esta actitud ante la tradición es un componente crucial de la consciencia revolucionaria que no es un mero reflejo de la conciencia efectiva de la clase obrera en un momento histórico dado.

El filósofo judío-alemán Walter Benjamin, que nunca militó en una organización revolucionaria, supo elaborar en otro registro esta problemática. En una de las notas preparatorias a sus famosas “Tesis sobre el concepto de historia”, señalaba: “El continuum de la historia es el de los opresores. Mientras que la imagen del continuum iguala todo por abajo, es la imagen del discontinuum la base de la tradición auténtica […] La conciencia de una discontinuidad histórica es lo propio de las clases revolucionarias en el momento de su acción. Por otro lado, sin embargo, se da una estrecha complicidad entre la acción revolucionaria de una clase y la idea que esa clase tiene de la historia que ha sido (y no sólo de la por venir). Sólo en apariencia es una contradicción: la Revolución francesa se remontó hasta la República romana salvando el abismo de dos milenios de separación.”[1]

Lo interesante es la conjunción que realiza Benjamin entre la conciencia de la discontinuidad histórica y una complicidad de acción presente y conciencia histórica. Lo discontinuo del momento revolucionario, para Benjamin, sólo en apariencia es contradictorio con lo continuo, con la “preservación” en la historia. La Revolución francesa citó a la República romana, la Liga Espartaco de Rosa Luxemburgo aludió al esclavo romano insurrecto, en un acto que produjo impresión en Benjamin como se ve en sus “tesis”. En este mismo texto, teoriza acerca del “peligro que asecha tanto a la tradición como a los receptores de la misma”: transformarse en instrumentos de la clase dominante. El rol del materialismo histórico, sería para la tesis VI “aferrar una imagen del pasado tal como se le presenta repentinamente al sujeto histórico en un momento de peligro”. Aferrar, conservar la tradición. Eso es a contracorriente, porque los oprimidos, en Benjamin, viven en el discontinuum.

La tradición marxista revolucionaria militante, sabe de estas encrucijadas. Recordemos las palabras de Lenin en 1917, escritas desde la clandestinidad, en plena revolución: “Ocurre hoy con la doctrina de Marx lo que ha solido ocurrir en la historia repetidas veces con las doctrinas de los pensadores revolucionarios y de los jefes de las clases oprimidas en su lucha por la liberación. En vida de los grandes revolucionarios, las clases opresoras les someten a constantes persecuciones, acogen sus doctrinas con la rabia más salvaje, con el odio más furioso, con la campaña más desenfrenada de mentiras y calumnias. Después de su muerte, se intenta convertirlos en iconos inofensivos, canonizarlos, por decirlo así, rodear sus nombres de una cierta aureola de gloria para "consolar" y engañar a las clases oprimidas, castrando el contenido de su doctrina revolucionaria, mellando su filo revolucionario, envileciéndola. En semejante "arreglo" del marxismo se dan la mano actualmente la burguesía y los oportunistas dentro del movimiento obrero. Olvidan, relegan a un segundo plano, tergiversan el aspecto revolucionario de esta doctrina, su espíritu revolucionario. Hacen pasar a primer plano, ensalzan lo que es o parece ser aceptable para la burguesía. Todos los socialchovinistas son hoy — ¡bromas aparte! — "marxistas". Y cada vez con mayor frecuencia los sabios burgueses alemanes, que ayer todavía eran especialistas en pulverizar el marxismo, hablan hoy ¡de un Marx "nacional-alemán" que, según ellos, educó estas asociaciones obreras tan magníficamente organizadas para llevar a cabo la guerra de rapiña!” [2]
Es necesario precisar que este modo de enfocar la cuestión de las tradiciones para el marxismo revolucionario, no tiene nada que ver con el dogmatismo, con la mera reproducción de juicios referidos a situaciones pasadas, traspuestos mecánicamente al presente. Pero, por otro lado, tampoco tiene nada que ver con el fetiche de lo novedoso o el desprecio a la tradición.

La actualidad de una teoría está relacionada con la actualidad de su objeto. El capital es hoy una realidad. Sus contradicciones internas retornan. Y hay otros fantasmas que vuelven: una recesión que ha dado a luz a crisis nacionales y a la emergencia de nuevos fenómenos políticos reformistas como Syriza en Grecia; un reverdecer en los márgenes de un polo de extrema derecha; una reaparición del método obrero de la huelga general. En Chile, un partido histórico, el Partido Comunista, es parte del gobierno burgués de la Nueva Mayoría, manchada con la sangre de Nelson Quichillao y Rodrigo Cisternas. La clase obrera comienza a despertar: los docentes cuestionaron a la burocracia, los mineros subcontratados se tomaron dos divisiones, Salvador y Ministro Hales. Todo esto tiene que ver con las tradiciones. Revolucionarios del pasado, como León Trotsky, tienen que ver con el presente: también enfrentaron crisis económicas, lucha de clases, traiciones, aparatos burocráticos, huelgas generales; y también enfrentaron guerras y revoluciones en una magnitud no repetida en la actualidad. Las herramientas teóricas y estratégicas que construyeron permiten enfocar las tareas actuales. Hay que responder al desafío de continuar una tradición revolucionaria.


Juan Valenzuela

Santiago de Chile

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