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Red Internacional
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Opinión. El mal menor: estrategia política de la resignación permanente

Intelectuales y analistas autodefinidos como progresistas militan el voto a Sergio Massa. Al hacerlo, repiten un camino que construyó multiplicidad de frustraciones.

Eduardo Castilla

Eduardo Castilla X: @castillaeduardo

Sábado 7 de octubre de 2023 02:24

Cierto progresismo transita, por estas horas, el que podría ser su momento más alto de declinación. Camina los pasillos de la resignación, intentando construir un aura épica alrededor de Sergio Massa. En esa inalcanzable labor, dispara hacia el Frente de Izquierda Unidad, intentando presentarlo como una opción política-electoral puramente testimonial.

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Repetidos análisis presentan al candidato-ministro (del ajuste) como eventual guardián de derechos y conquistas sociales frente a Milei y La Libertad Avanza. La realidad juega a la ironía con las palabras. La vertiginosa declinación del nivel de vida popular se aceleró en estos cuatro años de gestión frentetodista. Massa no es ajeno a ese declive. Tampoco lo son Cristina Kirchner y Alberto Fernández.

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En esa operación discursiva, ese progremassismo presenta una falsa alternativa entre “tirar el voto” apoyando al Frente de Izquierda y votar a Massa para evitar que gane Milei; así sea “con la nariz tapada”. La estrategia de la resignación no podría ser más patente. En esta discursividad, el candidato de La Libertad Avanza es presentado como “una amenaza contra la democracia”. Colabora a esa construcción su explícito negacionismo sobre la última dictadura. También la trayectoria y el presente de Victoria Villarruel, vinculada a sectores del aparato militar.

Sin embargo, como lo evidencian multiplicidad de análisis, el voto a Milei representa una complejidad donde el elemento fascistoide no es el predominante. Una importante fracción de quienes lo apoyaron en las PASO no comparten gran parte de su andamiaje ideológico. Expresan, más bien, un voto bronca direccionado a vomitar furia contra el estado de cosas actual.

No parece existir, añadamos, compromiso de sectores significativos de las (aún cuestionadas) Fuerzas Armadas con La Libertad Avanza. La cúpula eclesiástica católica, otro histórico componente de movidas antidemocráticas, tampoco le expresa sus simpatías. La casta judicial, activa militante del golpismo en el resto de Latinoamérica, anuncia desde ahora límites a la agenda económica del liberal-libertariano.

En los movimientos políticos del candidato derechista se adivina cómo se edificaría una eventual e inestable gobernabilidad futura: alianzas con fracciones de Juntos por el Cambio; vínculos con el poder real que controla territorios y regentea burocráticamente las organizaciones sindicales. En este poder real se afinca, desde hace décadas, el peronismo.

Una estrategia de (auto) desgaste

Construida esa imagen de Milei, el progremassismo convoca a la tarea de votar a Massa como opción “menos dañina”. Para cierta fracción de ese pensamiento, la operación supone la posibilidad de que explotades y oprimides puedan “elegir” con quien confrontarán en el futuro. Ficcionalizado el porvenir, se presenta al candidato de Unión por la Patria como un enemigo menos peligroso que La Libertad Avanza. Las complejidades de la lucha social...te las debo.

La lógica del mal menor construye una estrategia de resignación que lleva al abandono -progresivo y constante- de valores y convicciones. Bajo esa lógica política, ceder se convierte en actividad permanente, en función de conjurar un “peligro de derecha” que -por motivos que parecen inexplicables- consigue perpetuarse en el tiempo. Reiteremos esta idea: el progresismo sigue siendo incapaz de ofrecer una explicación convincente acerca de esa permanencia de la derecha social y política.

Esa estrategia de la resignación permanente encarnó nítidamente en el peronismo contemporáneo. Su origen posiblemente pueda rastrearse hace una década. En ese entonces, puesta a enfrentar al naciente Frente Renovador de Sergio Massa, Cristina Kirchner ofreció su propio prototipo de intendente cheto del conurbano bonaerense: Martín Insaurralde. La entonces presidenta lo colmó de elogios, al punto de definirlo como un “modelo de gestión y vida”.

