El conjunto de estudios que integran este volumen permiten un acercamiento al llamado proceso de revitalización sindical y al rol de la izquierda trotskista en el mismo.

Eduardo Castilla X: @castillaeduardo
Lunes 8 de mayo de 2017
Mariela Cambiasso, Rodolfo Elbert, Julieta Longo, Clara Marticorena, Juliana Tonani, Paula Varela y Débora Vasallo son las firmas que llenan las páginas de El gigante fragmentado, editado en 2016 por Final Abierto.
El libro presenta una re-lectura de ese proceso dinámico que ha sido definido como revitalización sindical. Proceso que, en el marco del ajuste económico en curso, no se detiene.
Decimos re-lectura porque ya, desde el inicio mismo del texto, se propone leer ese proceso a la luz de dimensiones poco exploradas con anterioridad. La cuestión no es menor. Hace a una visión más certera de las contradicciones de la dirigencia sindical en su conjunto, así como una apreciación más fina del rol jugado por la izquierda en este proceso.
En la presentación del trabajo, Paula Varela -quien oficia de coordinadora- presentará esas dimensiones a las que hacemos referencia. Partiendo de una definición estructural, que da cuenta de una nueva configuración de la clase trabajadora, pondrá en escena tres variables para el estudio de la dinámica de esa revitalización.
Así, dirá en la presentación que la misma puede verse “como una relación tríadica entre un determinado marco de oportunidades políticas (…) las estrategias políticas de los partidos y/o corrientes que intervienen en el movimiento obrero (…) y el lugar de trabajo como espacio privilegiado de politización obrera, y por ende como núcleo duro (necesario aunque insuficiente) de corporización de estas estrategias” (p.50).
Debatiendo contra los enfoques estatalistas y contra el llamado sindicalismo de los movimientos sociales, esta mirada puede permitir un estudio más específico sobre determinados procesos.
La geografía ubica los casos analizados en la zona Norte del conurbano bonaerense, en un eje que recorre los contornos de la Panamericana, ese nuevo laboratorio de la lucha de clases. La elección del lugar no es fortuita. Sus resultados tampoco son neutros. Se trata de una zona donde la izquierda referenciada con el trotskismo – y en particular el Partido de los Trabajadores Socialistas- ha adquirido influencia en los últimos años.
En la reseña que aquí presentamos no es posible abarcar al conjunto de las temáticas y debates que abre El gigante fragmentado. Ese límite impone la elección de algunos ejes, los centrales a nuestro entender.
Añadamos, antes de pasar al análisis, que el texto evidencia un análisis basado en un amplio trabajo de campo. Una cuestión no menor en épocas donde el ensayo infundado suele inundar librerías y lugares afines.
Malos muchachos
El primer artículo del libro será elaborado por Paula Varela y Débora Vasallo, y estará centrado en el estudio del SMATA y sus políticas de disciplinamiento en los lugares de trabajo. El texto dejará al desnudo el profundo entrelazamiento de las conducciones burocráticas y el gran empresariado de la rama automotriz.
Ese entramado tiene un punto de “recompensa” en la denominada Contribución Empresarial Extraordinaria (CEE) una “colaboración” de las patronales al sostenimiento de la estructura gremial. Contribución que se hace posible a condición de que la dirigencia sindical garantice los objetivos de producción de las patronales.
Las autoras señalarán que los acuerdos firmados con las empresas implican “el compromiso por parte de SMATA de cumplir con los objetivos empresariales”.
Asimismo pondrán en evidencia las nada despreciables cifras que esto implica para la conducción gremial. “El total de lo recaudado por SMATA vía CEE por los patentamientos registrados entre el 1 de abril de 2011 y el 31 de diciembre de 2013 es de $ 185.792.264 para este grupo de terminales automotrices” (p.68) graficarán Varela y Vassallo.
Ese entrelazamiento material de patronal y burocracia sindical cuenta con el visto bueno del Ministerio de Trabajo. No el de Jorge Triaca, sino el de Carlos Tomada. No resulta ocioso señalar que estos acuerdos se generalizaron durante el ciclo kirchnerista, momento en que eran comunes los discursos contra las “corporaciones”.
Ese entrelazamiento se completa, para cumplir un papel disciplinador al interior de la clase trabajadora, con una estructura gremial que busca homogeneizar el gremio, una verdadera maquinaria para generar consenso, que, cuando no lo logra, apela a la coerción abierta.
A partir de allí es posible explicar el rol de la conducción del SMATA en el conflicto de la autopartista Lear (2014), donde jugó un papel escandalosamente traidor, llegando a actuar como fuerza de choque contra los propios trabajadores despedidos que reclamaban su reincorporación, y contra la comisión interna, donde tenía influencia el PTS.
¿Buenos muchachos?
Mariela Cambiasso ilustrará otra de las formas que toma la actuación de las conducciones burocráticas en los gremios. En este caso, la referencia estará dada en relación al STIA, sindicato de la alimentación de la Ciudad de Buenos Aires y la zona norte del conurbano.
