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Libros. El fuego y la peste

Notas sobre Las cosas que perdimos en el fuego (2016), de Mariana Enríquez.

Diego De Angelis

Diego De Angelis @DieDeAngelis

Sábado 5 de noviembre de 2016

Es posible identificar en la narrativa de Mariana Enríquez, desde el comienzo de su proyecto literario, desde aquel demoledor arranque a mediados de la década del noventa, un espacio definido de representación -definición, por supuesto, susceptible de múltiples variaciones y desplazamientos-.

El origen de su escritura, la grieta a partir de la cual comenzaron a emerger sus obsesiones, sus criaturas, se encuentra en un circuito situado al margen. Enríquez descubrió de entrada que si existía un lugar adecuado para desplegar su escritura, un escenario capaz de facilitarle un tono que le permita construir su propio universo, ese sería el sur sombrío de Buenos Aires. Bajar es lo peor (1995), su desbocada ficción iniciática, empezaría justamente en el Riachuelo, en el límite de la ciudad. El sur de Buenos Aires se convirtió a partir de entonces en una suerte de espacio ideal consagrado por la autora para determinar una estética, suscrita a la novela gótica, pero que luego alcanzaría, acaso como el río infecto en cuestión, a contaminarse productivamente con otros géneros.

Las cosas que perdimos en el fuego (2016), su último libro de cuentos, comenzará con “El chico sucio”. La historia sucederá en el barrio de Constitución. Una joven diseñadora que reside en una enorme casona familiar sobre la calle Virreyes conocerá a un chico de cinco años que vive en la intemperie junto a su madre. Un acontecimiento atroz que los involucra a ambos perturbará su cotidianeidad, le revelará el “más allá” del barrio, las historias que oculta, “historias que son todas inverosímiles y creíbles al mismo tiempo”, posible primera definición de la poética de Enríquez. Si bien la narradora y protagonista del primer cuento establecerá desde el inicio las coordenadas de su territorio de influencia -Constitución será un lugar espinoso, y por eso mismo encantador, para vivir-, también delineará una atmósfera muy peculiar que envolverá esta historia y las siguientes. Una atmósfera producida especialmente por la precipitación de elevadas temperaturas: “La calle estaba muy oscura, se había cortado la luz, solía pasar las noches de mucho calor”. La emergencia de lo extraño reclamará no sólo un determinado espacio de representación, sino también la disposición narrativa de una atmósfera capaz de provocar una sensibilidad particular.

“Los años intoxicados” –uno de los mejores cuentos del libro-, presentará la historia de tres jóvenes que rabiosamente atraviesan el fin de la adolescencia durante el cierre de los años ochenta y el comienzo de la década siguiente. Chicas que consolidan entre sí una estrecha comunidad fraterna constituida a partir del odio a sus padres, el consumo de drogas y la música como lazo fundamental de alianza. “La resignación apestaba en el aire”, denunciará la narradora, como seña precisa de una época. Una época definida a su vez mediante la presión de un calor asesino: “Pasábamos las noches más largas de nuestras vidas muertas de calor en patios y veredas escuchando la radio”.

En “Tela de araña”, una mujer viajará a Corrientes a visitar a su familia junto a su marido. Se encontrará con su prima, quien además de hermosa, tira las cartas y se comunica con espíritus. El viaje le permitirá fortalecer el vínculo con ella y, al mismo tiempo, darse cuenta del mortal aburrimiento y fastidio que le genera su marido. El calor, nuevamente, caracterizará una sensación ya inaguantable: “El calor y el olor del mercado resultaba un golpe físico. La ciudad era pobre y, con el calor, olía a basura”. El infierno del calor y la peste establecerán la atmósfera de lo extraño. Como en “El patio del vecino”, cuando una mujer despedida hace poco por un incidente desafortunado descubra en la casa del vecino una presencia infantil escalofriante. En la antesala de la revelación, el ambiente empezará a recalentarse: “Hacía calor. El sol ardiente de la mañana la despertó. Tuvo miedo. La cocina apestaba. La adrenalina le había impedido recibir el impacto total del olor, que era atroz”.

En “Bajo el agua negra” Enríquez volverá a situar una historia en el Riachuelo, ese pequeño riacho de naturaleza muerta, territorio perfecto para el desarrollo de un acontecimiento brutal y fantástico: el regreso de un joven asesinado allí por la policía. “A esa altura, el Riachuelo no tiene casi corriente, está quieto y muerto, con su aceite y sus restos de plástico y químicos pesados, el gran tacho de basura de la ciudad”. La protagonista y narradora será esta vez una fiscal decidida a meterse en el caserío de Villa Moreno, a orillas del Riachuelo, donde crecen niños enfermos y deformes por sus aguas contaminadas, para investigar de cerca el caso.

En “Las cosas que perdimos en el fuego”, el último cuento del libro, el calor llegará a su punto máximo de ebullición y se convertirá finalmente en fuego. Un grupo de mujeres realizará hogueras para incendiarse, como resistencia a la quema indiscriminada que sufren por parte de sus parejas. Mujeres que por voluntad propia se prenderán fuego en fastuosas ceremonias. Lucirán con orgullo sus propias cicatrices y descubrirán así un nuevo tipo de belleza, bajo un orden de sensibilidad distinto: “Tenía la boca llena de whisky y la nariz de humo de cigarrillo y del olor a la gasa furacinada, la que se usa para las quemaduras, que no se iba nunca, como no se iba el de la carne humana quemada”.

Niñas que desaparecen, mujeres quemadas, mujeres narradoras y protagonistas que forman grupo, que se atreven. Las cosas que perdimos en el fuego trabajará lo político narrativamente. Sin embargo, la potencia –política- de sus relatos se hallará en otro lado. La ambientación ardiente del universo donde se mueven sus protagonistas señalará una realidad que huele a persecución y a muerte, pero que también prefigura un estallido, el avance de una respuesta. A fin de cuentas, lo que revela este último libro Mariana Enríquez es la consolidación de una mirada. La perspectiva que hace a un estilo.


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Las cosas que perdimos en el fuego

Mariana Enríquez
(Anagrama)

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Diego De Angelis

Nació en Buenos Aires en 1983. Licenciado en Letras en la UBA, escribe sobre literatura y cine en diferentes medios. Programa y coordina el ciclo "Cine para lectores".

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