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El despliegue abierto de esa estrategia de resignación llegó en 2015, cuando el kirchnerismo propuso a su propio “candidato de los fondos buitres”: Daniel Scioli. Rechazado por el amplio espectro del progresismo, el entonces gobernador bonaerense apareció como candidato-espejo del mismo Massa pero, sobre todo, de Mauricio Macri. Aquellos tres hijos del menemismo disputaron el terreno electoral.

El macrismo funcionó a modo de interregno. Desde 2018 en adelante, preparando el terreno para la salida electoral de Cambiemos, se operó la conformación del Frente de Todos. Fue un tiempo de espera pasiva y de construcción política. En esa labor, el malmenorismo permitió sentar en primera fila a quien era el “modelo” de traidor: Sergio Massa, aquel que prometió encanar “a los ñoquis de La Cámpora”. Esa estrategia aportó, también, a elevar a presidente a quien había ejercido por años como convencido operador político del Grupo Clarín: Alberto Fernández. La resultante es una gestión desastrosa en todo terreno mensurable.

Condensando épocas y tendencias políticas, la actual candidatura de Massa aparece como el efecto más genuino de esta década de malmenorismo. Nacido a la vida política bajo las banderas de la liberal UCD y el menemismo, surfeó con éxito en el oleaje investido de progresismo que marcó las primeras gestiones kirchneristas. Desde 2013 eligió aquello bautizado como “ancha avenida del medio”. En ese transitar, caminó (siempre) el carril de la derecha, asumiéndose aliado del macrismo en sus primeros dos años de ajuste.

“Hombre” de la Embajada norteamericana; amigo permanente del poder económico; ministro del ajuste fondomonetarista; vocero de la mano dura en el terreno de la llamada inseguridad: Massa no representa ni podría representar a quienes agitan y defienden banderas progresistas. La estrategia del mal menor conduce a la resignación política permanente. Y esa resignación solo prepara nuevas frustraciones.

Malmenorismo y declinación nacional

El malmenorismo permanente condensa en el terreno político la renuncia estratégica a cualquier intento de transformación estructural en el terreno económico. Sintetiza la carencia de voluntad para batallar contra el poder económico concentrado y sus agentes políticos, judiciales y mediáticos. El kirchnerismo concentra esos límites.

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Esas limitaciones son, también, las de la clase capitalista nativa. En estas décadas, la llamada “burguesía nacional” volvió a mostrarse tan anti-nacional como en todo su historial: fuga persistente de divisas; evasión impositiva recurrente; sometimiento persistente al gran capital imperialista. En ese contexto, el “Estado presente” -más allá de las palabras y los discursos- se evidenció cómplice del poder económico concentrado. La continua impotencia ante la inflación solo grafica su funcionalidad social esencial: órgano represivo y administrativo al servicio de la clase dominante.

La resultante ha sido una persistente declinación nacional. Lógicamente, un crecimiento exponencial de padecimientos para las grandes mayorías populares. De esa frustración extendida en el tiempo se nutre la derecha reaccionaria.

Enfrentar la declinación persistente

Hablándole a millones a través del debate presidencial, Myriam Bregman apareció desafiando la resignación. Llamando a votar por convicciones, enfrentó el sedimentado sentido común que propone ceder posiciones para evitar “males mayores”. En ese sustrato radica el enorme impacto que logró la candidata presidencial del Frente de Izquierda.

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La potencia de su discurso nace, también, de un estado de ánimo que habita latente en millones de conciencias. De una disposición a enfrentar los agravios de la clase dominante que se vio, por ejemplo, en las calles y rutas jujeñas. La enorme simpatía que despertaron sus palabras se explica, también, por ese sentimiento de no resignación que anida en amplias franjas del pueblo trabajador.

Ese sentimiento tiene que condensarse en fuerza material para luchar contra la declinación nacional que impone la clase capitalista. Tiene que transformarse en conciencia activa y militante entre franjas significativas de la clase trabajadora, las mujeres y la juventud. Allí radica un insumo esencial para abrir el camino a transformar revolucionariamente la sociedad desde abajo. El voto al Frente de Izquierda se inscribe en esa perspectiva estratégica. Funciona como paso fundamental en el camino de abandonar toda resignación impotente.


Eduardo Castilla

Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.

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