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Red Internacional
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Medio Oriente. El gobierno libanés anuncia reformas pero no calma las protestas

A 5 días de manifestaciones en Líbano el gobierno de Saad Hariri anuncia reformas económicas, el llamado a elecciones anticipadas, para contener la rabia popular que exige su dimisión. Sin embargo hace votar un presupuesto de austeridad para el 2020

Lunes 21 de octubre de 2019 20:39

Desde el 17 de octubre que la Mezquita de Mohammad al-Amin en Beirut se convirtió en símbolo de las protestas en Líbano, que vive una crisis económica y social desde finalizada la guerra civil en 1990.

Mujeres y hombres de todas las edades, regiones y comunidades religiosas ocupan las plazas centrales de todas las ciudades libanesas, bloquean la mayoría de las arterias del país. Se trata de un vasto movimiento de protesta compuesto mayormente por jóvenes que apuntaron a la casta política que controla el gobierno desde la guerra civil a partir de un débil "consenso sectario" de un gabinete compuesto por sunitas, chiítas, drusos y cristianos.

La bronca popular estalló por la gran cantidad de impuestos agregados que insólitamente alcanzan a las llamadas de WhatsApp, pero que está anclada en un profunda crisis económica, donde el gobierno tiene un enorme deficit de dólares y financiamiento. Por esto, el gobierno tomó el camino de la austeridad aumentando el desempleo. La erosión del poder adquisitivo, la debilidad o la falta de redes de seguridad social, han creado un sentimiento de desesperación entre una gran parte de las masas.

El primer ministro Saad Hariri y sus asesores prepararon un programa de rescate de 24 puntos. Este lunes en conferencia de prensa anunció que el presupuesto para 2020 ha sido aprobado en una reunión extraordinaria por el Consejo de Ministros, con una previsión de un 0,6% de déficit. Además, aseguró que “no hay ningún impuesto nuevo” en el presupuesto, en respuesta a las protestas que se desataron el pasado jueves 17 de octubre precisamente por la aprobación de la tasa a la utilización de aplicaciones de mensajería en internet.

También tuvo que bajar el sueldo en un 50 % a todos los ministros, diputados y otros funcionarios actuales y anteriores ahorrando unos 3000 millones de dólares. Además eliminó organismos que considera "no necesarios" como el Ministerio de Información que absorben recursos fiscales pensando en la billetera del Estado.

Todo apunta al mismo sentido de buscar vías para el financiamiento internacional por presión de los sectores privados de la economía. Lo que contempla la privatización de las telecomunicaciones y reformar el sector eléctrico, una de las principales demandas de los potenciales inversores internacionales para liberar unos 11.000 millones de dólares en préstamos y donaciones. La inyección se sumaría a abultada deuda pública de Líbano que alcanza más de 86.000 millones de dólares, es decir más del 150% del PIB, la tercera tasa más alta en el mundo, por detrás de Japón y Grecia.

Hariri explicó cínicamente que se redactarán más leyes antes que finalice el año para “recuperar los fondos saqueados del Líbano”. De esta manera, el primer ministro promete reducir la escasez de electricidad aumentando el presupuesto dedicado al sector energético, además de avanzar en un mayor control de los fondos destinados al suministro de agua y a la construcción para evitar la corrupción. Sin embargo son medidas cosméticas que no solucionan el problema sistémico que atraviesa Líbano.
El acceso a los servicios básicos es un problema estructural que lleva a que cientos de miles no tengan acceso a luz o agua.

La guerra civil que se desarrolló entre 1975 y 1990 devastó el país. A partir de ese momento, atraviesa profundas contradicciones sociales y políticas internas que se agravan con la situación general en Medio Oriente que alojó cerca de un millón de refugiados en territorio libanés. Entre esas contradicciones, el país sigue en gran medida en manos de los mismos caudillos desde épocas de la guerra, en un sistema político de base confesional que no encuentra salida al estancamiento económico; algo que las manifestaciones tienen en claro, por eso cantan al unísono "Revolución" y "que caiga el gobierno".

El movimiento ha sorprendido a los líderes, partidos políticos y diplomáticos en Beirut por su espontaneidad, alcance, duración y, sobre todo, su carácter intercomunitario, en ese sistema "sectarizado" donde los diferentes componentes religiosos del país han sido compartimentados desde décadas para sostener la integridad bajo la bandera del cedro verde, roja y blanca.

La crisis política del Líbano está llena de desafíos. Las masas que sólo buscan una mejora en su situación socio económica están arrinconando a un primer ministro cuya caída puede desatar una grave crisis gubernamental e institucional. Dentro de ese débil equilibrio interno, Hezbollah y el presidente Aoun intentan evitar su caída a partir de sus perspectivas geopolíticas dentro del Medio Oriente. Sin embargo, tendrán que tener en cuenta a la lucha de clases que entra en escena nuevamente. Dejarla fuera de la ecuación tendrá graves consecuencias.