La comparación entre el SMATA y el STIA tiene un punto en común, con respuestas divergentes. Ese punto común es el crecimiento de la izquierda trotskista al interior de ambos gremios. En ambos casos, el rol del PTS es esencial para configurar un avance en sectores de la clase trabajadora.
Si el SMATA, como ya vimos, apelará a la coerción abierta para derrotar la organización interna en Lear, en el caso de la Alimentación, la conducción burocrática de Rodolfo Daer apelará a una política de recomposición de la alicaída imagen gremial.
“Nuestra hipótesis –dirá la autora- es que los últimos años puede observarse un cambio de dinámica de la estrategia de la dirección (del STIA, NdR) (…) que pasó de una política de presencia en el lugar de trabajo, aunque indiferente a las demandas que surgían desde las bases, a otra de mayor involucramiento con los reclamos de los trabajadores” (p.96).
En el desarrollo de su trabajo, Cambiasso pondrá en evidencia lo demagógico del discurso de participación que sostiene la directiva gremial. Precisamente por ello, lejos de cualquier cambio de fondo, los motivos estarán dados por el crecimiento de una oposición resultante de la inacción sindical oficial. Afirmará la autora que “entendemos que el cambio de dinámica en la estrategia de la dirección del sindicato (…) no se explica solo por el contexto general de revitalización sindical mirado desde las cúpulas sindicales, sino por la necesidad del gremio de dar una respuesta a un proceso extendido de organización desde las bases, que se construye abiertamente contra ella” (134).
Un ejemplo de los límites que tiene esa estrategia de reubicación quedó en evidencia en octubre pasado, cuando la Lista Verde oficialista fue derrotada por la opositora Lista Bordó en la planta de la ex-Stani, actual Mondelez Planta Victoria.
El gigante fragmentado muestra que, con los “malos muchachos” del SMATA y con los (no tan) “buenos muchachos” del STIA, la relación entre burocracia sindical, patronales y Estado se hace más que estrecha.
Para la casta que dirige los sindicatos sus intereses aparecen como esenciales, a costa incluso de degradar las condiciones de vida de sus mismos “representados”. Esa misma relación es la que establece, en su conjunto, la conducción de los sindicatos en la actualidad. Mientras sostiene un discurso crítico hacia a la política del Gobierno, mantiene una fuerte tregua en los hechos y realiza negociaciones sectoriales en función de sus propios intereses.
“Pinta tu aldea y pintarás el mundo” decía Tolstoi. Se lo podría parafrasear libremente y afirmar que pintar una conducción gremial es pintar al mundo de las mismas.
Peronismo e izquierda: la conciencia obrera en disputa
En un texto “a tres plumas”, Mariela Cambiasso, Julieta Longo y Juliana Tonani presentan un análisis desde la subjetividad de la clase trabajadora. El texto muestra las tensiones entre las tradiciones políticas que tienen anclaje en los sectores estudiados.
Como no podía ser de otra forma, peronismo e izquierda aparecen como los actores protagónicos de un recorrido que bucea en las definiciones realizadas por delegados, activistas y dirigentes de los distintos sectores que componen el arco sindical y, en particular, el mundo de las comisiones internas y los cuerpos de delegados.
La muestra incluye una amplitud se abarca desde grupos oficialistas hasta aquellos abiertamente opositores. Las definiciones sobre el rol del sindicato, los “amigos” y los “enemigos” de los trabajadores, así como la construcción de la subjetividad relación con la empresa, permiten presentar un abanico de visiones, donde queda evidenciado que rol juega cada quien en la lucha de clases.
Las diferencias entre peronistas e izquierda tienen un lugar centrado en la relación entre la clase trabajadora y empresariado. Las diferentes construcciones de un otro y del nosotros se visualizan, a través de los testimonios, de manera marcada en este caso.
Pero esa diferencia también es perceptible a partir de las subjetividades diferenciadas en capas de la clase trabajadora. El texto permite evidenciar la relación que existe entre los sectores más jóvenes dentro de la clase obrera y el surgimiento de una oposición clara a las conducciones sindicales en los lugares de trabajo.
“Mientras los “viejos” plantean posiciones conservadoras, más cercanas a los intereses de la patronal, los “jóvenes” se posicionan frente a la empresa y renuevan las prácticas sindicales” (199) señalan las tres investigadoras.
Reiterando lo ya señalado al inicio del libro, las autoras darán cuenta del importante rol de la izquierda en la politización de capas obreras. “La relación entre el trabajo cotidiano de la izquierda en las fábricas y la politización de los trabajadores se reitera en distintos testimonios” dirán (201).
Lo que dejará traslucir el texto es el accionar del peronismo dentro de los lugares estudiados, actuando como un factor de separación entre la clase trabajadora y la política, entendida ésta en sentido genérico. Una actuación que no puede más que traer del recuerdo aquella famosa definición de Perón que mandaba “ir de casa al trabajo y del trabajo a casa”.
