Las escuelas de arte no escapan al mercado. Es esta una afirmación que muchos entendemos como verdad. Sin embargo, sobre ella, hay distintas lecturas que cruzan los pasillos y aulas universitarias en las facultades de arte; también las columnas de opinión culturales en diarios impresos y digitales. Muchas de estas lecturas son apocalípticas, donde los estudiantes no serían más que autómatas funcionales al mercado, responsables a su vez del estado de precariedad de la enseñanza y de las instituciones; otras más críticas, que identifican la crisis de la educación pública y de la educación de mercado como responsables de una educación en el arte que cada día está más dispuesta a formar a productores culturales que artistas.

Bárbara Brito Docente y ex vicepresidenta FECH (2017)
Lunes 2 de marzo de 2015
A finales del año pasado, con la movilización estudiantil ya en retroceso, el discurso que predominó entre las autoridades universitarias de las facultades de arte, en particular de la Universidad de Chile, era que los estudiantes ya no quieren estudiar, no motivándose con los programas curriculares entregados, no cumpliendo con las fechas de evaluación, no profundizando sobre los contenidos propuestos. Esta generalización iría más allá de las escuelas de arte, aquejaría más bien al conjunto de los estudiantes en Chile. El problema es que este análisis se levantó como discurso moral hacia los estudiantes en vez de tomarlo como una caracterización que abre una oportunidad para cuestionar la constitución global de las instituciones educativas y responder a preguntas fundamentales para incentivar la aptitud creativa. Es que, fuera de que sea cierto o no este desencanto de los estudiantes por la universidad, las tasas de deserción continúan en aumento.
Hubo quienes, a pesar de todo, buscaron darle un fundamento más allá del hecho. Cristian Silva, profesor de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, esbozó algunas razones en una carta abierta a la comunidad universitaria, tras la toma que los estudiantes decidieron llevar a cabo por la precariedad de la infraestructura, la precariedad laboral, el autoritarismo universitario, entre otras razones. En ella escribe: “Resulta desolador advertir cómo los lineamientos y valores del modelo neoliberal han sido transferidos íntegramente a la manera en cómo nuestros jóvenes estudiantes piensan el mundo. De alguna manera, éstos han ido sufriendo una penosa y silenciosa metamorfosis: esto es, de estudiantes a usuarios.” Esta sería una de las razones, quizás, del desencanto, la deserción y la apatía hacia las instituciones universitarias y el estudio de los contenidos entregados por ellas. Seríamos (todos y todas) estudiantes determinados por el mercado, regidos por las lógicas neoliberales, impulsores de sus prácticas y sus argumentos sin quererlo. Seríamos (todos y todas) gobernados por lo que Adorno y Horkheimer llamaron la razón instrumental no pudiendo escapar de una sociedad tecnócrata basada en lo fugaz, en lo instantáneo, en lo efímero de un click. Pero, si bien no podemos negar que la época que nos tocó vivir (muchos de nosotros nacimos en los 90’) nos entrega una base llena de contradicciones que debemos confrontar y criticar, lo que implica una autocrítica constante de cuáles son aquellos elementos que hacen primar en nuestras relaciones y acciones cotidianas el individualismo y el conformismo, no es un absoluto ni una condición. Esta crítica, que pareciera agresiva, no son en realidad más que balbuceos asustadizos que buscan traspasar a los estudiantes una responsabilidad de otros y esconder aquello que tras el 2011 salta a la vista de todos: no sólo cruzamos por una crisis de la educación de mercado, con miles de estudiantes en las calles como sucedió con los estudiantes de la Universidad del Mar; la universidad pública también está en crisis, y sus instituciones con sus autoridades también tienen responsabilidad.
Desde tiempos inmemoriales que los rectores de la Universidad de Chile, por ejemplo, esgrimen que las precariedades, tanto en infraestructura como en contenidos, son responsabilidad de agentes externos, teniendo la única responsabilidad de formar y formarnos en una ética pluralista y ciudadana que no replique lo que desde el exterior llega.
Efectivamente la dictadura impuso un modelo neoliberal que minó y precarizó a la Universidad de Chile como universidad nacional y pública, pero ya van más de 20 años y aún se mantienen resonancias militares, como diría Adorno, y la responsabilidad no es solamente de un sistema neoliberal maligno que pervierte a los estudiantes. Esta abstracción debe ser bajada a la tierra pues son precisamente las instituciones universitarias, incluyendo a la Universidad de Chile con sus autoridades, las que han mantenido los engranajes principales que han llevado a la mantención del sistema neoliberal en las aulas. Ejemplo de ello son las precarias condiciones laborales de funcionarios y académicos o el problema de democratización que se ha enfrentado desde la dictadura con reformas preventivas que desvían las luchas estudiantiles, de funcionarios y de académicos, y que han derivado en porcentajes de incidencia de cada estamento muy disímiles, que convierten nuestra voz en un tibio murmullo.
Otras voces han surgido a raíz del mismo problema, que podrían dar nuevas luces sobre el desencanto de los estudiantes hacia los contenidos de estudio otorgados por las instituciones (pues no es hacia el estudio a secas o, al menos, algo así sería imposible de afirmar con veracidad). El centro no estaría en los estudiantes, estaría más bien 1) en las políticas públicas educativas que resuelvan problemas económicos y de nivelación de contenidos, de forma de facilitar la mantención de los estudiantes en las carreras universitarias (becas de mantención, fueros maternales y paternales en la universidad, becas por hijo; educación gratuita para todos y todas; cursos de nivelación; fin del sistema de selección e ingreso irrestricto a la universidad, etc.) 2) y en el propio carácter de la educación hoy servil al mercado. Magdalena Atria, artista visual, escribe este 18 de enero en el portal “De Culto” del CNCA: “ la tendencia actual en las escuelas de arte en Chile apunta cada vez más a una mayor “profesionalización” de sus egresados, por una parte otorgando herramientas concretas que aumenten su empleabilidad, y por otra buscando formar artistas profesionales que estén en condiciones de autogestionarse y desenvolverse exitosamente en el mundo de los proyectos, de los fondos concursables y de las estrategias de posicionamiento en los circuitos del arte y sus centros de poder. Esto se enmarca dentro de una tendencia global de “educar para el trabajo”, según la cual es el mercado laboral el que determina lo que se enseña, cómo se enseña y qué duración deben tener los programas de educación superior. (…)No es lo mismo formar un artista que un “productor cultural”.
Habrá que repensar, por tanto, las formas de conquistar una educación artística que responda a nuestros anhelos, que fomente nuestra creatividad rompiendo los límites que imponen los requerimientos mercantiles. Para esto, como condición, habrá también que transformar las instituciones educativas desde su seno.