De allí el carácter disruptivo de la izquierda trotskista que introduce una dimensión de la clase trabajadora, donde saca a la misma de simple lugar de sujeto de explotación, para elevarlo al terreno de actor político.
Estrechamente ligado a esto, se encuentra el funcionamiento asambleario que impulsa la izquierda. Como muestra el capítulo en cuestión, si la izquierda puede sostener y reivindicar el funcionamiento por medio de un método democrático, eso se debe a que busca apelar a la misma clase trabajadora organizada conscientemente para enfrentar al capital. Ese es, también, el método que permite el mayor control de los trabajadores sobre los nuevos dirigentes.
Así lo hará ver un referente de la gráfica recuperada MadyGraf: “El método es totalmente democrático (…) el método tiene que ser la asamblea (…) Porque precisamente cuando empiezan a tener confianza en vos, olvidás los elementos democráticos y empezás a burocratizarte” (227)
En este apartado, las autoras marcaran un desarrollo insuficiente de su propio análisis. Dirán que “si bien en este trabajo no nos detuvimos en las estrategias impulsadas por los partidos de izquierda que intervienen en estas experiencias de organización de base, sí señalamos la presencia de distintas corrientes políticas. En este sentido, sostenemos la hipótesis de que las estrategias de cada una de ellas (con sus prácticas y objetivos) indicen en la tradición política (o combinación de rasgos) que se desarrolla en cada espacio de trabajo” (239)
La cuestión no es menor. En el caso de la pelea y organización en alimenticia Kraft –tomado en el capítulo 3 por Cambiasso- las diferencias entre las distintas corrientes de izquierda tuvieron un peso esencial.
Mientras las fracción orientada por el maoísta PCR -mayoría de la comisión interna durante el conflicto de 2009, negoció los despidos con la empresa cuando la pelea de hallaba en uno de los puntos más altos, la Bordó -impulsada por el trotskista PTS- defendió una posición de principio e impulsó activamente esa lucha contra los despidos. Fue esa ubicación la que permitió triunfar en las elecciones de comisión interna de ese mismo año.
Antes de finalizar queríamos señalar un aspecto más que hace a la influencia de la izquierda trotskista dentro de este proceso de revitalización sindical.
Es el que toma Rodolfo Elbert en el último apartado de este trabajo. Allí el investigador dirá que “en este capítulo analizamos las estrategias sindicales de vinculación con las luchas territoriales de los barrios vecinos (…) el sindicalismo de base también se propuso tener una influencia regional. Tanto en el caso del Frigorífico Rioplatense como en el caso de Kraft, las organizaciones de base abarcaron con su influencia toda la zona norte del Conurbano bonaerense. En contraste a estas dinámicas, la comisión interna de Volkswagen nunca se propuso desarrollar vínculos solidarios con la zona” (315).
Una vez más, izquierda y peronismo aparecen como una suerte de polos a la hora de unir a la clase trabajadora con el conjunto del pueblo pobre. El autor concluirá señalando que “es posible que el crecimiento de la izquierda y la mayor visibilidad del sindicalismo de base estimulen a sectores cada vez más grandes del movimiento obrero argentino a adoptar estrategias de solidaridad que unifiquen a la clase obrera” (316).
El pie izquierdo del gigante
Como ya señalamos, en esta reseña elegimos centrarnos en algunos pocos aspectos de los muchos que desarrolla el libro. Esa decisión ha implicado que aquí quedaran fuera de enfoque los interesantes textos de Clara Marticorena y Débora Vassallo sobre el sindicalismo de base en el sector químico; así como también el artículo de Julieta Longo destinado a la percepción de la injusticia de la explotación en el proceso de trabajo.
El gigante fragmentado ofrece una guía para seguir parte del desarrollo y las contradicciones del sindicalismo de base, en los marcos creados por el neoliberalismo de los años 90. Marcos que, a pesar de tanto relato, el kirchnerismo no alteró en lo sustancial.
La “herencia” del autodenominado proyecto nacional y popular combina un paisaje de burocracias sindicales atadas a los intereses del empresariado, una división profunda de las filas obreras y un Estado garante de la continuidad de esos aspectos. Esa división, en enorme medida, fue permitida por esa ubicación de las dirigencias sindicales.
En ese marco, el rol jugado por la izquierda trotskista aparece con nitidez a lo largo de todo el trabajo. En el combate por la democracia en cada lugar de trabajo y en las organizaciones gremiales, en la lucha por las demandas de la clase trabajadora, en la pelea por la unidad de las filas obreras, tanto al interior de los lugares de trabajo como en el conjunto de la clase.
Ese lugar destacado de la izquierda no puede ser exagerado pero tampoco minimizado. Ha sido, y sigue siendo, un actor fundamental de ese proceso de revitalización de la clase trabajadora.
A pesar de los ataques constantes de Gobiernos, patronales y de la misma burocracia sindical, peronista, sigue siendo el pie izquierdo de ese gigante que, aun en tiempos de ajuste y despidos, sigue en movimiento.

Eduardo Castilla
Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.